Hacía ya diez días que los únicos sonidos que acompañaban a Joseph eran el trote suave de su caballo y sus murmullos al responder a sus propios pensamientos.
Lo ocurrido después de que La Muerte desapareciera lo había colocado en una encrucijada. Y aunque ya hubiera tomado una decisión, se cuestionaba una y otra vez si no se le habría escapado algo.
El reloj de bolsillo que había aparecido sobre el pecho del joven era igual que el que se encontraba en su tienda en el momento del ataque. Como aquel, parecía centellear con un tono verde. Solo lo hacía cuando Joseph lo orientaba en una dirección: el norte.
La Muerte le había dicho que se dirigiera al este para conseguir respuestas, pero después de mucho meditarlo —y de las pocas ganas que tenía de atravesar el Desierto Silente—, se decantó por seguir las crípticas indicaciones del reloj.
Además —se dijo—, cualquier cosa que esté trabajando “activamente” para llamar mi atención (y para salvarme) tiene mejor perspectiva que enviarme al quinto pino sin saber qué busco.
El reloj le había hecho atravesar grandes zonas boscosas en un terreno que se iba elevando lentamente hasta llevarlo a una pequeña meseta. Joseph conocía los mapas de la región y sabía que se dirigía hacia la ciudad de Brecalago, mas ignoraba si ese sería su destino. De todas formas, necesitaba hacer una parada, reaprovisionarse y ponerse al día con las noticias que pudiera haber por la zona.
Y una cama con comida caliente tampoco estaría mal, para variar.
Alcanzó una cima, y el aire cálido con olor a musgo y resina cambió por un viento salino que parecía traer gotitas de agua con él. El comerciante se bajó del caballo y avanzó despacio hasta alcanzar un saliente que servía de mirador, desde donde podía verse la enorme llanura que tenía más adelante.
La luz de la mañana hacía que el río que nacía en una lejana cadena montañosa pareciera un hilo de plata candente. Cortaba una enorme extensión verde hasta desembocar en un gran lago que volvía a contraerse antes de alcanzar el mar.
Allí, en ese estrecho. La pequeña ciudad de Brecalago.
Si aquel no era su destino y debía atravesar las montañas más al norte, iba a requerir un guía e incluso de una mula que llevara provisiones extra.
—Justo lo que quería: más excusas para parar —le comentó a su caballo, tirando de las riendas y empezando el descenso.
Llegó a las puertas de la ciudad pasado el mediodía. Al acercarse, constató que la empalizada que rodeaba la población era más simbólica que funcional. Sin embargo, después de pensarlo un minuto, se dio cuenta de por qué: las cordilleras circundantes hacían de defensa natural, la extensa llanura posibilitaba el avistamiento de cualquier enemigo a kilómetros, y la rápida salida al mar les permitía vivir sin temer por sus vidas.
Joseph se presentó ante la guardia como un comerciante que venía a ver las infraestructuras de la ciudad y ver su potencial en ciertas rutas marítimas. Dado que muchos barcos que se dirigían al norte solían atracar en Brecalago, los guardias lo dejaron pasar y, después de recomendarle que se hospedara en El pez mordido, le dijeron que podría hablar con el alcalde por la mañana del día siguiente.
El comerciante agradeció el consejo y se adentró en la ciudad, sintiendo a los pocos pasos que entraba lentamente en el área de influencia de algo que ejercía de forma activa algún tipo de poder que él percibía como pura presión. Una capa de nieve invisible y densa que amenazaba con hundirlo todo bajo su peso.
Inquieto, el comerciante se desvió hacia un pequeño puesto ambulante que tenía un par de sillas y, después de pedir algo de comer, sacó el reloj para girar sobre sí mismo disimuladamente y terminar de confirmar que aquel era su objetivo.
Lo era. El pequeño artilugio no centelleaba. Daba igual hacia dónde lo apuntara.
Joseph cerró los ojos y replegó “todo lo que no fuera humano”, exceptuando su percepción mística, con la que intentó tantear la presencia que se cernía sobre la ciudad antes de ocultarla también.
Era un Samveril. Estaba convencido de ello. Lo que sentía era… una telaraña. Miró a su alrededor para comprobar si los habitantes del lugar se hallaban dominados o afectados, pero no era el caso. Tampoco la realidad tenía alterada alguna de sus propiedades o leyes.
La tensión mágica pareció concentrarse poco a poco sobre él, por lo que Joseph terminó el escrutinio y se dedicó a su brocheta, esperando a que “la araña” lo pasara de largo. La única explicación plausible era que estaba buscando algo. Algo que con suerte no debía ser él.
Aunque si no se andaba con cuidado, lo acabaría siendo.
Cuando terminó su aperitivo, volvió a tomar su caballo y avanzó por la avenida principal, en busca de la posada que le habían dicho. Se preguntaba cómo iba a encontrar un “no se sabe qué” sin sus capacidades antes de que lo hiciera un Samveril plenamente dedicado a la tarea. Más importante: ¿qué podía ocultarse de un Samveril de esa manera? ¿Otro de su especie? ¿Una criatura similar o equivalente a un dragón? Muy probablemente. No obstante, si era así, ¿por qué no abandonaba la ciudad?
El mundo siempre había estado habitado por multitud de seres y criaturas muy diversas. Y pocos eran los que se jactaban de conocerlas todas. Ciertos intereses y objetivos habían creado asociaciones centenarias, mientras que contiendas y orgullos se mantenían gracias a treguas igual de antiguas. Aunque, como en cualquier sistema de poder, siempre existían los “pequeños jugadores”, ¿verdad?
En este sentido, los dragones eran más bien satélites. Entes individualistas cuyo poderío físico los ponía por encima de la gran mayoría de las criaturas. Y cuyo potencial mágico, correctamente administrado y ejercido, les permitía plantar cara a aquellas entidades caprichosas que eran los Samveriles, así fuera para acabar en tablas.
Porque estas no morían. Simplemente se disgregaban a los cuatro vientos y, si eran lo suficientemente fuertes, con el tiempo, volvían a reconstituirse. La creencia común era que cada vez que pasaban por este proceso, perdían una fracción de su poder o parte de su personalidad cambiaba, haciendo que un segundo encuentro resultara en algo totalmente aleatorio.
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Editado: 25.01.2026