Los dos hermanos regresaban a casa muy felices. Por un lado, Valenxo ya había terminado su pan, pero Kageai no había comido nada todavía; sin embargo, no le importaba, su hermano menor era como su faro.
Ya llegando a casa, se sentía un fuerte olor a alcohol desde la misma puerta. Se notaba que Anko ya había regresado con aquella botella de vino. Al percibirlo, los hombros de Valenxo se pusieron tensos, como si tuviera un profundo miedo de entrar.
El hermano mayor se agachó de inmediato a la altura del pequeño. Su cabello negro y corto se movía ligeramente con el viento, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios brillantes antes de hablar:
-No te preocupes, Val. No le hagas caso a nada de lo que te diga esa señora, ¿vale?
-¿Todas las mamás son así, hermano? -preguntó el niño con los ojos llenos de lágrimas. Parecía que quería contener el llanto a toda costa, solo para que su madre no lo viera así y lo regañara.
-No. Ninguna madre debería ser como Anko -respondió Kageai con seriedad-. Tiene menos alma que los mismísimos espectros.
Al entrar a la casa, el olor a alcohol se volvió muchísimo más intenso. Anko estaba recostada contra una de las paredes, sentada en el suelo. Una botella de vino yacía rota a unos metros; al parecer, la había lanzado con furia hacia las escaleras.
-Madre... ¿Qué pasó aquí? -inquirió Kageai, rompiendo el silencio.
Anko se levantó con evidente dificultad, tambaleándose por lo ebria que estaba.
-¡¡¡Hasta que por fin llegaste, maldito!!! -exclamó, dirigiéndose directamente a Valenxo con la voz ronca por los efectos del alcohol.
-Mamá... -alcanzó a murmurar el pequeño.
-¡¡¡No me llames mamá!!! -le gritó ella con desprecio-. Eres un demonio. No fue suficiente con matar a Luke... también tenías que dejarnos sin dinero y sin comida. Eres la desgracia de esta familia. Por tu culpa, Luke se volvió Jägergeist siendo tan débil, y por tu culpa tu hermano no va a comer hoy.
Kageai tenía los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos le ardían. Ya no podía contener la rabia ante la enorme injusticia que estaba cometiendo su madre.
-¡¡Basta, Anko!! ¡¡Cállate!!