Anko conducía a toda velocidad. Las manos le temblaban sobre el volante y mantenía la mandíbula firmemente apretada por la rabia ciega que la dominaba.
—¡Basta, mamá! —suplicaba Valenxo desde el asiento trasero, con el rostro empapado en lágrimas—. ¡Yo solo quería que me amaras!
El pequeño lloraba desconsoladamente; sabía perfectamente de lo que era capaz su madre, especialmente ahora que todo el odio que le profesaba había salido a la luz.
—No sé qué hice para merecer un hijo tan desagradable como tú... —soltó Anko, soltando una risa amarga y desquiciada que buscaba herir en lo más profundo al niño—. ¿Sabes una cosa? Yo ni siquiera quería darte a luz, pero Luke insistió y aportó una buena cantidad de dinero para tu nacimiento.
Valenxo se quedó helado, con el corazón roto.
—¿Qué...? —alcanzó a balbucear.
—Exacto. Naciste solo porque tu padre me convenció con billetes. Pero da igual, en un rato estarás muerto.
El auto continuó devorando kilómetros, adentrándose cada vez más en la periferia desolada. De repente, Anko dio un volantazo para desviarse por un angosto camino de tierra que se abría paso entre los densos árboles que rodeaban la carretera. Unos metros más adelante, frenó en seco.
—Llevaba días planeando esto... Al fin —susurró para sí misma.
Anko se desabrochó el cinturón de seguridad, abrió la puerta del conductor y bajó del vehículo con paso firme. Se dirigió de inmediato a la parte trasera.
—A ver, niño, sal de ahí —sentenció, abriendo la puerta de un golpe y sujetando a Valenxo del brazo con una fuerza desmedida para sacarlo a rastras.
—¡No! ¡Duele mucho! —chilló el pequeño, intentando soltarse.
Al caer al suelo, Valenxo miró a su alrededor de forma frenética. El lugar estaba completamente aislado; frente a ellos se alzaba una pequeña cabaña antigua, con maderas carcomidas y un techo que parecía a punto de colapsar en cualquier momento. La escena apenas se iluminaba con la débil y pálida luz que reflejaba la luna a través de las ramas.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? —preguntó el niño, temblando de frío y terror.
Anko clavó sus ojos desorbitados en él.
—No es nada que te importe. Yo solo sé que aquí eliminaré a la basura más pesada del mundo.
Antes de que pudiera dar un paso hacia su hijo, unos ruidos secos y violentos comenzaron a resonar en el interior de la estructura abandonada. Al escucharlos, Anko reaccionó por instinto: metió la mano en su bolso y sacó un cuchillo afilado, preparándose por si alguien salía a defender al pequeño.
—¿En serio alguien vive en una porquería a punto de derrumbarse? —masculló fastidiada.
Con un movimiento brusco, pateó y lanzó a Valenxo hacia unos matorrales espinosos. El niño perdió el equilibrio por completo y cayó de mala manera, escuchando un crujido seco en su extremidad. El dolor fue tan agudo que lo dejó inmovilizado en el suelo, sollozando, aunque permaneció completamente consciente de la situación.
—Basura, ni siquiera te puedo matar tranquila —rezongó Anko, ignorando el llanto de su hijo.
La mujer adoptó una postura defensiva, empuñando el arma blanca mientras fijaba la vista en la entrada de la cabaña. La vieja puerta de madera comenzó a abrirse lentamente con un chirrido espantoso, dando paso a unos pasos pesados que, de un segundo a otro, comenzaron a dirigirse hacia ella a toda velocidad desde la penumbra.