El ambiente en la casa se había vuelto completamente insoportable. Para Kageai, ver a su madre agredir verbalmente a su hermano menor de forma tan injusta ya era algo imposible de tolerar. El límite se había alcanzado esa misma noche.
-Anko... -habló Kageai, llamándola por su nombre, con una frialdad que asustó a la propia mujer-. Recuerdas que esta tarde dijiste que no ibas a gastar un solo centavo en alimentar a mi hermano, ¿verdad? Pues yo me encargaré de que nunca le falte un plato de comida en la mesa, aunque me cueste la vida.
A Kageai se le escaparon las lágrimas de impotencia. Jamás en su vida había confrontado a su madre, pero ahora era más necesario que nunca. Él había jurado ser el escudo de Valenxo, y pretendía cumplir su promesa por encima de quien fuera.
-Basta, hermano... -susurró Valenxo, tirando de su brazo e intentando calmarlo-. No quiero que mamá también se desquite contigo.
Pero Kageai ya no podía detenerse. Toda la frustración acumulada durante años estaba saliendo a la luz.
-¡Ese cuaderno con dibujos de ropa femenina era mío y no de Val! -confesó Kageai con la voz rota, señalando el piso-. ¡Tú nunca te preocupaste por saber cuál era nuestra comida favorita o qué nos gustaba hacer! Jamás nos preguntaste qué queríamos ser cuando fuéramos grandes... Sin embargo, nosotros sí sabemos mucho de ti, aunque casi no nos hables.
Anko, aturdida por el alcohol y el peso de las palabras de su hijo mayor, dio un paso al frente tambaleándose.
-Kageai... -balbuceó, justo antes de resbalar con el vino que se había derramado en el suelo de la sala. Se sostuvo de un mueble para no caer y lo miró con desesperación-. ¡Yo te amo! ¡Por favor, no te dejes controlar por ese demonio!
-¡Anko, tú no eres capaz de amar a nadie! -sentenció Kageai, apartando la mirada con repulsión.
El adolescente tomó con firmeza la mano de Valenxo para guiarlo hacia las escaleras, pero antes de subir, se dio la vuelta para lanzarle una última y demoledora declaración.
-Me registré en la unidad oculta de los Jägergeists. Mañana mismo comenzaré mi entrenamiento y me pagarán un salario por organizar las cosas en el almacén. Al menos eso alcanzará para la comida de mi hermano y la mía. Tú eres una adulta; puedes comprar tus bebidas de mierda y tu comida por tu cuenta... ¡Espero que reflexiones y que esta noche no puedas ni dormir!
Sin esperar una respuesta, Kageai arrastró a su hermano escaleras arriba a toda prisa, cerrando de un golpe la puerta de su habitación.
Abajo, sumida en la penumbra de la sala y con el eco de los pasos de sus hijos desapareciendo en el piso de arriba, Anko se quedó completamente sola. Rompió a llorar con una mezcla de rabia y locura, golpeando el suelo con el puño.
-¡¡¡Todo es por su culpa!!! -gritó al vacío, maldiciendo una vez más la existencia del pequeño Valenxo.