jesùs y Jacinta

CAPÍTULO XlV

CAPÍTULO XlV

LA PARTIDA

Como siempre conduciría Paquín. La despedida fue casi frugal no sabían cómo hablar con testigos. Se dieron un abrazo en el que el abuelo le retuvo unos segundos y mirándolo emocionado dijo: - Busca Paquín, sigue buscando, que le tienes dentro y te iluminará siempre. Rézale Paquín, confía en mí. - Abuelo, eres un grande, si es por ti que lo hice siempre. Fue un largo y tierno abrazo. Ninguno se preocupaba en ocultar su predilección, nadie tampoco la reprochaba. En la casa, reinó finalmente el silencio, había pasado una vida. Jacinta lo invitó a caminar. Sobrevolaban su historia con risas y anécdotas sin poder creer lo rápido que había sido todo para ellos. Terminaron su paseo cuando el sol se ocultaba sin sofocar. Para la noche habían reservado las langostas que mandó Trinidad. Atenuaban así las primeras ausencias. Dormían cuando escucharon el teléfono. Anunciaron la llamada, era Luisa, suegra de Francisca. Lo inusual de la hora hizo que el frío reinase en la habitación. Jacinta corrió a ponerse al teléfono, había habido un accidente estaban internados en Rosario. De Bs. As salían para allá. Jesús sintió cómo su médula era recorrida por una vara de hielo. Algo en su alma se congeló como lo hiciera en el barco, décadas atrás, al perder de vista la costa española. Nadie trató de impedir que se vistiese. Jacinta sin hablar fue más rápida y esperó a Jesús en el auto con Rodrigo el chofer. Ya no reían, no hablaban. Eran otra vez dos niños llenos de pánico, como toda su vida. Al llegar a la clínica, Francisca desecha en lágrimas explicó que Paquín era el único grave. No se podía verlo, pero nadie pudo detener a Jesús. Entró y viéndole en la cama atacado por mil tubos dijo: - ¿Es este Señor el dolor que me guardaste? Se acercó silencioso. Le acarició su mano, la tomó con toda firmeza y él reconociéndola la apretó, sin mirar, susurrando: - Le veré yo primero. Existe ¿no? - No dudes que sí, ángel mío, que si te lleva te cuidará. Sentía que el barco otra vez, para él, partía. No se puede describir lo que siguió. No hay palabras, ni pinturas para lo cavernoso y oscuro del horror que sintió Jesús cuando vio morir a Paquín. Aún sostenía su mano cuando entró la enfermera. El traslado a Bs. As. fue fatal y la llegada un infierno. Nadie Pudo ni por un segundo apartar a Jesús del féretro. La riqueza y la historia de Jesús, lo convertía en alguien mítico. Representaba, para una clase, la desesperada expectativa de salvar lo que quedaba de un estilo de vida, que, al extinguirse, se llevaba los colores de un pasado envejecido. Ajeno a todo eso, no tenía relación con el gran mundo, financiero o social, de la ciudad. Los personajes tantas veces descritos por Paquín, no tardaron en aparecer. Muchos eran sus primos citadinos para los que su nieto, era un avanzado, un libre pensador, un trasgresor moderno, un raro diferente. Se identificaban más con el padre, quien a pesar de su vida abiertamente irregular siempre representó la aristocracia en retirada. Poco a poco empezó a reinar una actitud superficial. Esperaban la llegada del padre. Vibraba el deseo superior de mantener un estilo al cual adaptaban desde la educación, los sentimientos y la fe, acompañados por la bruma del tedio. Base absoluta de toda decadencia. En lo de Francisca la tristeza no podía ser sino liviana y breve. Había, claro, aisladas excepciones. Vivió entonces la soledad tantas veces declarada por su nieto. Con dolor recordó cuando una vez le dijo. - La soledad es lo que sientes cuando estando triste tienes el teléfono, pero a nadie a quien llamar. Finalmente lo comprendió. Llevó un tiempo esperar la llegada del padre, pero finalmente había llegado. Sería, entonces, el último día de velorio. El entierro sería a las once de la mañana. Miró el reloj eran las tres, nadie quedaría frente al féretro mas que Francisca y unos pocos. La noche anterior Jesús fue literalmente arrastrado al dormitorio, querían que descanse. Ignoraban que al distanciarlo de lo que quedaba de Paquín lo privaban de toda paz. Se trasladó a la biblioteca donde, con Paquín, tomaban el té. Usó el sofá frente a la chimenea. Quería estar listo para bajar en cualquier momento. Por miedo a la sobreprotección familiar, ocultaba lo reiterado de sus mareos. Percibía el frío de la soledad en que quedaba. Sus afectos estaban ahí, pero sus caricias no le llegaban, su gran cómplice había partido. En unas horas no le vería más. Era el fin del fin. Recordó tantas y tantas conversaciones donde investigaban juntos. Las inocentes preguntas con que Paquín, ingenuo desde niño, lo perturbaba. Habían juntos investigado la vida como pares, preguntándose uno desde la pureza del desconocimiento y la fe, el otro desde el análisis. Dejó su sofá y atravesó la antecámara. Salió al salón de familia y de allí a la gran escalera de mármol, el cansancio lo mareaba, le faltaba el aire. El salón estaba en penumbras las velas se ayudaban con los rayos de un sol que pugnaba por filtrarse a través de pesados cortinados. La soledad, majestuosa, era entronizada por el silencio de la ciudad que lentamente despertaba. Enmarcado en la paz de la lujosa habitación se hallaba Paquín, absolutamente solo, rodeado de todo aquello que siempre cuestionó. De pie, balanceándose, en medio del salón, detuvo su marcha y en un susurro preguntó. - Estás aquí Señor. Tú, que has dispuesto finalmente que conozca el dolor, me someto a él sin queja. He cumplido. Estoy en paz, ¿Que me falta aprender? dímelo tú mi Señor, ¿De esto cual es la lección? ......Señor, mi Señor jamás pensé que el dolor sería tan fuerte, que, si me dejas sin él, me dejas Tú, sin nada. Se acercó, sus manos ásperas y rugosas acariciaron las de su nieto. Sintió los grandes ojos verdes que más allá de cerrados lo miraban con cariño, mientras le escuchaba como tantas veces decir. - Tranquilo, abuelo, que yo como Él amo. Francisca le acercó un asiento. Reclinó su cabeza en el cajón sin separar las manos de las de su nieto. Cuando repararon en él ya había partido. En su cara se dibujaba una sonrisa calma y feliz.




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