Jägergeists

Capítulo 11: Sueños destruidos

Ya había pasado un mes desde la fatídica noche en el bosque, pero el pequeño todavía no había podido superar el trauma.
Debido a la perturbadora "maldición" que le había impuesto el espectro que asesinó a su madre, Valenxo tuvo que ser trasladado a una pequeña y acogedora casa ubicada dentro del distrito Jägergeist, un área bajo la estricta protección de la organización. Actualmente vivía con una mujer mayor que, de manera voluntaria, había decidido hacerse cargo de él; su nombre era Martha. Por su parte, los altos mandos de la organización habían cumplido su palabra, cubriendo todos los gastos esenciales para el sustento del niño.
Valenxo se encontraba recostado en su cama. Aunque todavía era incapaz de ponerse de pie por su cuenta, afortunadamente ya había recuperado un poco de movilidad en su pierna herida.
—Val, ven, cariño. Ya está la cena —anunció Martha con voz dulce, entrando a la habitación mientras sostenía una bandeja con comida caliente.
El niño la miró con curiosidad y una pizca de melancolía en sus grandes ojos.
—Oiga, señora Martha... ¿Por qué decidió ayudarme? —preguntó con timidez.
Martha le dedicó una sonrisa compasiva mientras colocaba cuidadosamente la bandeja sobre una pequeña mesa de noche al lado de la cama.
—Es una larga historia, pequeño. Preferiría no contártela por ahora —respondió, acomodándole las mantas.
Valenxo bajó la mirada hacia el plato de comida, sintiendo que el nudo en su garganta regresaba.
—Entonces... ¿ya no podré cumplir mi sueño de ser un Jägergeist?
—No digas eso. Estoy segura de que podrás convertirte en un gran Jägergeist y derrotar a todos los espectros que te propongas —le aseguró Martha con firmeza, acariciándole el cabello—. No pienso dejar que te derrumbes solo porque uno de los principales requisitos para ser cazador sea la velocidad. Encontraremos la forma.
—Pero seré una carga... —susurró Valenxo, con los ojos llenos de lágrimas—. Para mi hermano ya lo soy.
Martha se detuvo y lo miró fijamente, con una seriedad cargada de ternura.
—¿El joven Kageai te ha llamado así alguna vez?
—Nunca lo ha hecho —admitió el niño, secándose una lágrima con el dorso de la mano.
—Pues ahí lo tienes. Antes de marcharse a su primera misión oficial, él habló conmigo —confesó Martha, suavizando el tono—. Me miró a los ojos y me dijo que tú eras su principal razón para seguir viviendo. No lo olvides nunca, Val.




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