CAPÍTULO Vll
REENCUENTRO CON ESPAÑA
Al llegar a su pueblo la recibieron como reina. Era el primer ser humano de la aldea en volver del nuevo continente. Hacerlo siendo mujer, y sola, daba a su figura un halo místico.
Vecinos y parientes la concebían como una heroína viendo en ella al único ser que podría describir las circunstancias y peripecias que se vivían en América.
Leer era cosa de próceres. Las noticias llegaban a través de rumores producidos por alguien que mandó una carta escrita, por un escritor pago y leída a su vez por otro equivalente. Siempre quedaban dudas ya que los lectores contratados más de una vez por compasión ocultaban las noticias e inventaban la carta.
Así ocurrió cuando murió el Chuli hermano mayor de la cuñada de su prima Amparo. Se enteraron solo años después, ya que la lectora de la aldea que se compadecía de Pepa (madre de Chuli) inventaba las aventuras más desopilantes a fin de que la señora no sufriese. Tiempo después en el pueblo vecino supieron que la viuda, una nativa, se había casado de nuevo con un pariente del alcalde, causando un revuelo donde no faltaron, ni fantasmas ni milagros.
Si, Jacinta era la estrella de la aldea, padres y hermanos escuchaban durante horas como podrían ser, o no, las casas donde trabajaban sus hijos, cuanto podían ahorrar, como era el trato de los patrones y demás. El almacén de fulano, el hotelito de mengano.
Su madre, feliz, le preguntaba cómo eran, entre otras cosas, los jíbaros si los había. Pocos le creían que tenía una criada, así que paso a callarlo.
Luego de un tiempo partió a Francia. Si América se le hizo difícil Francia lo fue peor. No hablaba la lengua en absoluto. Al llegar a la propiedad, donde trabajaba el tío Manuel, le fue fácil entender porque no deseaba dejarla. Era allí un personaje, prácticamente señor de la bodega. Habitaba una casa que le pareció un pequeño palacio, rodeada de jardines y gente para atenderle. Diez años mayor que Jesús, se había casado joven, en España, su mujer murió al dar a luz el primer hijo. Él partió, Jacinta chica aún, recordaba que todo el pueblo hablaba de que iba a enloquecer por ambas pérdidas.
Se fue sin despedidas, en silencio, una mañana ya no estaba. Solo, y ya entrada la noche había visitado al tío Ramón. Lo hizo para que por la mañana explique su decisión al resto del pueblo. Con los años el contacto se restableció, pero nunca más volvió a la aldea. Su madre, vasco francesa, le habló de chico el idioma y lo visitaba. Convencerle de ir a América no sería nada fácil.
La recibió cariñoso, pero con cierta distancia. Ella, abrumada por él, sus modales y sus lujos, no sabía cómo tratarle. Manuel se había refinado. Sus manos, más delicadas que las de ella, acompañaban los modales que un señor ha de tener.
Si bien le encargó las vides, no sabía cómo invitarlo a viajar. Estaba convencida que nadie en el mundo podría dejar todo este buen vivir por sueños y promesas. Sin embargo, atenta e intuitiva, esperaba el momento adecuado. En el interín solo hablaba de las maravillas que se podían hacer en América.
Sus ropas, como en el barco, distraían del refinamiento en casa de su tío. Por primera vez reparaba en cosas que la llevaban a la inseguridad. El mundo de la elegancia estuvo ausente en su vida, simplemente no existió. Había vivido en el subsistir, el cocinar y comer. Sus manos ajadas de tanto quehacer doméstico eran el orgullo típico de la mujer honrada con marido.
Cierto día Manuel le anunció que debía partir a París a rendir cuentas al administrador de su señor, el duque. Sugirió que podía aprovechar a conocer y comprar un poco.
Jacinta vio ahí su oportunidad. Nada convencería más a Manuel que verla gastar con soltura. Sería la mejor muestra de la riqueza americana y una manera sutil de tentarlo. Decidió que compraría todo aquello que él aprobase.
Llegaron a París. Manuel la alojó en un hotelito discreto y él en el palacio de su alteza. Luego de rendir las cuentas, se dedicó a acompañar a su sobrina para que compre todo aquello, que, sin saberlo en ese momento, causaría admiración a su vuelta.
Jacinta por su parte disimulaba bien el estupor ante las cifras. Nunca había visto sombreros con plumas, vestidos de seda. Cierta vez Jacinta se detuvo frente a una vidriera. Collares, pulseras, anillos y todo tipo de alhajas deslumbraban en ella. Entró, fascinada miraba todo. Son falsas dijo Manuel, muy lindas pero falsas. Había entre ellas un espectacular collar con varias vueltas de inmensos brillantes. El vendedor dijo.
Manuel traducía y ella muy tranquila le pidió verlo.
Lo trajeron, no pudo resistir probárselo. Frente a un espejo vio su cara iluminarse por el collar. Manuel dijo.
Ella, por primera vez aprobando su belleza, no se escuchó decir.
El vendedor, los hizo pasar a un pequeño saló, a donde llevó lo mejor que tenían en la casa.
Jacinta vio su arma para convencer a Manuel de la riqueza americana y no solo compró el collar, sino un gran lote de esas alhajas.
Aun siendo falsas el precio le pareció astronómico. Pero en cada alhaja veía una flecha en el pecho de su enemiga. Paco sería de ella.