Jinete de Lealtad

El gran Guiverno salió de entre las sombras, acercándose hacia la niña. Se apoyaba en sus alas y sus dos patas traseras para caminar. Cuando se acercó lo suficiente, bajó la cabeza hasta que su hocico quedó frente a la chica.

Nathraeth dio otro paso hacia atrás, cayendo con una roca. El Guiverno olisqueó a la chica, sus agudas narinas memorizando su aroma. El sabueso había dejado de ladrar, aunque se mantenía listo para atacar si hacía falta.

La criatura abrió las fauces mostrando sus imponentes colmillos preparándose antes de soltar un poderoso rugido que sacudió tanto a Nathraeth como al perro que permanecía a su lado. El cabello negro de Nathraeth se alborotó por el viento provocado y el sabueso fue empujado un poco hacia atrás.

Cuando el Guiverno dejo de rugir, sus ojos esmeraldas se concentraron en el perro sin prestarle mucha atención antes de volver a ella con renovada curiosidad. Bajo aun más la cabeza hasta qué quedó cara a cara con Nathraeth. Ella se quedó quieta aun intentando procesar todo lo que había pasado en las últimas horas, lo único que la ataba al momento era el cálido aire que golpeaba su rostro proveniente de la nariz del Guiverno.

Una sola palabra resonó en la cabeza de la chica, firme y segura:

Niña.

Eso fue suficiente como para que Nathraeth creyera que ya estaba loca, miró a todas direcciones tratando de encontrar el origen de aquella voz.

Enfrente de ti.

Por segunda vez, Nathraeth oyó la instrucción dentro de su mente. Está vez entendió el mensaje y miró enfrente de ella. Ahí permanecía el Guiverno, observándola como si pudiera leer su alma.

Al ver que no actuaba, la criatura amenazó con soltar otro rugido, pero esta vez, Nathraeth tomó la espada que su padre le había dado y la apuntó hacía el casi sin dudarlo. El Guiverno al ver la espada cerró la boca, sopló un humo negro que hizo toser a la joven y al sabueso.

¿No tienes miedo?

Aquella voz ya no era tan firme, ahora era más suave y curiosa.

—Tendría miedo si quisieras atacarme. —Respondió Nathraeth mientras se levantaba.

¿Cómo sabes que no lo haré?

—Sinceramente no tengo idea, pero no estás intentando comerme —dijo Nathraeth sacudiéndose el polvo.

La bestia levantó la cabeza y la sacudió, las oscuras crestas espinales de su cuello se agitaron también. El sabueso le ladró en un intento de ahuyentarlo, sin embargo, el Guiverno no mostró indicios de irse y en su lugar, rugió al sabueso lanzándolo lejos.

Nathraeth ya lo suficientemente enojada, le gruñó al Guiverno mostrando sus colmillos a pesar de ser mucho más chicos que los de la bestia.

El Guiverno dejó de rugir y levantó al perro con su hocico. Su mirada volvió a la niña, sus ojos de dulcificaron al ver los rastros de tristeza en sus ojos. De los orificios de su nariz sacó humo, una señal silenciosa de paz.

Nathraeth dejo de gruñir y se agachó para acariciar al sabueso quien ya estaba de nuevo a su lado, su cola de llamas estaba algo apagada por la falta de sueño. La chica volvió su mirada hacia la bestia frente a ella.

—¿Qué quieres? —preguntó Nathraeth sin rodeos.

Siento lo de tu compañero —inició la bestia disculpándose con el sabueso —. Empezamos mal, volvamos a intentarlo.

El Guiverno hizo un sonido parecido a aclararse la garganta antes de volver a ver a Nathraeth y agacharse mostrándole respeto.

Mi nombre es Ethenary.

Nathraeth un poco más tranquila vio el gesto respetuoso del Guiverno y relajó su postura mas sin bajar la guardia.

—¿Y qué haces aquí? —preguntó la chica.

Tú me has llamado. —respondió mirándola.

—¿Yo? —preguntó incrédula —. No recuerdo haber llamado a una lagartija con alas.

¿Lagartija? —repitió Ethenary ofendido.

—Bueno, sea lo que seas yo no te invoqué —dijo ella cruzando los brazos.

Soy un Guiverno, niña —corrigió Ethenary.

—Lo siento, error mío —reconoció Nathraeth.

Ethenary quitó las rocas que le estorban y cada una la lanzó lejos. Cuando tuvo suficiente espació, se acostó sobre la suave hierba cerrando los ojos.

El sabueso se acercó a él olfateándolo aún desconfiado. Abrió un ojo y soltó un gruñido bajo que asustó al perro y volvió al lado de la niña.

—Sigues sin responder mi pregunta, ¿Para qué viniste? —le preguntó Nathraeth.

El guiverno separó la cabeza del suelo girándola hacia ella. Sus ojos verdes se posaron sobre el collar que sobresalía en la manga de Nathraeth.

Tu historia recién comienza —dijo Ethenary.

Nathraeth siguió su mirada hacia el collar y se bajó la manga para ocultarlo por completo. Miró al sabueso quien ya se había acostado junto a la bestia a dormir.

—No entiendo nada, tenía una vida... normal —hizo una pausa bajando la mirada —. Si es que se le puede llamar normal —comentó Nathraeth con tristeza.

Tu vida nunca fue normal, tu tampoco eres normal para la sociedad.

Nathraeth soltó un suspiro, sabía que no podía negar eso. Tener que ocultarse junto con sus padres para no ser descubiertos no era algo que se pudiera considerar normal.

Cuando alzó la mirada hacia la criatura que aun la observaba. Se aclaró la garganta antes de preguntar:

—¿Qué diferencia tienes con un Dragón?

Principalmente nuestra estructura corporal, un Dragón tiene cuatro alas y dos patas, un Guiverno tiene dos alas y dos patas traseras.

—Bueno, gracias por la información —. Despertó al perro —. Pero yo me voy.

El sabueso y la niña comenzaron a caminar alejándose un poco de la bestia. El Guiverno se levantó y acercó a ellos siguiéndolos de cerca y esperando a que de detuvieran. Algunas rocas pequeñas se movían con cada paso que daba.

Ethenary les cortó el paso con una de sus alas volviendo a quedar de frente a ellos. Bajo la cabeza hasta su altura y volvió a hablar.



#2942 en Fantasía
#609 en Magia

En el texto hay: magia, criaturasmagicas

Editado: 03.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.