CAPÍTULO X
LA CIUDAD
Jacinta estaba, paralizada, ante su gran desafío. La ciudad era, su próximo destino. Lejos de correr a realizarlo, demoraba cada uno de sus pasos. Se desconocía. Demorar el goce de Jesús cada mañana fue el primero de sus trucos, iniciar juegos nuevos con él fue el segundo.
Riendo, ante el aletargamiento de su esposo, desplomado boca abajo sobre su almohada, acariciándolo decía
El largo reposo, después de la partida de su esposo, fue seguido por retrasar la llegada del maestro y permitirse un largo baño.
Había aprendido a leer, escribir y, nociones de conocimiento general del resto.
No notó que postergaba, una y otra vez, los tan anhelados deseos. Cualquier pequeño acontecimiento era el combustible que usaban, miedos desconocidos, para su demora.
Si el almuerzo salía mal debería supervisar ese día la cocina. Si Jesús había respondido a sus exigencias amorosas debía descansar, si tal o cual niño se sentía mal debería quedarse a cuidarlo y así pasaron los primeros meses.
Llegó el cumpleaños de Trinidad. Estaban invitados a pasar unos días con ellos. Allí, entre una y otra confidencia, le contó a su amiga la imposibilidad constante de elegir una casa.
- Tienes razón, es inútil negarlo, pero has de elegir. Ahora ha dicho que si y, llevas tiempo demorada. Si no te activas tal vez no tengas otra oportunidad. No podrás reclamarle nada. Mira yo elegiré por ti y te mandare noticias para que vengas y elijas. Mañana me pondré en marcha.
Así, apoyada por su amiga se decidió por una casa importante, pero no ostentosa. Tenía varias salas con un gran comedor.
Juntas formaron, con Evaristo el anticuario, el equipo perfecto para la compra de muebles, que pasó a ser su deporte. Cada objeto comprado era un trofeo largamente analizado.
En la ciudad Jesús, aterrado, rezaba en misa todos los días, para después encerrarse en su escritorio. Salía solo a las muy escasas reuniones sociales que Jacinta le imponía.
Los invitaban y debían retribuir. Era necesario para que sus hijas se integraran. Jesús, solitario y distante, ayudó en lo que pudo y su fortuna, mucho más.
Con el tiempo, sus hijos, se fueron casando con, lo que se dice, lo mejor de la ciudad.
Francisca, la mayor de sus hijas, la preferida de Jacinta, había sido siempre su confidente. Con ella revivía su infancia en España, descripta en esas largas tardes de campo.
Junto con, Trinidad y Evaristo, viajaban a Buenos Aires en lo que ellas llamaban ¨viajes de caza muebles´´. Era todo un recorrer galerías de arte, anticuarios y alguna casa de remate, para ir luego a teatros y restaurantes.
Una noche de ópera Jacinta decidió usar el famoso collar de brillantes que había comprado con el tío Manuel. Solo, desengarzando las piezas, se podría distinguir que eran falsas. Los cuatro estaban deslumbrantes. Fue entonces cuando Francisca conoció a Adolfo, un aristócrata citadino, gran candidato de las madres locales.
Rico estanciero, disfrutaba de correr en carreras de auto. Enseguida se hizo a todos entrañable porque, entre otras cosas, era trabajador y quería hacer política. A sus veintiocho años era una promesa.
Decidido el matrimonio, convinieron en vivir en la capital. Colmaba eso todas las expectativas maternas, la extrañaría, pero eso había aprendido a manejarlo.
El tiempo pasó. Empezaron los nietos, al principio ir al campo les gustaba. La casa se agrandó con un patio más, “el de nietos”. Allí fueron a parar dormitorios, baños y cuartos de juegos.
Lentamente las visitas de veranos se fueron espaciando. En más de una ocasión a Jesús y Jacinta, en “Las Garzas” los rodeó el silencio.
Sucedió en que un día estando solos, en verano dijo Jacinta: