Nathraeth guardó la espada dentro de la funda de piel para poder colgársela en la espalda. Se ató el collar en el antebrazo y lo cubrió con la manga de lo que restaba de su capa.
Debemos irnos de aquí —dijo Ethenary con un rostro serio.
—¿Por qué? —preguntó Nathraeth con el ceño fruncido.
El Rey Mazgorth te está buscando y no se detendrá hasta encontrarte —respondió Ethenary girándose para mirarla.
Schutz que había escuchado toda la conversación, o al menos lo que decía Nathraeth, ladró hacia la niña, como si estuviera de acuerdo con las palabras del Guiverno.
La mirada de Nathraeth se ensombreció, la idea de tener que abandonar todo lo que conocía o podía llamar hogar no parecía agradarle mucho.
Esta bien que no quieras abandonar tu hogar. Pero todos debemos aprender a soltar algo por nuestro bien.
Schutz lamió la mano de su dueña como muestra de apoyo. Ella cerró la mano en puño y levanto la mirada una determinación renovada.
—¿A dónde vamos?
A la Tierra —. Ethenary se agachó para permitirle subir a su lomo.
Nathraeth saltó y se agarró de las escamas el cuello de Ethenary. Cuando logró subir una pierna, al intentar subir la otra resbaló y dio de cara contra el suelo.
En el segundo intento, Schutz le dio un empujón que le brindó vuelo y logró subir apoyándose en el estómago. Una vez arriba se movió como gusano para intentar acomodarse hasta lograrlo, Ethenary tomó al perro con su hocico y lo subió junto a Nathraeth.
—Pudiste haberme dicho que podías subirme así.
No preguntaste como subir, pero ya estás arriba. —le dijo Ethenary mientras se preparaba para despegar.
—¿Y de que me sostengo? —preguntó Nathraeth buscando una superficie que no fuera lisa.
Ethenary ya desplegando sus alas respondió con un tono preocupado: de lo que puedas, extendió las alas y comenzó a volar dejando el bosque detrás.
El fuerte viento que golpeaba el rostro de Nathraeth provocó que sus ojos y los de Schutz se turnaran llorosos tratando de recuperar su humedad. El sabueso mordió uno de los cuernos del guiverno para sostenerse mientras que Nathraeth se sostuvo de las escamas más sueltas de su lomo.
El primer vuelo siempre es el más difícil, si no me equivoqué de persona, deberías pasarlo bien. —Comentó Ethenary tras ascender aún más.
Schutz soltó algo parecido a un grito cuando vio que la Tierra firma poco a poco desaparecía de su campo de visión, le costaba respirar correctamente y sostenerse a la vez. Nathraeth, con las náuseas arriba, prefirió cerrar los ojos buscando concentrase en algo que no fuera la altura para no vomitar.
Pasados segundos, que parecieron eternidades, Ethenary comenzó a dejar de subir para comenzar a planear, moviendo de manera lenta y casi hipnótica sus enormes alas negras.
Abre los ojos —pidió Ethenary sin desviar la mirada del frente.
Nathraeth seguía con un agarre tenso en las escamas del guiverno, hasta que Schutz ladró, casi como si estuviera de acuerdo.
A regañadientes, Nathraeth abrió lentamente los ojos. El sol del amanecer era hermoso, de tonalidades rojizas que iluminaban todo el bosque. Su luz reflejaba en el agua que fluía en los ríos y también en el agua de los quietos lagos. Ya no quedaba rastro de arboles quemados por el intenso calor.
—Este lugar...no parece que sea el inframundo. —Dijo la niña tras mirar el fértil suelo de donde la vegetación brotaba.
Estamos en el borde de el —explicó Ethenary mientras seguían avanzando.
—¿Borde? —preguntó Nathraeth.
Así es, este lugar comienza a conectar a la Tierra con el Inframundo. —Dijo Ethenary antes de comenzar descender.
Frente a ellos, magníficos montes altos comenzaron a mostrarse. Flores, frutos y setas silvestres adornaban aquel lugar.
Ethenary aterrizó batiendo sus alas para equilibrarse, provocando ráfagas de viento que sacudieron aquel bello lugar. Schutz bajó del lomo del guiverno cuando empezó a caminar.
No bajes —murmuró Ethenary a Nathraeth mientras caminaba.
Al avanzar unos pocos pasos, llegaron hasta una sombría cueva donde la luz cada vez se volvía más débil entre más se adentraban.
Al detenerse, lo único que se podía notar eran los deslumbrantes ojos rubí de Schutz y los esmeraldas de Ethenary.
Varias antorchas se encendieron alumbrando toda la cueva, sus llamas eran de un tono blanquecino. En el centro de la cueva permanecía un portal que se movía como remolino de colores azules, estaba formado por un marco de piedra grisácea ya desgastada y algo quebrada. La luz que desprendía iluminaba las piedras cercanas con tonos turquesas y azulados.
Ambos lados del portal, izquierdo y derecho, eran resguardados por tres bellas criaturas:
Un Kirin de hermosa melena, ojos y cola dorados acompañados de una piel anaranjada con pocas escamas en las pezuñas y, por último, un increíble cuerno que descansaba sobre su frente de color amarillento.
Un Guiverno de escamas canela, unos imponentes ojos color ocre, así como púas y cuernos mucho más largos que los de Ethenary de un color arcilla.
Y como último, un dragón de tonalidades oro a citrino, sus patas delanteras contaban con pequeñas cicatrices de posibles batallas pasadas. Sus grandes ojos bermellón inspeccionaban a los tres seres.
¿Quién osa entrar en la Cueva Sagrada del Inframundo?
La pregunta chocó contra cada pared de la cueva haciendo temblar las antorchas y moviendo piedras pequeñas del suelo.
Ethenary dio otro paso adelante, viendo a cada guardián.
Guardianes Sagrados, he venido aquí con el deber de llevar a mi jinete a un lugar seguro hasta estar lista para liberarnos —dijo Ethenary con voz firme.
El dragón se acercó a Schutz inspeccionándolo. Hasta que volvió a su lugar.
¿Escogiste a un lobo de jinete? —preguntó el dragón incrédulo.