Joseph el tendero

Capítulo 4.1 Soldados de plomo

Joseph y la niña corrían por los callejones hacia el centro de la ciudad, donde contaban con que la multitud disuadiría a las armonías de perseguirlo. O al menos, eso pensaba él, quien tenía a la niña agarrada de una mano, haciendo que sus pies apenas tocaran el suelo.

Debían ir a la mayor velocidad posible, y esa era la suya. No la de ella.

Cuando por fin llegaron al mercado, Joseph aminoró el ritmo para no chocarse con los transeúntes, mas no disminuyó el ancho de cada zancada. Internándose así en el bullicio de personas que acudían diariamente a lo que era el centro neurálgico de su pequeña ciudad.

El comerciante se dirigió hacia una de las construcciones que le habían hecho visitar aquella mañana. Un gran almacén donde se traía parte de la pesca desde los muelles, se hacía la subasta y establecían los precios antes de repartirse por los distintos puestos. Dada la hora que era, Joseph contaba con que estuviera vacío, y así fue, excepto por unos cuantos mozos que aún estaban limpiando el lugar.

Una vez dentro, ambos se pegaron contra la pared del edificio cerca de una ventana. Y se quedaron así unos minutos, recuperando el aliento.

Joseph casi se rió ante su nivel de extenuación. Notaba su corazón retumbar contra el esternón mientras unas estrellitas bailaban por la periferia de su campo de visión y agradecía estar respirando por la boca, dado el fuerte hedor a pescado que impregnaba el recinto.

A su lado, la niña también parecía estar recuperándose, aunque su actitud alerta y expresión adusta no la habían abandonado del todo. Mairus conservaba más de su inocencia que aquella criatura.

El comerciante notó cómo se le tensaba la musculatura del cuello, provocándole una sensación desagradable.

¡Por los dioses! ¿A qué viene acordarse del muchacho ahora?, se reprendió.

—Niña —dijo Joseph, sin saber por dónde empezar, aunque lo correcto era hacerlo por el principio—. ¿Cómo te llamas?

La niña no parecía dispuesta a decírselo. Tenía el ceño fruncido y miraba a los mozos que los observaban de reojo. Seguramente está evaluando si los podría esquivar de camino a la otra salida.

—Nerys —contestó la niña desviando la mirada al suelo, para luego dirigirle aquel ceño fruncido dispuesta a luchar por sus respuestas—. ¿Qué es lo que eres?

—Un amigo, eso no te quepa ninguna duda —se apresuró a decir Joseph con una sonrisa, ya más recuperado.

—En la calle no hay amigos —sentenció Nerys, devolviendo la vista al suelo.

—Entiendo —murmuró él, abriendo levemente uno de los postigos para atisbar afuera—. De momento parece que estamos a salvo.

—No estamos a salvo —espetó la niña sin mirarlo—. Es raro que abandonen el rastro tan rápido. Yo no lo haría.

El comerciante la estudió y desplegó un hilillo de poder para tantearla, sin percibir nada.

—¿Eso que hiciste antes era magia? —preguntó volviendo a la ventana. Dado el silencio, continuó dando más de sí—: Yo puedo hacer magia, ¿sabes? Aunque parece ser algo distinto a lo tuyo. Yo reordeno las leyes del mundo para que ocurra lo que yo quiero. ¿Se acerca a lo que haces tú?

—No —contestó la niña secamente—. Yo… desde siempre, cuando me concentro, pasan cosas, muchas de ellas sin control. Pero un día me persiguieron y pensé: si fuera de noche, no me verían, porque no hay luz. Y ahí lo entendí. Así que… fuerzo la luz para que no me alcance.

Joseph meditó sobre lo extraordinario de lo que había afirmado la niña en tan pocas palabras. ¿Forzar la luz? ¿Forzar la realidad? El mercader negó para sí pensando que necesitaba más tiempo a fin de investigarlo, aunque la curiosidad le podía.

Se agachó junto a ella.

—¿Y ese fogonazo de luz? ¿Lo hiciste de la misma manera? ¿Forzándolo?

La niña le devolvió una mirada dura, como si estuviera molesta por algo:

—Seguiría contestando a tus preguntas, pero a los niños siempre nos dicen que no hablemos con desconocidos, ¿no?

Aquel descaro arrancó una risa profunda y sincera del pecho del mercader, que se apresuró a levantar las manos ante su enfado.

—Me llamo Joseph. Y creo que me han enviado aquí para ayudarte —apuntó, mientras metía la mano en el bolsillo con el fin de sacar el reloj. Sin embargo, Nerys, en un movimiento repentino, se la agarró para que se mantuviera quieto, a la vez que con el índice de la otra se señalaba la oreja.

¿Qué ocurría?

Entonces Joseph se percató: los rodeaba el silencio.

El aire estaba cargado de una tensión que casi podía tocarse. Y el silencio era tan opresivo que Joseph pensó por un momento que si se levantaba demasiado rápido, el crujir de sus rodillas resonaría como un campanario.

Aunque había más. Joseph hizo ademán de mirar por la ventana, pero la niña le tocó el brazo mientras señalaba al interior del edificio.

Los dos mozos estaban uno al lado del otro a un palmo de la pared. Firmes como soldados de plomo aun con la escoba en la mano.

¿Qué demonios…? Le hizo una seña a Nerys para que se quedara quieta y se asomó lentamente por la rendija de la ventana que había abierto antes.

Todos en la plaza estaban igual.




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