El tiempo avanzaba rápido y la familia debía encontrar un lugar donde quedarse a para pasar la noche. El sabueso guiaba el camino aunque ya sin Nathraeth en su lomo, al llegar con algunos mercaderes de la zona, Rovrax se acercó a preguntar donde podrían descansar.
Las instrucciones fueron claras: seguir el camino de tierra y no acercarse al bosque. Rovrax agradeció por la información y llevó a su familia hacia la casita de paja que se encontraba al otro extremo del sendero. La puerta que rechinaba fue abierta por una mujer demonio algo mayor.
—Buenas noches, sentimos interrumpir tan tarde. Escuchamos que aquí podríamos descansar —dijo Rovrax con voz firme.
—Claro que sí queridos, pasen bienvenidos —respondió la anciana antes de hacerse a un lado para dejarlos pasar.
Por dentro, la casita era pequeña y se veía muy acogedora. Rovrax entró primero, seguido de Nathraeth, Alyren y por último el sabueso. La mujer les ofreció un té a cada uno para el frío.
—¿Y ustedes son de por aquí? —preguntó la mujer.
—Realmente no, pero venimos a escuchar a los cuentacuentos —contestó Alyren.
—Ya veo, aquí adentro entrarán en calor. ¿No te quieres quitar la capa?, querida —le preguntó la mujer a Alyren.
—No, así estoy bien —contestó Alyren rápidamente.
—Bien, sus habitaciones están al fondo —dijo la mujer con una sonrisa.
Tras agradecer la hospitalidad de la señora. Cada quien fue a su habitación, Alyren y Rovrax fueron juntos mientras que Nathraeth se quedó con el sabueso en la habitación de a lado.
Ya en la habitación, Nathraeth se quitó la capa y la dejó en una silla de madera. Se acostó en la cama mirando al techo, aun pensaba en lo que aquel viejo cuentacuentos había dicho. El sabueso se subió en la cama y se acostó junto a ella.
A mitad de la madrugada, el sabueso se levantó despertando de manera brusca a Nathraeth. Alarmada, tomó una daga que tenía en el cinturón y se sentó en la cama. El sabueso rasguñó la puerta como si estuviera intentando abrirla.
Nathraeth se levantó de la cama para intentar jalar al sabueso de regreso a la cama y seguir durmiendo más este no se movía.
—¿Qué haces? —preguntó la chica.
El perro la miró y luego señaló la puerta con su hocico, parecía estar intentando decirle algo a la niña. Nathraeth se sentó en el borde de la cama viendo al sabueso hasta que se cansó y ambos se volvieron a acomodar debajo de las sábanas.
Una rama cayendo quebró el silencio y el sueño se les volvió a ser arrebatado. Brincaron de la cama, Nathraeth con su daga en mano y se acercó a la ventana. Afuera no había nada, solo la rama caída del árbol en la tierra.
A como pudo, el sabueso logró abrir la puerta y jalar a Nathraeth con él. La niña antes de seguirlo tomó una lámpara de aceite que estaba en una estantería y la encendió.
El perro la jaló hacia el pasillo, pero se escondieron al escuchar la voz de la mujer hablando con alguien.
—¿Estás segura de que son ellos? —dijo un hombre.
—La niña tiene orejas puntiagudas, aunque se las cubrió con el cabello las pude ver —respondió la mujer cruzando los brazos.
—Los demonios no tienen orejas puntiagudas.
—¿Aun tienes dudas? —murmuró la mujer.
—¿Dónde están? —preguntó el hombre bajando la voz.
—En las habitaciones del fondo —contestó la mujer.
Nathraeth y el sabueso intercambiaron una mirada preocupada. Al escuchar los pasos del hombre acercarse, fueron corriendo de a la habitación de sus padres y cerraron la puerta con cuidado de no hacer ruido. Alyren fue la primera en despertar y ver a su hija.
—¿Pasa algo cariño? —preguntó Alyren con voz adormilada.
—Hay un guardia del rey afuera, nos esta buscando —dijo Nathraeth con la respiración agitada.
Rovrax que recién se incorporaba intercambio una mirada preocupada con su esposa. Alyren se levantó y se puso otra vez la capa cubriendo su cabeza. Rovrax se acercó a Nathraeth entregándole su espada, negra como la obsidiana misma.
—Tenemos que irnos —gruñó Rovrax mientras se vestía.
Desde el pasillo, se podían escuchar los pasos de los guardias acercándose. Primero fueron a la habitación donde debía estar la chicha y al no ver nada se dirigieron a la otra puerta. Al intentar abrirla, notaron que estaba cerrada con candado y el líder de ellos gritó.
—¡Guardias del Rey, abran la puerta!
Dentro de la habitación, Alyren se quitó la capa y cubrió a su hija con ella. Rovrax abrió la ventana para que pudieran salir su hija y su esposa. Cuando el sabueso ya había salido, Nathraeth comenzó a salir por la ventana con la espada que su padre le dio en el cinturón.
Los guardias de afuera, al no recibir respuesta, golpearon la puerta hasta derribarla. Al entrar tomaron a Rovrax del brazo y el líder presionó su espada contra el cuello de este creando su hilo de sangre.
Alyren miró a su hija y luego a su esposo, tras apretar las manos de Nathraeth y cerrar los ojos con fuerza, volvió a abrir los ojos y se quitó el collar que tenía puesto. La pieza era como un cristal tallado. Tenía un color azul profundo, casi como un zafiro.
En la parte superior, el cristal estaba envuelto con un alambre metálico plateado que lo sujetaba firmemente y se conectaba a una cadena fina del mismo tono. La cadena era sencilla, lo que hacía que toda la atención se centrará en el colgante.
—Tu padre y yo te amamos, pero debes irte—Sus ojos se humedecieron —. No dejes que nadie tome este collar.
Antes de que Nathraeth pudiera reaccionar, Alyren puso el collar en las manos de su hija antes de empujarla fuera y cerra la ventana con un candado.
El sabueso que esperaba afuera, jaló a Nathraeth hacia el bosque. Cuando la niña reaccionó, se levantó y siguió al sabueso corriendo.
En la habitación, Alyren se había desplomado en el suelo de madera. Un guardia la tomo de la muñeca y otro le puso una cuerda en las manos.
—¿Y la niña? —preguntó el líder.