Ya habían pasado dos días desde que llegó aquella devastadora noticia, y la situación no había hecho más que empeorar. El cuerpo de Luke y los de sus camaradas nunca fueron encontrados, por lo que no hubo un entierro. Según Anko, tampoco había dinero suficiente para organizar una ceremonia funeraria digna.
-Kageai, ven aquí, mi niño -llamó Anko desde la sala, con una voz arrastrada que denotaba cansancio.
-¿Qué pasa, madre? -respondió el joven, acercándose con cautela.
-¿Podrías ir a comprar algo de vino a la tienda? Es que... lo necesito. Solo un poco.
Kageai la miró con los ojos llenos de preocupación, tanto por su hermano menor como por la deteriorada salud mental de su madre. Ella no había dejado de beber en esos dos días, y ya se estaba volviendo costumbre que pusiera excusas para no darle dinero para el almuerzo escolar de Valenxo.
-Mamá, ahora mismo tengo que ir a buscar a Valenxo a la escuela -explicó Kageai, midiendo sus palabras-. Sabes que queda lejos y se va a preocupar si no llego a tiempo.
Él sabía perfectamente que, si la situación continuaba así, tendría que buscar alguna manera de ganar dinero por su cuenta para no depender de ella. Sin embargo, su respuesta no le sentó nada bien a Anko.
-¡¿Acaso prefieres poner al asesino de tu padre por encima de las necesidades de tu propia madre?! -exclamó ella, cambiando su tono a uno sumamente agresivo-. ¡¿Te has vuelto loco, Kageai?!
El chico se quedó helado. Su madre jamás le había gritado de esa manera ni lo había mirado con tanto desprecio. Aun así, tragó saliva y decidió ponerse firme.
-Lo siento, mamá, pero Valenxo no es el demonio que iban a exterminar en la misión donde mi padre desapareció -replicó Kageai, intentando mantener la calma-. Además, solo es un niño de nueve años... debes comprenderlo.
-Bueno, ve a buscar a ese niño -sentenció Anko con frialdad, cruzándose de brazos-, pero que te conste que no gastaré un solo centavo en su alimentación. Ese asesino tiene que pagar por lo que provocó.
Sin decir más, Anko agarró su cartera y salió de la casa, dando un portazo para ir a comprar su botella de vino. Kageai se quedó solo en el silencio de la sala, asimilando las duras palabras de su madre.
«¿Qué rayos está pasando?», pensó, sintiendo un nudo en el estómago. «Pensé que su rencor hacia Valenxo no podía aumentar, pero me equivoqué».
Un rato después, tras una larga caminata, Kageai llegó a la pequeña escuela primaria donde estudiaba su hermano. Al verlo cruzar la entrada, el rostro del pequeño se iluminó por completo.
-¡Hermanito! Gracias por siempre venir temprano -dijo Valenxo, corriendo a abrazarlo-. Tengo algo de hambre...
-No te preocupes, Val. Aquí traigo algo para que comas -le respondió Kageai, regalándole una sonrisa cálida para transmitirle seguridad.
El adolescente metió la mano en su mochila y sacó una botella de refresco junto a un trozo de pan. No era mucho, pero para el pequeño Valenxo significaba la primera fuente de alimento en todo el día. El niño sostuvo el pan entre sus pálidas manos y le dio un gran mordisco; sus ojos brillaron de inmediato, como si estuviera saboreando el manjar más lujoso del mundo.
-¡Está delicioso! -exclamó con la boca un poco llena.
-Disfruta, Val. Cuando acabes, volveremos a casa -dijo Kageai con ternura.
Mientras observaba a su hermano comer, Kageai supo que el camino por delante sería oscuro, pero tomó una decisión en silencio: desde ese día, estarían más unidos que nunca y nada los iba a separar.