Jhennyfer

Primera parte

JHENNYFER

Prólogo:

Capítulo 1: El frío y el primer destello de luz

Nuestra historia inicia en el año 2019. Por aquel entonces yo tenía apenas catorce años y cursaba el tercero de secundaria en un colegio de la ciudad de El Alto. Era mi primera vez en esa institución y en esa urbe. Desde que tenía memoria, mi vida transcurría en los paisajes cálidos de Santa Cruz de la Sierra, donde asistía a una escuela que, lamentablemente, terminó por derrumbarse y ser demolida debido a las inclementes y feroces lluvias de la región. Fue ese desastre el que forzó nuestra mudanza a la altura de El Alto. Al principio, acoplarme a este clima gélido fue una tarea difícil, aunque, irónicamente, el frío terminó siendo lo único que de verdad me gustó de este nuevo hogar.

Fue en esa unidad educativa donde la conocí. Sucedió exactamente un 6 de marzo, durante el desfile escolar de la institución. Para mi buena fortuna, ella bailó conmigo; era la primera vez en mi vida que alguien me elegía.

Ella era hermosa, llevaba el cabello corto y, al verla bailar a mi lado, los ojos me brillaron de una manera distinta, como si un rayo de luz pura me atravesara el pecho. Creo que me enamoré perdidamente en ese preciso instante, pues a partir de ese día se volvió incapaz en mí la tarea de dejar de pensar en ella.

Pasaron las semanas y los meses. Yo me consideraba un estudiante promedio, un rostro más en el aula, pero por dentro mi mente seguía fija en su recuerdo. El 15 de octubre, el día de mi cumpleaños, ella se apareció con un pastel grande para compartir con todo el curso. Experimenté una felicidad indescriptible; un detalle así, tan genuino y desinteresado, nunca nadie lo había tenido conmigo. Fue en esa misma jornada cuando ella se me acercó para decirme que le gustaba mi forma de ser: que era diferente, callado y misterioso. Con timidez, me pidió que fuéramos pareja, al menos «hasta donde se pudiera». Sin darnos cuenta, los años empezaron a correr.

Nuestra rutina era simple pero perfecta. Cada noche salíamos a comer salchipapas, algo que a ella le fascinaba. Cada santa noche nos encontraba compartiendo la mesa y las risas. Fui plenamente feliz durante todo ese tiempo. Sin embargo, el destino pocas veces juega a mi favor.

Capítulo 2: Las ausencias y el quiebre

El año 2020 llegó acompañado de conflictos sociales y de una pandemia mundial que nos obligó al distanciamiento físico. Los días transcurrieron de forma extraña y veloz; los recuerdos de esa época son un tanto borrosos en mi memoria, excepto por un acontecimiento que me marcó para siempre: el fallecimiento de un hombre que había sido como un verdadero padre para mí. Aquello fue el inicio del declive. A partir de esa pérdida, las cosas en mi entorno comenzaron a marchar de mal en peor. Pese al caos, yo aún la tenía a ella, mi querida Rose Mary, con quien ya cumplía un año de relación.

Así avanzamos hacia el 2021. Para ese entonces, superados ya los dos años juntos, llegó el momento de conocer a sus padres. Eran personas increíbles que me abrieron las puertas de su hogar y me trataron desde el primer instante como a un hijo más. Como ellos solo tenían hijas mujeres, pronto pasé a sentirme parte fundamental de la familia, al punto de que tuve la bendición de que aceptaran ser mis padrinos de bautizo. Todo parecía haber encontrado un equilibrio perfecto, hasta que en diciembre de ese mismo año mi abuelita falleció. Eran ya dos grandes ausencias golpeándome el alma en muy poco tiempo, pero la vida, con su inercia inevitable, continuaba su curso.

Finalmente llegué a la promoción del colegio al lado de mi amada. Con más de tres años de noviazgo a las espaldas, festejamos juntos el cierre de la etapa escolar. Nos sentíamos como una familia feliz y consolidada. Teníamos grandes planes juntos: mi idea inicial era estudiar únicamente una carrera técnica superior de tres años, comenzar a trabajar pronto y establecerme de forma definitiva a su lado. Ese era el mapa de nuestro futuro. Sin embargo, cuando llegó el momento de las inscripciones, me vi sumido en la incertidumbre de no saber qué rumbo tomar. Ella se convirtió entonces en mi mentora; con una paciencia infinita me enseñó los fundamentos de la electrónica, y fue gracias a su guía que me animé a postular a esa área, un terreno del que yo no sabía absolutamente nada. Una vez más, Rose Mary me estaba salvando la vida.

Durante el primer semestre demostré un excelente desempeño, logrando incluso obtener un diploma de honor como estudiante destacado de la carrera. Me gané el respeto y el reconocimiento de los ingenieros debido a que siempre me prestaba a ayudar a mis compañeros para que entendieran las materias más complejas. Todo marchaba sobre ruedas. Pero claro, estamos hablando de mi vida, y mi vida jamás ha sido un camino sencillo.

Capítulo 3: La tarde en que el mundo se detuvo

Una tarde, mientras nos preparábamos para nuestras habituales salidas nocturnas, noté que ella se sentía mal. Yo, en mi ignorancia, no supe descifrar la gravedad de sus dolencias. Me comentó, casi de pasada, que había tenido una fuerte discusión con su hermana menor y que esta la había empujado por las escaleras. Ingenuo de mí, asumí que su malestar se debía a un cólico natural o a los dolores propios de su período. No le di la importancia que el asunto merecía.

Poco tiempo después, tras concluir el primer semestre, me dirigí una tarde a la institución para tramitar mi matrícula del segundo periodo. Mientras estaba en ello, el teléfono vibró en mi bolsillo. Al contestar, una voz al otro lado me soltó una frase que me heló la sangre:

—Rose se puso muy mal. Tienes que venir a verla de inmediato.

Su salud se había quebrado de un momento a otro, de una forma tan drástica que, al ingresar al hospital, los médicos se vieron de manos atadas. Jamás, ni en mis peores pesadillas, creí que algo así pudiera suceder. Cuando logré entrar a verla, el impacto fue brutal: su rostro lucía extremadamente pálido, con un tinte amarillento y sus ojos inyectados en sangre. En ese estado crítico, la medicina ya no tenía respuestas.




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