Jinete de Lealtad

En la mesita de noche permanecía el libro que su madre leyó la noche anterior, a su lado había un frasco lleno de papeles: notas que sus padres le dejaban con frases bonitas.

Nathraeth se levantó aun descalza y caminó hacia la ventana de su habitación. Fuera, se podían ver varios animales pasando por ahí, entre ellos: los Chaneques; pequeños que pueden o no tener orejas, con rostro infantil pero envejecido y algunos con los pies al revés, pero no solo estaban ellos, si no, que también los Dullahan; jinetes sin cabeza, con la cabeza en descomposición en un brazo y un látigo hecho de columna vertebral humana en el otro y por último pero más peligrosos e importantes los Barghest; monstruosos perros negros caracterizados por sus enormes dientes y garras, relacionados con presagios de muerte o calamidades.

Era bien conocido por ella que en el día el mundo era peligroso, sin embargo, durante la noche se volvía territorio de las peores bestias conocidas, estás tomaban el control durante las frías y crueles noches acechando a cada cosa que se mueva.

Los Chaneques matan para proteger la naturaleza, agua y montes. Como guardianes de la vida.

Los Barghest suelen matar a personas solitarias o simplemente informan que alguien morirá pronto mientras que los Dullahan no atacan físicamente pueden pronunciar el nombre de alguien y esta morirá tiempo después; representan el destino, no un ataque.

—Nathraeth, ¡baja a desayunar! —gritó su madre desde la cocina.

La niña salió de sus pensamientos y bajo las escaleras olvidando ponerse los zapatos. Al bajar se encontró con sus padres quienes la esperaban en la mesa del comedor. Cuando su padre la vio, notó que lo llevaba puesto nada en los pies.

—¿Y los zapatos? —preguntó Rovrax mientras ponía su plato.

—¿Zapatos? —Miró sus pies —. Oh, se me olvidaron.

—Se te olvidaron, claro —contestó Rovrax sin creerle.

—Ven a sentarte cariño —dijo Alyren cambiando el tema —. El desayuno se enfría.

Nathraeth se sentó a desayunar junto a sus padres. Ellos charlaban sobre su visita al pueblo de Athosvor. Athosvor era un pequeño lugar a varios kilómetros de su hogar, pero seguía siendo lo más cercano a otra población que tenían. Era un buen lugar para pasar un rato en familia.

—Ya es primavera, los cuentacuentos llegan en esta temporada —dijo Alyren.

—Podríamos ir a escucharlos. —Propuso Rovrax. —Pero con una condición.

—¿Qué condición? —preguntó Nathraeth, ya esperando las tonterías de su padre.

—Deberás soportar el entrenamiento de hoy. Completo—respondió Rovrax mirando a Nathraeth.

—Rovrax no empieces —dijo Alyren.

—Ve a cambiarte, empezamos en veinte minutos.

De mala gana, Nathraeth se levantó de la mesa para ir a su habitación. En su habitación se cambio de su pijama a su ropa de entrenamiento —diseñada por su padre personalmente—. Era un traje completo de color negro para el camuflaje, un cubrebocas negro también, para evitar mostrar la identidad, rodilleras y coderas.

Tras tomar sus espadas, bajó las escaleras donde se encontró con su padre la listo para iniciar. Salieron juntos al patio y antes de que Rovrax tomará su espada, el le jaló las orejas.

—Tus orejas son puntiagudas como las de tu madre —se burló Rovrax.

—No empieces con eso, papá. —Se quejó Nathraeth.

El aire frío de la mañana los golpeaba a pesar de llevar trajes de cuerpo completo. La antigua tierra del jardín tenía marcas como huellas de botas, líneas trazadas con palos, señales de las prácticas anteriores entre ambos.

La rutina aumentó de intensidad. Nathraeth lanzó golpes al aire, uno tras otro, primero muy lentos, luego más rápidos. El sonido seco de sus puños cortando el aire rompía el silencio de la mañana. Su respiración se volvió más pesada, pero no se detuvo. Rovrax levantó una almohadilla de entrenamiento y la sostuvo firme frente a ella. Cada impacto producía un golpe sordo que resonaba en el patio, marcando un ritmo constante.

El sudor comenzaba a correr por la frente de la Nathraeth, ya agotada pero no dispuesta a ceder. Sus brazos temblaban ligeramente, aun así, continuaron moviéndose. Rovrax aumentaba la intensidad cada vez que ella lo lograba, obligándola a avanzar.

Llegó el momento de las caídas. Él demostró el movimiento lentamente, dejando que su cuerpo descendiera con control hasta el suelo y volviera a levantarse con fluidez. Ella lo imitó. La primera vez cayó torpemente, levantando polvo. La segunda fue más limpia. La tercera, casi perfecta. Rovrax asintió apenas, un gesto breve que bastó para que Nathraeth enderezara la espalda para mantener la postura.

El sol ya estaba más alto cuando el cansancio comenzó a notarse con claridad. Las piernas de Nathraeth comenzaban a temblar. Aun así, continuó cada movimiento, empujándose más allá de la incomodidad. Rovrax finalmente levantó una mano en señal de alto.

El silencio regresó poco a poco. Solo quedó el sonido de la respiración agitada y el rugir de algunos Barghest. Nathraeth apoyó las manos en las rodillas, inclinándose hacia adelante mientras recuperaba el aliento. Rovrax tomó una toalla y la dejó sobre sus hombros.

Durante unos segundos permanecieron allí, sin moverse demasiado. Luego, él dio un leve golpecito en su hombro, firme pero lleno de orgullo contenido. Nathraeth se enderezó, aún cansada, pero con una pequeña chispa de satisfacción brillando en sus ojos.

Las huellas nuevas sobre la tierra se mezclaron con las antiguas, sumándose a la larga historia de entrenamientos compartidos en ese mismo lugar.

Al entrar a casa, Alyren estaba en la cocina preparando el almuerzo. Cuando los vio entrar, les dio una suave sonrisa mientras servía los platos. Alyren colocó los platos de cada uno en sus respectivos lugares.

—Mañana iremos a Athosvor —dijo Rovrax mientras tomaba su cuchara.

—¿Qué le diste? —preguntó Alyren a Nathraeth.

—Nada. —Respondió la niña y se encogió de hombros.



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En el texto hay: magia, criaturasmagicas

Editado: 03.06.2026

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