Jhennyfer

2da parte

Aquella movida me dejó prácticamente en la quiebra personal, pero la acción comenzó a rendir frutos, inyectando a mi cuenta entre mil y tres mil bolivianos semanales. Tenía dinero, pero mi único deseo era derrocharlo en ella. Al fin y al cabo, si realicé todo ese movimiento financiero fue porque ella llegó a mi vida; de no haberla conocido, quién sabe en qué condiciones precarias me encontraría el día de hoy. Curiosamente, esa misma acción que adquirí en veintiún mil bolivianos, hoy en día está valuada en ochenta y cuatro mil. Pero volvamos al relato.

Capítulo 5: La caída al abismo

Esa misma noche de la traición se llevaba a cabo la ceremonia de entrega de certificados y reconocimientos al mejor estudiante de la facultad. Yo iba a ser premiado, algo que no resultaba una sorpresa puesto que las listas se habían publicado días antes. En el auditorio solo contaba con la presencia de mi psicóloga. Hubiera dado lo que fuera por ver a mis padres y a ella sentados entre el público, pero ese cuadro familiar nunca fue posible.

Pasé la jornada siguiente debatiéndome si debía ponerle punto final a la relación. Fue entonces cuando mis amigos de ese periodo me aconsejaron con malicia:

—Termínala de una vez y búscate una venganza por todo lo que te hizo.

Yo no soy un hombre de venganzas; mi naturaleza no es esa. Sin embargo, a medida que los días transcurrían y ella se limitaba a dejarme en "visto" en la pantalla del celular, la idea comenzó a tornarse atractiva. Me sentía miserable, pisoteado; era evidente que a ella le importaban un comino mis sentimientos y la frialdad de sus respuestas me dejaba el alma en el piso.

En medio de ese torbellino de desprecio, una noche tomé la decisión de darme una oportunidad con otra joven que aseguraba amarme. Su nombre era Luz Jhennifer. A diferencia de mi anterior pareja, Luz me demostraba su afecto con acciones concretas; me decía palabras y me otorgaba detalles que nadie me había dado jamás. Era una muchacha hermosa y, además, ostentaba el título de ser la mejor estudiante en el área de Medicina.

Nos habíamos conocido la noche del 29 de mayo, en una situación bastante particular. Ambos coincidimos en la sala del rectorado a la espera de la entrega de unos memorándums de auxiliares. Como el rector se demoró cerca de dos horas en regresar a su despacho, nos vimos obligados a compartir ese espacio a solas. Yo me sentía sumamente nervioso, pues siempre he sido un hombre tímido a la hora de dar el primer paso con las mujeres. Fue ella quien rompió el hielo preguntándome por mi carrera. A partir de ahí, la conversación fluyó como el agua, extendiéndose a charlas nocturnas por mensajes que se volvieron cotidianas, al punto de que, contra todo pronóstico, ella terminó por declararme su amor. Yo le aclaré desde un inicio que tenía pareja, intuyendo que mi relación formal estaba herida de muerte y que tarde o temprano terminaría por romperse. Pero muy en el fondo de mi alma, sabía que la dueña de mis desvelos y la única mujer por la que sería capaz de arrodillarme a llorar seguía siendo la otra.

Finalmente, pactamos con Luz que lo mejor sería conservar una amistad. Ella, con timidez y pesar, aceptó el trato. Me dolió en el alma poner esa barrera, pero entendía que era lo correcto; no podía jugar con sus sentimientos.

Poco después, mi novia terminó conmigo de forma definitiva. Aunque me propuse mantener la compostura, en el momento de la ruptura se me agolparon en la mente los recuerdos de la noche en que le pedí que fuera mi pareja y las incontables veladas esperándola bajo la luna. Me quebré por completo. Le supliqué llorando que no me dejara, rozando la humillación de ponerme de rodillas, pero su decisión estaba tomada. Me prometió que cambiaría sus actitudes con tal de no verme así, una promesa que, por supuesto, jamás cumplió.

Al enterarse del desenlace, mis amigos me presionaron para que fingiera ante ella que yo ya estaba saliendo con otra persona y que mi dolor había sido solo una actuación para dejarla ir. Presionado por el orgullo herido y dejándome influenciar por el grupo, cometí la estupidez de decírselo. Me dolió en el alma inventar esa mentira; fui un tonto maduro que debió haber manejado las cosas con mayor entereza.

Allí cayó el telón de esa historia de amor. Y tras su partida, el verdadero caos llamó a mi puerta.

Capítulo 6: La injusticia y las paredes del cuartel

Pocos días después del quiebre amoroso, fui citado de urgencia al rectorado de la universidad bajo una acusación gravísima: fraude académico. Se me imputaba haber aceptado sobornos económicos por parte de los estudiantes que tenía a mi cargo como auxiliar. Yo jamás había tocado un solo centavo ajeno, pero para mi desgracia, varios alumnos testificaron falsamente en mi contra. Me implicaron además en un supuesto robo institucional, utilizando el argumento de que yo carecía de ingresos económicos suficientes para tacharme de ladrón ante la comunidad universitaria. Sentí cómo mi vida entera se desmoronaba como un castillo de naipes. Estaba completamente solo, perdido en la burocracia de una injusticia, hasta que las autoridades dictaminaron mi expulsión definitiva de la universidad.

Lo había perdido todo: mis notas, mi reputación, mis promesas de futuro y a la única persona que en su momento tuvo el poder de hacerme sentir a salvo. No me quedaba nadie.

Fue en ese estado de desesperación absoluta cuando las puertas del servicio militar se abrieron ante mí. Jamás en mi sano juicio consideré la vida castrense; las pocas veces que en el pasado mencioné la idea de entrar al cuartel fue solo para importunar a mis padres en noches de rebeldía. Mis progenitores, decepcionados por las falsas acusaciones de la universidad, creyeron cada una de las calumnias sobre el supuesto robo. Hundido en la culpa y la vergüenza familiar, acudí por voluntad propia a las inscripciones de las fuerzas armadas. Al fin y al cabo, ya no tenía nada que perder.




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