Jinete de Lealtad

Prólogo

Los Guardianes

Los fuertes vientos azotaban la superficie, moviendo los arboles que se desprendían de sus hojas con sonidos sordos.

El batir de las enormes alas de dragones y guivernos, quienes surcaban los cielos, sus imponentes formas podían hacer callar desde el troll más grande hasta el chaneque más pequeño.

Desde el balcón de un gran palacio medieval, una mujer de cabello blanco como la nieve misma contemplaba a las majestuosas criaturas. Los ojos ámbar de dicha mujer reflejaban un dolor pesado mientras observaba, pero, a pesar de su vestuario sencillo, su belleza no era opacada en lo más mínimo.

Junto a ella se encontraba un hombre de tez pálida, cabello como plata líquida y unos ojos de tono ámbar. Portaba una espada larga en su costado derecho y una daga hecha con el colmillo de un dragón en el cinturón.

Un dragón y un guiverno descendieron de los cielos aterrizando frente al gran palacio e inclinando ligeramente sus cabezas en señal de respeto a la gran estructura, de manera cuidadosa y sin prisa, ambas personas bajaron por las escaleras hasta reunirse con ellos.

La mujer se acercó cuidadosamente y a paso tranquilo hacia la gran dragona de escamas azules, intensas como el zafiro y unos penetrantes ojos azul cielo que reflejaban pureza. Ella acarició el hocico de esta con ternura y cuidado como si quisiera transmitir paz y tranquilidad.

Mientras que el hombre dirigió su caminar hacia el guiverno de escamas rojas brillantes como los rubíes y acompañados de unos iris parecidos a orbes de lava fundida que mostraban poder. Dicha criatura se inclinó hacia él, dejando que lo tocará sin quemarse.

—El mundo nunca había estado tan quebrado, debemos proteger lo que amamos. —explicó el sintiendo a la criatura tensarse bajó su toque.

—Nosotros no podemos hacer nada. —mencionó ella —Somos ángeles, nuestro deber es cuidar la vida, no... quitarla. —tragó saliva contemplando a su dragona.

Las hermosas criaturas intercambiaron miradas preocupadas, como si pudieran entender lo que decían sus jinetes, un vínculo profundo y sincero se abría en sus corazones.

¿Ama mía, que es lo que te alarma? —le preguntó la dragona, inquieta.

—No es nada, mi dulce Azelia.— mintió ella, no queriendo preocupar más a su fiel compañera.

Puedo sentir tu corazón impaciente, cuéntame que ocurre. —pidió el rojizo guiverno, su mirada decía por si sola que no aceptaría una respuesta vaga.

—Las personas están destruyendo todo a su paso con guerras —gruñó el— ¿Y todo por qué?, por riquezas o poder.

La mujer tenía una mirada de tristeza y dolor mientras rozaba el cuello de su dragona para dar algún tipo de consuelo a esta, parecía estar decepcionada, sin embargo, el miedo también tomaba parte en sus ojos ámbar, a la vez el hombre solo reflejaba odio y desprecio en su mirar estoico dando vueltas cerca de su aliado más leal.

—La profecía del vínculo prohibido está por cumplirse, y no habrá nada que lo detenga. —dijo la mujer

—Tal vez tengas razón, pero se desencadenará una guerra mayor.

La profecía del vínculo prohibido, algo que se temía desde hace miles y miles de años, que ni siquiera los dragones podrían controlar y que posiblemente provocaría una guerra.

—La destrucción a existido incluso antes de la creación humana. —susurró ella, mirando el cielo y acariciando suavemente la cabeza de su dragona que reposaba en su regazo.

Miles de dragones y guivernos surcaban los cielos manteniendo el orden debajo de ellos, criaturas sabias, valientes, pero sobre todo leales, no existía vínculo más sincero que ese, compartiendo emociones, pensamientos y a veces incluso el dolor con sus jinetes.

Pero no todo el mundo podía siquiera verlos sin temor, para contemplar lo que realmente eran, debías haber perdido algo irremplazable: el dolor abre los ojos a lo invisible y a veces a lo imposible.

—La era de los jinetes está acabando —dijo el —Podrán existir millones de dragones, pero sus alas no buscarán compañía, porque el último jinete convirtió el pacto en cenizas.

El gran guiverno rojo soltó un rugido al cielo estando de acuerdo con su jinete, pues habían pasado décadas desde que un dragón se vinculará con una persona.

—Ya veremos que nos ampara el destino —murmuró ella, su dragona se levantó de su regazo y escupió sus llamas azules en dirección al cielo en un gesto de comprensión.



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En el texto hay: magia, criaturasmagicas

Editado: 03.06.2026

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