jesùs y Jacinta

CAPÍTULO Xll LA NAVIDAD

CAPÍTULO Xll

LA NAVIDAD

Oír como recién, llegar el auto de Francisca era para Jesús el colmo de la felicidad. Se sentía en la antesala del amor. Se acercaba a él, un nuevo universo. Llegaba su testigo, su cómplice en la duda. Ambos se perderían en la búsqueda, se divertían.

Raudo dejó el jardín apurando su bastón para recibirlo, controlando su ansiedad ¡él era su fiesta!

Lo escuchó llamarlo con su voz ya de hombre de veinticinco años. Se encontraron en la galería. El joven aceleró su paso y, se acercó irreverente abrazándolo, al tiempo que susurraba

  • ¡Abuelo! ¿vamos a caminar?

Sin esperar respuesta, como siempre posesivo, lo tomó del brazo y caminaron juntos.

Luego de un silencio, cuando los pasos aseguraron una intimidad determinada, empezaron a ponerse al día de los detalles de sus vidas, que si el reuma, que si la universidad

  • ¿y cómo fue que…?
  • ¿Así que ......??

- ¿Te dijeron que......?

Todo entre ellos era cariñoso, por suerte no había incurrido hasta ese momento en el pensar y filosofar, porque allí Jesús verdaderamente, temblaba.

Fueron llegando el resto de sus hijos. La casa se llenaba unos días antes de navidad. Convinieron, tiempo atrás, en evitar ciertos temas como religión y política. Eran ya demasiados para abordarlos sin pasiones.

Paquín esperó dos días y partió de visita a una estancia vecina. Sin embargo, al cuarto día, sin noticias Francisca, curiosa por su ausencia, visitó de manera casual a sus vecinos, en la estancia “La Florida” donde pensaba encontrarlo. Ante su estupor, nunca lo habían visto. Sin levantar escándalo fue a la policía de Los Talas y en un santiamén le dijeron que el Paquín estaba durmiendo en lo de Úrsula, la maestra de treinta años, de cierto atractivo e ideas de izquierda, a la salida del pueblo.

Su reacción fue mayor que el impacto de dos trenes que colisionan de frente. Su psiquis, desde un extremo inconsciente, alentaba extrañas contorsiones que determinaban rictus faciales incomprensibles. Brazos y piernas emprendieron los viajes más arbitrarios. Así, la pobre señora, tanto se dirigía hacia la puerta de salida como al despacho del jefe de policía. Tanto lloraba, como reía, tanto exclamaba en voz baja ¡¡¡Horror, horror...!!! cómo ¡¡ Auxilio, Auxilio!!!!

Nadie supo en la azorada comisaría, como logró coordinar, los, a estas alturas, extraños mecanismos y salir volando hacia la iglesia, donde compulsiva y desesperadamente pidió perdón por sus pecados y errores al educar a un pecador. Llorosa pedía que no se castiguen por ellos a su hijo.

Largo rato permaneció así hasta que juntó fuerzas de flaquezas, y llegó a casa de la maestra.

Era típica casa de pueblo con un pequeño jardín delantero y alero. Aplaudió. La puerta se abrió despacio y una esbelta mujer, ya no tan joven, burdamente teñida de rubia, respondió somnolienta con un desganado.

- ¿Sí?

- Buen día, busco a Paquín,

  • ¿De parte de quién?

Irritada, ofendida y, sin todavía un total control de sus partes, respondió con ojos de inusual fiereza tomada de escondidas sesiones de telenovelas

  • Soy su madre

La mujer tiró el resto del cigarrillo al mismo tiempo que, con una tranquilidad absoluta, exhalaba la última bocanada. Con voz también sacada de un personaje televisivo, gozó al dejar caer silaba a sílaba

- Paquín ......duerme.

Sin cambiar de actitud, ni ritmos verbales, siguieron

  • No importa, despiértelo por favor
  • Ah, no señora, despertarlo no, se pone de mal humor. Venga usted después.
  • Si no le molesta, lo despierto yo entonces.
  • Si quiere, pase.

La casa era digna, hasta con cierto confort. Tenía olor a encerrado. La mujer le indicó la habitación con un claro desafío en sus ojos, al entrar se dio cuenta del porqué.

Paquín dormía completamente desnudo boca arriba. El calor del verano se combatía con un ventilador de techo que no llegaba a refrescar la habitación. Al entrar vio a Paquin que, durmiendo boca arriba, exhibía un cuerpo atlético, cubierto de vello. Su semi erección despertó, en ella, emociones tan postergadas como fuertes. Se sintió una intrusa. Su esencia femenina reaccionaba, pudorosa, frente a una virilidad exuberante, de la que, al igual que la de su padre, la remontaba a emociones nunca totalmente sepultadas.

En un momento hombre y niño habitaron su inconsciente que, rápida y confusamente, se puso en marcha otra vez buscando, perturbada, que hacer.

Primó, ordenando sus conceptos, el término que todo lo aclaraba “pecado “. Eso era claramente un pecado. Compulsivamente un grito salió de su garganta y todo rastro de debilidad desapareció de su carácter.

Abalanzándose sobre él gritó.

- ¿Paquín! ¡Paquín!

Como un resorte el muchacho se paró, frente a su madre, avergonzado. No supieron que decirse, ella, furiosa, le tiró una camisa y le dijo

  • Vestíte y vamos




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