Joseph el tendero

Capítulo 3.2 Armonía fatua

Al día siguiente, el comerciante bajó a la sala común con otro talante. Otra actitud.

Desayunó despacio, afinando el oído y recordando todo lo que había aprendido como comerciante sobre los gestos, las sonrisas que no llegaban a los ojos y las medias verdades.

Ahora que entendía lo que le había ocurrido, la posada y sus ocupantes no eran tan repulsivos como se le antojaron la noche anterior. La tarea que tenía por delante no era imposible de realizar. Solo necesitaba moverse y procurar estar en el sitio adecuado en el momento correcto.

Una vez que hubo terminado, se dirigió a la calle y giró hacia la izquierda, donde recordaba haber visto la plaza mayor el día anterior. La mejor manera de empezar era cumpliendo con su papel de comerciante. Eso debería abrirle alguna puerta.

Siendo el corazón de la ciudad, la estructura de los edificios alrededor del pozo del centro de la plaza le levantó el ánimo como el que contempla las estrellas, maravillándolo, aunque fuera en una escala menor. Si uno miraba a la derecha, podía ver los edificios administrativos y gubernamentales, como eran la Casa del Consejo, la guarnición y, ¿por qué no considerarlo igual de importante?, el mercado. En cambio, si uno miraba hacia la izquierda, veía las velas de los distintos barcos atracados con las montañas de fondo y el constante movimiento de carros y carretillas moviendo cajas de un lado a otro. Estibadores, pescadores, vendedores. Decenas de personas en constante movimiento.

No necesitaba ser un águila para verlos. Desde el suelo se les veía muy bien. La humanidad afanándose en colaborar, y no solo eso —Joseph no era tan ingenuo—, sino también en sobrevivir, como era el caso de los niños y los mendigos.

No es que antes de aquella noche los ignorara, pero hoy los miraba de forma diferente, a la vez que una parte de él se compadecía de ellos como conjunto por lo que él sabía.

La multitud de personas en movimiento le dio seguridad suficiente para despertar levemente sus sentidos mágicos. Pero en seguida sintió que la presión estaba allí. Al acecho.

Volvió a replegarse y se dirigió hacia los edificios de la derecha mientras se arreglaba el chaleco y se sacudía el polvo del camino. Era el momento de intentar conseguir información.

Varias horas más tarde, tras desayunar —de nuevo— con el alcalde y reunirse con el jefe de la guarnición, además de un representante del gremio de mercaderes, se dirigía hacia el puerto con la intención de dar un paseo.

No esperaba sacar demasiado en claro de aquellas reuniones, sin embargo su experiencia le decía que la información, en las ciudades, siempre va “hacia arriba”; y que había que saber encontrarla entre los detalles y las anécdotas.

Brecalago era una ciudad en auge que intentaba potenciar su papel como escala comercial y productora de salazones y ahumados. Y de momento, nada parecía ir en contra de los planes de la dirección.

La mayor parte de los miembros del consejo habían sido reelegidos varias veces y la guarnición no parecía tener demasiado trabajo, excepto por los piratas, algunos hurtos menores y el drama generado por la desaparición de dos o tres niños a lo largo del último mes.

Joseph intentó ahondar en estos temas, pero lo único que supieron decirle es que donde hay mar hay marineros, y donde hay marineros hay huérfanos y depravados. El comerciante insistió preguntando si la desaparición de tres niños simultáneamente en el último mes era algo normal, mas el jefe de la guarnición solo pudo encogerse de hombros. No valía la pena obstinarse con el tema.

Aún le quedaban tres o cuatro horas de luz, por lo que decidió explorar la pequeña ciudad, por si llegado el momento se veía en la obligación de tender alguna trampa al no encontrar más pistas. Se mezcló con la población y entró en varios negocios y tabernas, preguntando discretamente sobre las desapariciones, ya que el hecho de que los mencionaran significaba que no era tan común como lo querían hacer ver… y su instinto le decía que aquel evento encerraba algo turbio.

Sus paseos incluso lo llevaron a contemplar las pequeñas presas que habían instalado río arriba para crear retenciones de peces cuando estos migraban, sin duda una muestra del gran ingenio de aquellas gentes.

Fue al volver de estas presas por el paseo fluvial que Joseph se detuvo al creer haber visto una sombra moverse.

No, error: veía algo… solo que no sabía el qué.

Por un momento, un asomo de sus anteriores inseguridades volvieron. Pero no, estaba convencido de que había algo en la esquina del callejón hacia el que se dirigía.

Algo que de pronto desapareció.

El comerciante ralentizó el paso. Podía sospechar sin miedo a equivocarse que su visión actual era mucho peor al tener su potencial restringido. No obstante, aquello no significaba que tuviera mala vista: el aire parecía rielar de forma extraña en una zona concreta.

Decidido a investigar, Joseph se dirigió hacia allí y entró en el callejón que parecía, a primera vista, tan normal como cualquier otro. Por lo que siguió adelante, empeñado en continuar.

A medida que avanzaba, la sensación de ser observado y de estar internándose en alguna clase de trampa creció. En ese barrio, estaba rodeado de casas de adobe pequeñas, con redes y aparejos decorando las paredes. A cada lado de las puertas podían verse cubos y cajas de madera, secándose con la brisa.

Joseph intentó andar con paso lento y seguro. Fingiendo que seguía de paseo, aunque se acercara a una zona donde la calle se estrechaba por el exceso de enseres de pesca, algunos sonidos aumentaban la sensación de tensión y confinamiento.

Al principio escuchó ruido de pasos, así como el crujir de las redes con la brisa, que también trajo las voces del puerto y el graznar de las gaviotas con ella. Pero bajo todo eso, se escuchaba un zumbido que ya había oído antes. Y con este, más que escuchar, podía sentirse inquietud. Un miedo en el aire que no provenía de él.




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