Seis años después
Josephine
— ¡Salud! — Las cinco personas levantamos las copas luego de que se firmó el contrato.
Y es oficial: Industria Bennett y Lombard Inc. oficialmente están asociados. De ahora en adelante, habrá una empresa de los Lombard en América y de los Bennett en Europa. Y como socios, Industria Bennett construirá los electrodomésticos que distribuye Lombard Inc.
— No puedo creer todo lo que has hecho en dos años — dice el señor Lombard —. Nunca pensé que esta sería la mejor decisión que tomaría.
Terminé la universidad en cuatro años justos, y desde que me gradué tenía dos empresas esperando por mí. Al principio fue catastrófico, ya que para muchos yo no era una autoridad, no tenía experiencia, sobre todo mucho miedo, y también que no es lo mismo lo que ves en la universidad que ejercerlo.
Pero dos años después, he logrado posicionar ambas empresas entre las diez mejores del mundo, claro, con ayuda de mis padres y el señor Lombard. No es que me quite mérito, sé que he trabajado mucho, pero debo reconocer que no me han dejado sola, además de que la empresa ya tenía su fama cuando los conocí.
— Vamos, cariño, no estés tan asombrado, desde que la vi supe que sería fabulosa — dice Sophia, la esposa del señor Lombard.
Sí, luego de dos años en la universidad, Jackson me pidió pasar Acción de Gracias con su familia en Francia, ya que el primer año de universidad lo pasó con la mía. Acepté, aunque mi padre casi llora por teléfono.
(Bueno, sí, Jackson logró que volviera con él en menos de seis meses, pero bueno. Él tenía a su favor que era guapo, encantador, muy detallista, cariñoso, adorable, y súmenle a todo eso que yo ya estaba enamorada de él).
Pues cuando llegamos al país nos llevamos la sorpresa de que el señor Lombard tenía una hermosa esposa, agradable y amable. Tiene cuarenta y cinco años, y lamentablemente tuvo problemas con su útero y jamás tuvo hijos. Pero aunque cuando ella llegó los hijos de Juan eran mayores, es muy cariñosa con Jackson y Jackelyn, e incluso con Jackna, la hermana mayor de los mellizos Lombard. Sí, también a ella la conocí.
— Lo dudas, Juan, ella es mi hija — dice papá con toda la arrogancia del mundo y mamá se ríe.
— Esto fue un trabajo de todos — No me doy todo el crédito —. Créanme, si ustedes no hubieran estado conmigo, quizás hubiera llevado esto a la quiebra.
— Pues es verdad — habla el señor Lombard con una característica sonrisa.
Realmente, algunas mujeres son luz para otras personas. Es increíble cómo el ogro y malhumorado de Juan Lombard es un hombre cariñoso y que ahora se puede hasta tener todo tipo de conversación.
¿Por qué digo las mujeres? Porque todo eso cambió desde que Sophia llegó a su vida. Todos nos reímos mientras seguimos tomando nuestras copas y conversando lo interesante que será luego de que comencemos oficialmente a trabajar juntos. Antes lo hacíamos, pero ahora es oficial.
El teléfono vibra en mi bolsillo. Lo saco y veo el mensaje en la pantalla.
"Te estoy esperando abajo"
Cierto, lo había olvidado. Me tomo mi copa de golpe y comienzo a recoger mis cosas.
— ¿Ya te vas, hija? — pregunta mi madre.
— Sí, tengo que llegar antes de que se acabe.
— Cierto.
Ellos saben adónde voy. Termino de tomar todas mis cosas como una loca.
— Adiós, mamá y papá — Me giro a la otra pareja —. Adiós, señor... Juan y Sophia.
Ellos se despiden —. Dile a mi hijo que nos vemos en la fiesta.
Le sonrío —. Está bien.
Todavía no me acostumbro a llamarlo por su nombre. Recuerdo que en los años de universidad, y cuando entré a trabajar, todavía no teníamos cierta confianza y no me sentía cómoda llamándolo por su nombre, pero básicamente me ha obligado a llamarlo con más confianza.
Aparte de que somos socios, es mi suegro.
Cuando cierro la puerta de la oficina principal, comienzo a correr como loca entre los pasillos. Mi papá siempre me dice que las personas no me ven con autoridad, no porque soy muy joven, sino porque ando corriendo entre los pasillos como una adolescente.
Pero qué puedo decir, las horas del día no me dan para nada. Siempre se atrasa el reloj, no yo. Llego abajo y salgo de la empresa viendo un pequeño auto color azul parqueado frente a esta. Entro al auto y automáticamente unos ojos verdes me fulminan con la mirada.
— ¿Por qué es que siempre tengo que esperarte más de diez minutos? — pregunta la pelirroja furiosa.
— Perdón, perdón, hoy era la celebración interna de la unión de las dos empresas — me excuso mientras dejo mis cosas en la parte trasera —. Prometo compensarlo, Rose.
Sus ojos verdes, que hace unos años comenzaron a usar lentes de contacto... Actualmente, Rose tiene su propia galería de arte, de donde soy socia. Ella tiene más tiempo que yo ya que, pues... No es que denigre el arte, pero Rose pinta y vende sus cuadros y una que otra vez la invitan a ser jueza en exposiciones, y tiene una escuela de arte y... ahora que lo pienso bien, ¿cómo demonios se hace para tener tiempo?
— Más te vale — me acusa mientras mueve su cabello rojo —. Toma.
Me extiende la bolsa que contiene ropa. Claro, no voy a llegar al lugar vestida demasiado formal.
Como puedo, me la ingenio para vestirme mientras Rose va manejando hacia el lugar. Fue muy incómodo, pero lo logré. Ahora tengo unos vaqueros, una camiseta con el nombre del equipo y unos tacones que combinan con la camiseta.
Suelto mi cabello que me llega un poco más bajo de la espalda para poderme hacer un peinado un poco más sencillo.
— Todavía no me acostumbro a ver tu cabello natural.
Me río. Aunque hace seis meses me dejé el cabello de color natural, Rose no se acostumbra, nadie lo hace, solo mis padres. Durante los años de la universidad seguí tiñéndome el cabello de esos colores más despampanantes, pero cuando comencé a ser jefa de empresa fue una de las cosas que tuve que cambiar.
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Editado: 13.07.2026