Jägergeists

Capítulo 9: Eres mi mayor error

El pequeño Valenxo permanecía oculto entre los matorrales, conteniendo la respiración mientras su madre intentaba defenderse de aquello que había salido de la cabaña supuestamente abandonada.
—¡¡Acércate y te mataré a ti también!! —amenazó Anko, blandiendo el cuchillo con desesperación.
Sin embargo, antes de que la mujer pudiera reaccionar, el ambiente pareció quedar completamente sedado. Una calma irreal y perturbadora se apoderó del entorno nocturno; las hojas de los árboles se movían con suavidad y solo se alcanzaba a percibir el leve silbido del viento soplando entre la maleza del bosque. Todo ocurrió en un parpadeo.
Valenxo observaba la escena horrorizado desde su escondite. Aquella figura negra y aterradora, que apenas poseía una forma definida, había acabado con su madre frente a sus ojos. La vista del niño no logró captar en qué momento apareció la criatura, ni tampoco el instante exacto en el que partió el cuerpo de Anko a la mitad.
La oscuridad del bosque era abrasadora, pero la pálida luz de la luna resultaba suficiente para iluminar el espeso charco de sangre que brotaba del cadáver de Anko. Su cuerpo había sido seccionado limpiamente por la cintura, mezclándose con la tierra seca del camino.
—¿Mamá...? —susurró el niño en un estado de shock absoluto.
El terror del momento era tan inmenso que sus cuerdas vocales se congelaron; no pudo gritar, ni tampoco llorar. En ese instante de silencio sepulcral, la silueta oscura giró lentamente para clavar su mirada en Valenxo.
—Tu alma y tu experiencia no son lo suficientemente apetitosas para mí —siseó la figura con una voz de ultratumba—. No vale la pena devorarte. Las almas jóvenes no tienen buen sabor.
Sin más, la criatura se dio la vuelta y se desvaneció, alejándose con parsimonia hasta perderse en las profundidades de la noche.
Valenxo, temblando, intentó arrastrarse hacia donde yacía el cuerpo de su madre. Sus piernas estaban destrozadas y cada sutil movimiento le provocaba un dolor insoportable que le recorría toda la espina dorsal. A base de puro esfuerzo, logró avanzar lo suficiente como para alcanzar la mano de la mujer. Estaba completamente fría. Ya no conservaba ni un rastro de su calor natural; Anko claramente ya no pertenecía al mundo del mundo de los vivos




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.