Jägergeists

Capítulo 10: ¿Este es mi final?

La noche se volvió cada vez más aterradora y lúgubre. Atraídos por el penetrante olor a hierro, algunos animales carroñeros del bosque comenzaron a descender de los árboles para alimentarse del cuerpo inerte de Anko. A su lado, ajeno al macabro festín, el pequeño Valenxo se había quedado dormido por el cansancio extremo, todavía aferrado con fuerza a la mano fría de su madre.
De repente, un destello de luz verde esmeralda emergió de las profundidades más oscuras de la maleza, asustando a las alimañas y obligándolas a dispersarse entre las sombras.
—Oh, Dios mío... ¿Qué pasó aquí? —exclamó una voz femenina llena de horror.
Una chica de cabello rojizo corrió a toda prisa hacia la escalofriante escena. Al acercarse, sus ojos se posaron en el pequeño Valenxo, quien temblaba levemente en sus sueños.
—Oh, pequeño... Debes de haber sufrido mucho —susurró la desconocida, arrodillándose a su lado con compasión—. Creo que es hora de que descanses de verdad.
Con delicadeza, la joven extrajo un pequeño frasco y derramó un polvillo brillante sobre el rostro del niño. Al inhalarlo, las facciones tensas de Valenxo se relajaron por completo, sumergiéndose en un sueño profundo e indoloro. Con mucho cuidado para no lastimarlo, la chica lo levantó en vilo y se lo llevó lejos de aquel infierno.
Varias horas después, en los pasillos de la unidad médica de los Jägergeists, el silencio se rompió de golpe.
—¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde lo tienen!! —exigió Kageai, desesperado.
El joven tenía los ojos hinchados, inyectados en sangre y con las ojeras marcadas; era evidente que llevaba horas llorando sin parar desde que se enteró de la desaparición de su familia.
—Tranquilízate, Kageai, por favor... Todo estará bien —le suplicó la chica pelirroja, intentando poner una mano sobre su hombro para frenarlo.
—¡¿Cómo quieres que esté tranquilo, Konia?! —gritó él, apartándose bruscamente con la voz rota por la angustia.
Konia suspiró, comprendiendo su dolor, y bajó la mirada.
—Está en la habitación ocho.
Kageai no esperó a que terminara de hablar. Abrió la puerta de golpe y entró a la habitación, deteniéndose en seco al ver a su pequeño hermano acostado en la camilla, conectado a varios monitores y en un estado deplorable.
—Si tan solo hubiera estado a tu lado... —susurró Kageai, cayendo de rodillas junto a la cama y tapándose el rostro con las manos. La culpa lo estaba carcomiendo por dentro.
Konia entró silenciosamente detrás de él y cerró la puerta para darles privacidad.
—Es un chico fuerte —comentó la pelirroja, cruzándose de brazos—. Tuve que usar una gran cantidad de polvo azul para lograr que durmiera de esa manera y bloquearle el dolor físico.
—¿Su pierna... estará bien? —preguntó Kageai sin levantar la cabeza.
Konia guardó silencio un par de segundos antes de responder con honestidad médica.
—No volverá a estar igual de fuerte que antes. Recibió una herida ósea bastante grave y, para colmo, pasó horas expuesta a la suciedad del bosque, lo que le provocó una infección severa. Hicimos lo que pudimos.
La expresión de la pelirroja se volvió aún más sombría y madura, cambiando por completo el tono de la conversación.
—Pero ahora hay algo de lo que debes estar completamente seguro, Kageai. El espectro que atacó a la señora Anko y a Valenxo debe de haber sido uno superior al Tipo 5. Yo sola jamás habría podido derrotar a una cosa así... Y la cualidad más aterradora de los espectros de ese calibre es que jamás, bajo ninguna circunstancia, dejan a una persona con vida después de haberlos mirado a los ojos.
Kageai alzó la vista lentamente, asimilando las palabras de su compañera. Su hermano no solo había sobrevivido a su madre... había sobrevivido a un monstruo que desafiaba las reglas de la lógica de los Jägergeists.

—¿Cómo que su pierna nunca volverá a estar igual...? —logró articular Kageai, con la voz temblorosa.
El chico comenzó a hundirse en un pánico existencial absoluto. La preocupación por su hermano menor lo estaba asfixiando por dentro; él, mejor que nadie en el mundo, sabía perfectamente con qué soñaba el pequeño Valenxo para su futuro.
—Podrá volver a caminar, no me malentiendas —aclaró Konia, intentando suavizar el golpe, aunque su tono seguía siendo firme—. Pero correr le costará muchísimo trabajo. Además, las caminatas demasiado largas o el esfuerzo físico excesivo podrían provocar que la articulación se bloquee, dejándolo inmóvil por algunos días o sumido en un dolor insoportable.
Kageai apretó los dientes, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia amenazaban con salir otra vez. El destino estaba siendo demasiado cruel.
—Él... él soñaba con convertirse en un Jägergeist cuando creciera —confesó el adolescente, bajando la mirada hacia las sábanas blancas de la camilla—. Quería ser como nuestro padre. Su sueño... creo que acaba de ser destruido antes de empezar.
Konia guardó un respetuoso silencio, asimilando el peso de esa revelación, hasta que Kageai volvió a alzar los ojos, buscando respuestas en la pelirroja.
—¿Y qué demonios quisiste decir con lo del espectro Tipo 5? —exigió saber, con una mezcla de miedo y rabia contenida—. ¿Por qué dices que es una anomalía que nos haya dejado con vida?
La expresión de Konia se volvió gélida. Dio un paso hacia atrás y se cruzó de brazos, mirando fijamente la pared como si recordara algo perturbador.
—Ese tipo de espectros no consumen cualquier alma que se les cruce por el camino, Kageai. Son criaturas selectivas, sumamente inteligentes... Ellos prefieren las almas maduras, aquellas que han acumulado experiencias, traumas, fuerza o conocimiento. Para ellos, el alma de un niño de nueve años no es más que un fruto verde e insípido.
Konia hizo una pausa, clavando sus ojos seriamente en su compañero antes de soltar la verdadera maldición que pesaba sobre el pequeño.
—Estoy completamente segura de una cosa: ese monstruo no lo dejó vivir por piedad. Lo dejó vivir porque prefiere que madure. Volverá a buscar a tu hermano para matarlo y devorarlo en cuanto supere los veinte años.




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