En algún aislado pero acogedor lugar del inframundo, se encontraba la familia de tres personas, un demonio, un ángel y su dulce hija.
Por fuera, dicho lugar era sombrío y con aspecto de estar abandonado, sin embargo, dentro era completamente otra cosa al entrar se podía sentir una calidez que recorría todo el cuerpo.
Grandes macetas decoraban las esquinas de cada habitación, en las escaleras había enredaderas de distintos tamaños y hermosas plantas colgantes decoraban los techos.
A pesar de la calidez que emanaba ese hogar, era muy estricto, sobre todo el padre de esa familia, dedicaba su tiempo en entrenar y preparar a su hija en el jardín de la casa.
—¿Tenemos que entrenar hoy? —preguntó la pequeña niña con ojos grandes.
—Es importante estar preparados, hija mía —contestó Rovrax mientras tomaba su espada.
—¿Preparados?, ¿para qué?
—Para lo que sea. Nunca sabes que planes tiene el destino para ti. —respondió. —Menos plática más acción, niña.
Tras tomar una pose defensiva, le lanzó una espada que cruzó por encima de ella, y la niña por reflejo dio un salto, atrapando la espada mientras volaba.
—Veamos de que estás hecha, ¡pelea! —le espetó Rovrax acercándose.
La pequeña contempló la espada en sus manos, aparentemente enorme para ella, pero lo suficientemente ligera como para levantarse sin problemas.
Tomó su posición mientras su padre se acercaba de manera lenta hasta que quedaron frente a frente. Rovrax blandió su espada y lanzó un ataque. La niña trató de detener el golpe, pero fue muy lenta, soltó un gruñido al sentir el corte en su brazo y al momento siguiente Rovrax le sentó otro corte en el hombro que la hizo retroceder.
Ella, sin titubear, contratacó, pero Rovrax esquivó sin gran esfuerzo el golpe. Después, con su espada, intentó golpear el pecho de su padre, quien la esquivó en su última oportunidad, intentó golpearle las piernas para que perdiera el equilibrio. El choque del acero se mezclaba con la respiración agitada de la niña.
—Sigues de pie después de dos cortes profundos, aceptable —dijo Rovrax
—¿Aceptable? —repitió, molesta mientras calmaba su respiración.
Su padre giró la espada en su mano y con el pomo de esta le dio un fuerte golpe en la cabeza a su hija, quien soltó su espada y se agarró la cabeza mientras gruñía.
—No dejes que las palabras del oponente te distraigan de la batalla real, niña. —le reprochó Rovrax.
A la pequeña le retumbaba la cabeza y la sangre seguía saliendo se sus cortes incluidos en la cara. Rovrax le limpió la sangre de la cara con agua tibia.
—¿Era necesario eso? —preguntó enfadada y aun mareada por el golpe en la cabeza.
—Lo era —dijo Rovrax con seriedad—. En una pelea real un contrincante no te dará pequeños golpes, y yo, menos.
Dejó la espada a un lado y esta vez, tomó dos palos largos y los afiló un poco de la punta. Al estar listos, le aventó uno de ellos a la niña.
—Todavía no hemos terminado, ¡ataca! —exclamó Rovrax esperando a que tomara el palo.
Ella solo pudo soltar un suspiro y agarrar el palo, sabía que intentar convencer a su padre de parar era imposible. Se quitó el cabello de la cara y se preparó para atacar con su nueva arma.
Ella se acercó de frente y luego cambio a su costado para intentar darle un golpe a su padre. Rovrax lo esquivó y con su palo, le asestó un garrotazo en la espalda. La pequeña chilló ante el golpe y cayó al suelo.
—¡Nunca te atrevas a dejar tu espalda libre a un oponente! —le gritó su padre.
La niña se levantó con el dolor punzante en su espalda retomando su postura y buscando algún punto débil en su padre, o ahora, contrincante. Se abalanzó varias veces contra él, aunque solo una tuviera éxito.
El tocó su mejilla al sentir en rasguño, no fue lo suficientemente profundo para cortar, pero si para dejar una gran marca roja. Al sentir el dolor ligero, miró a su hija sosteniendo aun el palo que el mismo le otorgó, ella mostraba señales de cansancio y, aun así, no bajaba la guardia.
—Lograste golpearme, buen avance —admitió Rovrax con una sonrisa imperceptible para ella. —Continuemos.
Pasaron las horas de entrenamiento durante las cuales Rovrax continuó dando instrucciones a su hija, enseñándole diferentes ejercicios, como mejorar su postura y la manera correcta de respirar.
Repetían una y otra vez cada movimiento hasta que lo dominará correctamente. La pequeña podía aprender rápido, pero, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, no lograba evitar los ataques de su padre.
Cuando terminaron el entrenamiento que pareció una eternidad, ella se dejó caer sobre la hierba del jardín. Estaba cansada y adolorida, su padre lo sabía, pero no por eso sería suave con ella.
—¿Cansada?
—¿Es una pregunta trampa? —preguntó la niña.
—No lo es, ¿estás cansada? —aclaró Rovrax.
—Lo estoy, mucho —se quejó la niña.
—Sigues sangrando, ya deberías estar desmayada por la pérdida de sangre, niña —dijo Rovrax.
—Tengo nombre, deja de decirme niña, papá —dijo ella.
—Lo sé, Nathraeth —comentó Rovrax revolviendo el cabello negro de su hija.
Rovrax le ayudó a su hija a levantarse, juntos caminaron hacia la entrada de su hogar, debían limpiar la sangre de Nathraeth antes de que sus heridas se infectaran.
Dentro de casa, en el comedor, Alyren los estaba sentada en la mesa. La comida ya estaba fría, pero el café a un no.
Al notarlos, está se preocupó al ver el estado de su hija y se acercó a ellos rápidamente.
—Fueron a entrenar o a golpearse? —preguntó Alyren mientras revisaba a su hija con preocupación.
—Estará bien, solo le enseño... disciplina —respondió Rovrax.
—¡¿Hacerla sangrar te parece disciplina?! —exclamó Alyren.
—Mamá, estoy bien —dijo Nathraeth intentando calmar a su madre.
Durante el resto del día, Alyren se dedicó a las heridas de Nathraeth que eran principalmente cortes o pequeños moretones. Al parecer su padre no había sido muy benévolo ni con el palo ni con la espada.