jesùs y Jacinta

CAPÍITULO Vlll LA SORPRESA

CAPÍTULO Vlll

LA SORPRESA

El mismo día que Jesús y Jacinta partían para embarcar a España, entraron cincuenta obreros en el campo para edificar la casa que, en su momento, había mandado a diseñar en la capital.

Era ya una elegante casa con columnas, donde grandísimos patios separaban sus sectores. Al primero convergirían las zonas de recepción, integradas por cuatro salas y el gran comedor. El segundo era el que llamaban el patio de familia, que comunicaba numerosos y amplios dormitorios y el gran cuarto de bordado donde los menores jugarían. El tercero, del mismo tamaño de los anteriores, era el de frutales y servicio.

Jesús la consideraba mucho más que lujosa porque cada dos habitaciones tenían un baño con bañadera y agua corriente. Por si esto fuese poco, mandó instalar un motor de luz, al que sumó inmensas calderas. A su regreso tomaría el personal necesario para que se ocupase de las faenas diarias.

Finalmente, eran ya siete sus hijos. Cada ambiente fue diseñado para agradar a Jacinta. Esperaba con ello alejar todo tema de mudarse a la ciudad.

Con total discreción había comprado muebles, pinturas, vajillas y alfombras. Todo lo que una casa importante necesita. Sin saberlo, cada objeto que elegía lo alejaba de las terribles tentaciones que, si bien momentáneamente cedían, no se retiraban.

Su misa diaria y los mil rezos a lo largo del día, no conseguían su propósito. Consideraba que, el gastar en placeres era casi un pecado, sin embargo, notaba de que así, aplacaba sus pensamientos, que inevitablemente volaban a ella.

En Santa Fe, rehuía la vida social ante el temor de traicionarse. Sin embargo, sus hijos vivían en lo de Paco y Trinidad, donde los visitaba regularmente. Evitaba encontrarla, verla o hablarle, pero ella, por el contrario, le buscaba.

Algunos silenciosos rumores sobre ella echaron a correr. Que si estaba con este o con aquél. Los celos empezaron. Su vida se transformó en un tormento. Hervía por tocarla. Su cuerpo se imponía de manera constate sorprendiéndolo con potentes erecciones, satisfacerse ya no era suficiente. Deseaba poseerla. Debería elegir. No dormía por la excitación, no trabajaba por sus celos, no trataba a sus hijos por la irritación de su carácter, adjudicado en general, al viaje de su esposa.

La ausencia de Jacinta facilitaba la lucha. Tenía espacios de soledad en que hallaba alguna calma. Eran batallas sin testigos, sin explicaciones. En ese momento a nadie se debía. Era algo entre él y su conciencia. Solo Dios asistiría a su derrota.

Finalmente supo que debería verla. Sería en lo de Paco y Trinidad, donde estaban sus hijos. No podía negarse a ir; lo habían invitado con la anticipación que imponía el protocolo local. Sabía que ya no podría resistir, su límite había, hacía tiempo, sido rebasado. Rezaba atribulado como nunca antes lo había hecho. No dependía ya de él, había decidido.

CAPÍTULO Vlll

LA SORPRESA

El mismo día que Jesús y Jacinta partían para embarcar a España, entraron cincuenta obreros en el campo para edificar la casa que, en su momento, había mandado a diseñar en la capital.

Era ya una elegante casa con columnas, donde grandísimos patios separaban sus sectores. Al primero convergirían las zonas de recepción, integradas por cuatro salas y el gran comedor. El segundo era el que llamaban el patio de familia, que comunicaba numerosos y amplios dormitorios y el gran cuarto de bordado donde los menores jugarían. El tercero, del mismo tamaño de los anteriores, era el de frutales y servicio.

Jesús la consideraba mucho más que lujosa porque cada dos habitaciones tenían un baño con bañadera y agua corriente. Por si esto fuese poco, mandó instalar un motor de luz, al que sumó inmensas calderas. A su regreso tomaría el personal necesario para que se ocupase de las faenas diarias.

Finalmente, eran ya siete sus hijos. Cada ambiente fue diseñado para agradar a Jacinta. Esperaba con ello alejar todo tema de mudarse a la ciudad.

Con total discreción había comprado muebles, pinturas, vajillas y alfombras. Todo lo que una casa importante necesita. Sin saberlo, cada objeto que elegía lo alejaba de las terribles tentaciones que, si bien momentáneamente cedían, no se retiraban.

Su misa diaria y los mil rezos a lo largo del día, no conseguían su propósito. Consideraba que, el gastar en placeres era casi un pecado, sin embargo, notaba de que así, aplacaba sus pensamientos, que inevitablemente volaban a ella.

En Santa Fe, rehuía la vida social ante el temor de traicionarse. Sin embargo, sus hijos vivían en lo de Paco y Trinidad, donde los visitaba regularmente. Evitaba encontrarla, verla o hablarle, pero ella, por el contrario, le buscaba.

Algunos silenciosos rumores sobre ella echaron a correr. Que si estaba con este o con aquél. Los celos empezaron. Su vida se transformó en un tormento. Hervía por tocarla. Su cuerpo se imponía de manera constate sorprendiéndolo con potentes erecciones, satisfacerse ya no era suficiente. Deseaba poseerla. Debería elegir. No dormía por la excitación, no trabajaba por sus celos, no trataba a sus hijos por la irritación de su carácter, adjudicado en general, al viaje de su esposa.

La ausencia de Jacinta facilitaba la lucha. Tenía espacios de soledad en que hallaba alguna calma. Eran batallas sin testigos, sin explicaciones. En ese momento a nadie se debía. Era algo entre él y su conciencia. Solo Dios asistiría a su derrota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.