jesùs y Jacinta

CAPÍTULO lX EL REGRESO

CAPÍTULO lX

EL REGRESO

La vuelta por mar fue placentera. Los pasajeros eran gente selecta de la que podían tomar expresiones y modales adecuados. Crecer en el refinamiento era algo que hacían con la tranquilidad de quien aprende un idioma. Jamás supusieron dejar atrás principios ni tradiciones. Incorporaban así, como si fuese un deporte, usos y costumbres mundanos.

Jacinta lo había deido. Vivirían en la ciudad y, para ello, el manejo de sus costumbres sería imprescindible. Sus hijos, sobre todo sus hijas, debían relacionarse y casarse fuera del campo. Deseaba para ellas una vida civilizada. Obsesivamente pensaba de qué manera convencería a Jesús de hacerlo. No debería ser nada lujoso, sencillamente civilizado.

En este viajen nació en ella una mujer desconocida. Segura. Así, su llegada fue distinta a la anterior, en que una pastorcita aterrada miraba todo sin comprender. El barco amarraba y uno por uno iba reconociendo a todos. Saludaba y hacía morisquetas recién adquiridas. Reconocer a Jesús y tirarle besos fue instintivo. Él no contestaba y ella caía en pánico.

Para Jesús ese barco que, cadencioso y elegante, atracaba era el altar que su mujer se merecía. Afanoso la buscaba entre el pasaje sin encontrarla. Una y otra vez pasó su vista sin reparar en ese gran vestido de seda, amarillo y verde suave, coronado por una inmensa capelina, que, con largos guantes, parecía saludarlo. Dudó para al instante descartarlo.

Una vez amarrado el barco, oyó claramente su voz llamándolo. Venía del espléndido traje. Era ella que, con su natural dignidad vasca y la frescura de sus años, le daba al conjunto un encanto especial.

Costaba aceptar que la Jacinta que partió, humilde y aterrada, se había convertido en aquella elegante y espléndida señora de modales exquisitos.

Sus saludos habían sumado a la calidez, señorío y gracia. Revivió en ella a su amiga, su socia, su cómplice. Mensajera de su tierra natal y su gente. Sencillamente la amó. Había pasado de niña a mujer. Agradeció una vez más a Dios que, en aquella comida decisiva, Trinidad no se separase un segundo de su lado, al punto que frente a una broma de Francisco le respondió.

- Ála, Ála, que es mucho tiempo sin Jacinta como para que una no le cuide, que el Diablo no duerme Francisco.

Volviéndose a Jesús y mirándole a los ojos le dijo muy seria.

  • Cuídate Jesús que sé muy bien de lo que hablo. No duerme

Y dicen por ahí que estás al caer.

Estaba tácito: sabía de sus luchas y tentaciones, las conocería entonces toda la ciudad. Fue suficiente, el saberse descubierto y, pensar que Jacinta podía enterarse, agrandó su culpa hasta empujar el deseo. La presión empezó a bajar y la calma hizo lo suyo. Había vencido.

Al ver a Jacinta bajar del barco, joven, estilizada y pícara, sintió algo nuevo. Ya nunca le pediría que hiciera otro viaje, ahora no.

Segundos después se abrazaban en silencio. Los cuerpos volvían a hablarse, Jacinta, sintiéndose abrazada, lloraba sabiendo que él seguía solo suyo. Se separaron cuando los niños que, en pleno, habían ido a recibir a su madre hicieron lo suyo.

Sus parientes y coterráneos desconocían en aquella mundana señora a la cabizbaja española que doce años atrás, aferrándose a su marido como el ahogado al tronco, no superaba el pánico.

Otros, recordaban como lo tildaron de loco por establecerse lejos. Hoy todo había cambiado. Las tierras eran cada vez más caras. Las miles y miles de hectáreas que Jesús había comprado, costaban una fortuna. Sus plantaciones de frutales abastecían gran parte de las ciudades vecinas y los rumores de muchos miles más compradas para olivos y vides eran fuertísimos. Su sobrino, hijo de Luis, lo instaba a exportar.

Cuando vio a su tío Manuel, bajando los plantines, revivió todos los amigos, primos y hermanos, dejados atrás. Caminar hacia él fue volver a su tierra, su infancia, los viejos aromas familiares. Apuró el paso coreando su nombre y sintió a toda España en su abrazo. Eran dos solitarios, que, luchadores, dejaban atrás las tristes despedidas del pasado. Si hubo lágrimas fueron de alegría.

Dejaron el puerto para instalarse en el Hotel Las Palmas. El dueño, desde su primera llegada a la ciudad, les daba un trato cariñoso. No se les ocurriría ir a otro. En malón, sus coterráneos fueron también al hotel donde, uno a uno, recibieron los encargos.

El tiempo en la ciudad voló. La transformación de Jacinta era tan total como la decisión de dejar el campo. Aplomada, llevó a sus hijos a comer, al teatro. Solo bastaba encontrar el momento para decirle a Jesús que al campo no volvería.

Todo el viaje a Santa Fe Jacinta repasaba como plantearle la resolución de mudarse a la ciudad. Una vez hecho, no admitiría negaciones. Conocía a su esposo y sabía muy bien que debería hacerle frente, ¿Por qué sino Jesús repetía por lo bajo sin cesar que no veía el momento de volver al campo? ¿No era decirle no saques el tema “ciudad” porque la respuesta es no?

Sin embargo, estaba decidida. Se desesperaba pensando que sus hijos, igual que ella, seguirían ignorantes, habiendo hecho desde chicos los trabajos que ella misma, sin despreciar, aborrecía.

Salvarlos hasta ahora le fue imposible. La persistencia de Jesús en que hacía falta que aprendiesen a trabajar era absoluta. Según él, con un poco que leyesen y otro poco que pensasen sobraba. Cultivarse más solo serviría para enseñarles a gastar y perder su alma en los gajes del demonio, que siempre por allí rondaba. Lejos de haber cambiado, estaba redobladamente terco en sus teorías.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.