Un sendero de roca negra agrietada, como carbón antiguo, de donde escapan hilos de calor rojo que latían como venas se encontraba frente a ellos,
Las puertas del inframundo no estaban hechas para ser vistas por ojos de luz. Eran enormes, parecían ser más altas que algunas montañas, forjadas en un metal oscuro. No contaban con cerraduras a la vista, como si estuvieran diseñadas para contener algo que no saldría jamás.
—¿Y ahora como entramos? —preguntó uno de ellos—.
—¿Qué tal trepar? —sugirió Lyra.
—No podemos trepar tal altura —dijo Izaack—. Tampoco podemos rodearlo, los muros son eternos aparentemente.
—No contamos con muchas opciones —dijo un ángel con voz cansada—.
—¿Y si solo llamamos a la puerta? —propuso alguien.
Todos se giraron hacia la pequeña voz que habló dando esa idea, parecía ser lo más lógico, así como respetuoso, no perdían nada con intentarlo entonces, a paso lento, Lyra se acercó a la gran puerta y dio tres suaves golpes quemándose la mano por la alta temperatura de dicha estructura.
—¡Vaya! —soltó Lyra apartando la mano de manera brusca—. Está hirviendo.
Un fuerte rugido resonó desde el lado contrario de la gran puerta, asustando a todos quienes levantaron sus arcos o espadas preparados en caso de requerir pelear.
Dicho pedazo de metal se abrió de golpe con un sonido estruendoso provocando un fuerte aire que alzó el polvo y la tierra del suelo.
Cuando dicha cortina de neblina se disolvió todos se preparaban para lo pero con armas en algo, sin embargo, no había nada ni nadie, como si el propio lugar los invitará a pasar.
Esperaron pacientemente la orden de proceder o retroceder de su líder, quien solo miraba en distintas direcciones antes de avanzar, estando aun desconfiado dirigió su caminar hacia la entrada buscando cualquier mínima señal de peligro, al no ver ninguna hizo señas hacia su equipo para que lo siguieran.
—Juntos. No se separen —ordenó Izaack sin girar a verlos.
—Entendido —obedecieron al mismo tiempo mientras lo seguían.
El camino era tranquilo aunque el calor abundaba a su alrededor haciéndolos sudar mas ninguno de atrevía a detener el paso, continuaban a paso silencioso, no tenían obstáculos de frente, podría ser casualidad, pero lo más probable es que fuera una trampa, era un territorio nuevo para Izaack y cada uno de ellos, mantenían sus puntiagudas orejas alertas de cualquier sonido o movimiento que no proviniera de algún compañero.
—Que tenemos aquí —una voz grave y burlona retumbó por las altas paredes.
Levantaron la mirada en diferentes direcciones buscando el origen de la extraña voz, algunos incluso levantaron sus espadas, entre ellos Izaack.
—¿Quién eres? —preguntó Izaack con su espada en alto.
—Creo que la pregunta aquí es —hizo una breve pausa. —¿Qué hacen ustedes aquí?
—No te incumbe que hagamos aquí —respondió Lyra.
—Oh querida, claro que me importa —dijo con una risa—. Estás son mis tierras, y quien no pertenece aquí no sale para contarlo.
—¿Sus tierras? —murmuró Izaack para si mismo—. No puede ser...
—Que inteligente eres.
Varios ángeles se giraron a ver el rostro pálido de Izaack comenzando a entrar en pánico, pero lograron ocultarlo rápidamente.
La tensión en el ambiente era palpable, al mezclarlo con el calor se volvía aún más insoportable.
La persona dueña de la voz se dejó ver por ellos, de inmediato fue reconocido como el gobernante del Inframundo llamado Mazgorth, quien decidía la condena de las almas según sus pecados.
—Cuéntenme, ¿qué hacen aquí? —preguntó Mazgorth con una ceja levantada.
—Tenemos la orden de eliminar a cada demonio que haya matado a un ángel —respondió uno de ellos con la voz más aguda de lo que deseaba.
—Creí que era algo más divertido —susurró Mazgorth algo decepcionado—. Supongo que podría dejarlos
—¿De verdad nos da su permiso? —preguntó Lyra con un deje de esperanza
—¡No! —exclamó el burlándose—. ¿Siempre son así de ingenuos los ángeles?
—No se puede confiar en los demonios —gruñó Izaack levantando su espada—.
—Fue un honor conocerlos —dijo Mazgorth acercándose a ellos.
—Si no nos dará permiso, ¡lo haremos por las malas! —espetó Lyra sacando su arco.
Sobre sus cabezas se extendían los altos muros de roca negra, suelos agrietados por ríos de lava que fluían como venas y arterias abiertas. El aire olía a hierro y ceniza, y cada respiración ardía en los pulmones de todos. Las sombras que observaban silenciosamente ahí eran como espectros vivos, siendo testigos de la guerra que estaba por librarse.
El grupo de ángeles decididos se dividieron y avanzaron para luchar cuerpo a cuerpo con sus espadas y los arqueros disparando desde lo lejos.
Sus alas, ya manchadas por el polvo y tierra, se tensaron al tocar el suelo de obsidiana. Espadas de luz pálida brillaron en sus manos, y los arcos que cargaban con sus flechas comenzaron a vibrar, como si pudieran sentir la tensión de sus dueños. La claridad que los rodeaba era tenue, casi frágil, como una vela en medio de un huracán.
Mazgorth emergió entre columnas de su poder oscuro. Su silueta era vasta, desproporcionada, formada por sombras que se retorcían como serpientes acechando a su presa. Sus ojos ardían con una furia antigua, y cada paso que daba hacía crujir el suelo, como si el suelo mismo temiera su peso.
—El cielo envía a sus guerreros... —la voz de Mazgorth resonó como un trueno cayendo—. Qué detalle tan inútil.
El líder de los ángeles alzó su espada, cuya luz iluminó apenas el abismo circundante.
—No venimos por gloria —dijo con Izaack firmeza—. Venimos por el fin de tu reinado y tus pesadillas.
Las alas se desplegaron al unísono. El sonido fue como el de mil páginas arrancadas del destino. En un instante, los arcos se tensaron y las flechas partieron, atravesando el aire denso con un silbido que parecía una plegaria desesperada.