Kageai llevaba bastante tiempo sin pasarse por la casa. Era de esperarse, considerando que se estaba convirtiendo en alguien sumamente ocupado con sus deberes en la organización. Eso sí, jamás se olvidaba de su promesa y siempre se aseguraba de enviar comida a domicilio para su hermanito. A pesar de eso, el entorno se estaba tornando cada vez más hostil para el pequeño Valenxo, quien se veía obligado a convivir a solas con Anko.
-¡¡Sal de esa habitación ahora mismo!! -gritaba Anko, golpeando la puerta del cuarto del pequeño con una fuerza desmedida.
-¡No quiero, mamá! ¡Tengo miedo! -respondió el niño, encogiéndose en un rincón.
Valenxo lloraba en silencio detrás de la madera, temblando ante una madre que se comportaba de forma más agresiva que nunca. Pasó un largo rato hasta que los golpes finalmente cesaron; al parecer, Anko se había alejado. Sin embargo, la tregua duró poco para el niño, quien se vio obligado a salir de su escondite empujado por la sed y la necesidad de ir al baño.
-Parece que mamá no está... -susurró Valenxo para sí mismo, asomando la cabeza con cautela.
El pequeño comenzó a bajar las escaleras de la silenciosa casa. Para su sorpresa, Anko se encontraba en la planta baja, sentada en el sofá. Al notar la presencia del niño, se levantó con una rapidez inusual y cambió su expresión por una sonrisa que pretendía ser cálida.
-Oye, Val, mi niño... disculpa por todas las cosas horribles que te dije -habló Anko, suavizando la voz-. Necesito tu ayuda con el cumpleaños de tu hermano, que es mañana. ¿Te gustaría acompañarme ahora mismo a comprar las decoraciones?
Los ojos del pequeño brillaron de inmediato al escuchar aquellas palabras. Una inmensa felicidad lo invadió; por primera vez en su vida, su madre le pedía ayuda para algo tan importante y lo llamaba "mi niño". Sin dudarlo, aceptó.
Horas más tarde, el panorama era completamente distinto. El auto avanzaba por una carretera solitaria, sumamente alejada de los límites de la ciudad.
-¿Mamá? ¿Segura que por aquí queda la tienda de decoraciones? -preguntó Valenxo, aferrándose al cinturón de seguridad.
El niño estaba claramente preocupado. Aunque solo tenía nueve años, el sentido común le decía que no podía haber un negocio de ese tipo en medio de la nada. El bosque a los lados del camino se veía oscuro y amenazante.
Anko apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su rostro se desfiguró, perdiendo cualquier rastro de la amabilidad fingida de hace unas horas.
-Tu hermano ya no me habla por tu culpa... -siseó ella, acelerando el vehículo-. ¡Te ayudaré a morir, MALDITO!