Jilguero

Jilguero

La penumbra de la flor que orilla al jilguero a retirarse, sin importar cuánto cante o llore, se acerca como las radiantes luces que envuelven un paraíso de espinas, con lejanía y amor compactados y fragmentados en el mismo fresco, quien fuera, donde fuera, era palpable, y entonces, podías escuchar el retumbo del egoísmo de una abeja que se sacia y aleja lentamente, sin importar que, sin importar a quien hiera, incluso si eso le significa la muerte, si eso le arranca el alma, prefiere una cáscara vacía con tal de proclamarse ama de la libertad de aquella flor.

Las cadenas que se erigen entre dicha flor y jilguero se basan en cuidado y esmero, uno unilateral, que no puede compararse ni ser recibido de vuelta , como si de notas musicales que se recitan a un ser querido se tratase, como la brisa fresca que el mar regala cuando te posas frente a sus aguas, sin remordimiento alguno y con la belleza de la vida, es inevitable pensar que el jilguero o la abeja tengan razón, más carece de certeza dicha aseveración, dicha mención, la obsesión de la abeja deja mucho que decir, más la aleatoria actitud renuente del jilguero dicen que quizá existe resentimiento, pero ¿Quién sabe más del jilguero? ¿La abeja, la flor o él mismo? Vaya pregunta, vaya respuesta.

Tal como las estaciones pasan, tal como el clima cambia, lo que en verdad interesa, la pureza del alma, del ser, de lo que conoce el jilguero y la flor, de lo que la abeja es capaz de observar y aun así, dada su naturaleza egoísta, ignorar, como quien se introduce lentamente entre los hilos fuertes de un lazo genuino, lo infecta, lo rompe, lo pudre, con una constancia que aterra al jilguero pero que mantiene impasible a la flor.

En la sombra de esa tarde, el jilguero y la flor se mecen delicadamente siguiendo el viento fresco, como antes, como ayer, como el futuro que soñaban, como el futuro que el jilguero creyó ser conjunto, más la abeja interfiere como un ruido molesto, en el futuro, en el pasado y en el presente ¿Qué tan egoísta es la abeja? Esa abeja que se justifica en la producción de su miel para seguir acaparando, encerrando y enjaulando a dicha flor ¿Qué tan malo es el jilguero? si extraña, si arde, si se pregunta porque no es suficiente, pero la flor sigue buscando a esa abeja, porque le ahorra el trabajo de seguir existiendo.

Y el jilguero, quien en lluvia, sol, viento y cualquier adversidad armaría casas, balsas, un castillo o un submarino, había encontrado una flor única, había estado cegado por esa rosa roja voluminosa y carismática, pero no fue capaz de entender que había rosales enteros de ella, caminos, jardínes y arreglos, tan linda, pero tan común y vacía, y, dado que las rosas son de primera, en realidad, ya no hay nada de esencia en ellas.

y la abeja, la abeja tan egoísta y cruel, que al final obtiene lo que desea, después de rogar a Dios, después de orar, como si fuese una blasfemia, como si eso fuera digno de pedirse ante tal, y ocurre, lo tiene, lo consigue, pero es de saber, que, probablemente, lo que se consigue con egoísmo y desdén, es en últimas, la peor de las condenas.

Pero esa gran flor blanca, de pétalos teñidos de carmesí en las puntas y tan suaves como el terciopelo, con un tallo elegante y alegre, sin tener que fingir gracia, sin tener que ser perfecta, con un contorno profundo que simula unos ojos tupidos de pestañas, sin siquiera sonreír era encantadora.

La flor rodeada de elegancia, de pétalos carmesí, delgados y erguidos, con una mirada seductora y una sonrisa suave, efímera, a veces aparece, y aunque usualmente no lo hace, estremece el corazón tal cual las palomas que se elevan en la catedral.

La hortensia azul, dulce y suave, con unos ojos briosos e inocentes, de sonrisa tímida y desconcertante que se baña en ternura, camina con tranquilidad y observa el mundo a cada instante, como quien acaba de descubrir la tierra, como quien desea saber lo que se siente vivir.

Y sin embargo, con toda esa belleza, el jilguero observa cuán común son las rosas y cuan codiciadas son a pesar de ello, sin ser verdaderamente especiales, sin tener otra cualidad, aquello no es inherente a las virtudes que puedan tener, más no cuentan con la valía de ser auténticas, de ser libres y sólidas, se moldean ante el toque de cualquiera, y no significan más que la formalidad que esconden tras su color, puesto que, más allá de su belleza simple, es el renuente sentido de significado el que les da un propósito, uno del que ellas distan.

Ni siquiera como los crisantemos que acompañan o las gerberas que expresan, y aunque no son comunes, el regalar una de ellas va más allá de visitar la floristería o el campo, va hacía el pensamiento previo de dar algo que toque cada fibra del corazón y del consciente, de saciar el alma ante lo intangible.

Cuando se ve el paisaje natural que brinda el viento, las flores, el cielo, por un momento, se deja de ser persona y se es humano, se deja de ser abeja para transformarse en la realidad; el egoísmo encarnado disfrazado de una falsa fe y amabilidad, como quien esparce polen para hacerse llamar salvador, cuando el único que en verdad se salva es el mismo, y el jilguero, el jilguero observa inefable como la flor se queda estática dejándose enredar.

Y la flor, la flor no es impasible, simplemente es llana e igualmente egoísta, tan relativa, tan igual que la abeja que la enjaula, tan igual que el deseo propio de obtener lo que le convenga, incluso si lastima a otros, si sus espinas deciden abrazar a esa abeja, y herir a todo el valle, por que eso significa que no tendría que esforzarse, que no tendría que mirar a los ojos, que puede ser igual de nefasta que la abeja que le promete seguridad y fe.



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En el texto hay: amor no correspondido, amistad, ruptura

Editado: 01.05.2026

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