CAPÍTULO Xl
JESÚS Y PAQUÍN
Aquella navidad Jesús tenía ya ochenta y siete años. Habituado a las fiestas que llamaba de Cristo y Jacinta porque verdaderamente aquello eran fiestas, esperaba también a amigos como Paco y Trinidad con los suyos, y a cuanto vecino se sumara a almuerzos y cabalgatas.
Jesús había impuesto, sin desearlo, un temeroso respeto a sus nietos. Los notaba tan veloces en su manera de pensar que intentar entenderlos era algo que hacía tiempo había desechado.
Solo Paquín, hijo de Francisca, el nieto mayor, solitario y trasgresor, de todos los mandatos familiares, lo trataba con total soltura. Siempre fue así. Cuando su yerno, padre de Paquín, se radicó solo en Francia, la intimidad entre ellos fue total. No hubo nada que decir, allí estaban el uno para el otro. Tenían entre ellos un mundo propio, íntimo, secreto al que el resto tenía acceso solo de manera formal.
Francisca, había hecho del figurar social una ley. Informalmente separada de su marido, lo veía solo cuando alguno de los dos viajaba. Sin embargo, el refinamiento de su hija, era la pequeña espina que se interponía entre su nieto y él, ya que Jesús sentía que pertenecían a mundos diferentes.
La actitud de Paquín, una y otra vez, borraba todos sus temores. Espontáneamente le buscaba. Un día lluvioso Jesús llegó de visita, tenía Paquín siete años y le reprochaba, vergonzante, el uso de un viejo impermeable. Ofendido sintió que su nieto reprobaba , la sencillez de su vestimenta ¿Lo haría también de sus modales? Al momento de retirarse faltaba de la percha su impermeable, encontrando, en su lugar, uno nuevo de su yerno. Jesús hizo de aquello una cuestión de estado debía aparecer el impermeable. Al cabo de un buen rato escuchaba como a solas, interrogado por su madre, su nieto confesaría su crimen:
Jesús no pudo más. Emocionado entró y dijo
- Ven, Paquín, acompáñame a comprar un impermeable y elígelo tú.
Nunca olvidaría el deleite en la cara de su nieto, que antes de consentir en la elección le preguntó, tímido, al vendedor
Como un dique que cede, los sentimientos de Jesús corrieron de ahí en más sin freno por Paquín, el mundo entero pasó a un segundo plano.
Cuando tomó la pequeña mano en la vereda sintió, que, en su alma, una pieza vital tomaba su lugar. Desde ese momento sintió una verdadera unión con su nieto, quien aún de una manera infantil le cuidaba. Su miedo a las ciudades disminuyo cuando juntos recorrieron circos, heladerías y plazas, que con el tiempo fueron pasando a teatros y confiterías.
Paquín se había esmerado en su deseo de agradar al padre. Así desde chico, habló todos los idiomas que le pusieron por delante. Leía lo que tenía por delante. A los diez años calculaba con la velocidad de un relámpago.
Jesús quedaba después de conversar con Paquín completamente confundido, pensando a veces haber vivido en vano.
Por mucho tiempo no entendía porque le buscaba a él, su abuelo, para hacerle pensar hasta el agotamiento. Lentamente fue descubriendo, en esas conversaciones, un pedido de ayuda y su actitud cambió, de la sorpresa a la búsqueda del pensamiento de su nieto. Descubrió entonces que la duda lo enriquecía.