Joseph el tendero

Capítulo 4.2 Sobre la marcha

El comerciante se agachó con una maldición mientras reprendía a Nerys con un gesto. Tenían el tiempo justo y pocas opciones. Joseph volvió a cerrar los ojos y se concentró, consciente de que su instinto intentaba decirle algo.

Estaban en una ratonera, superados en número y sin testigos ni nadie que pudiera ayudarlos de ninguna manera. Pero aquello no era del todo cierto. Joseph estaba seguro de que en algún momento había escuchado un caballo relinchar, lo cual solo sugería dos cosas: o los caballos eran inmunes al poder del samveril (improbable, pensó), o su poder era limitado y en algún punto existía una frontera entre el área “ordenada” y la vida cotidiana.

Necesitaban llegar a esta última. La multitud siempre sería su mejor opción, aunque la cuestión era: ¿por dónde?

¿Acaso importa?, se dijo a sí mismo con voz sardónica.

Miró a la niña a los ojos, sintiéndose respaldado al ver su resolución.

Eres dura, pensó.

—Salgamos de aquí —a lo cual Nerys asintió, poniéndose de pie y dirigiéndose rápida pero silenciosamente hacia otra puerta, con Joseph detrás.

Una vez en la calle, salieron corriendo en dirección contraria a la plaza con un único pensamiento: encontrar gente. Y exhalaron un suspiro de alivio cuando en la distancia escucharon un alboroto y el grito de una mujer. El espectáculo de soldados de plomo no estaba pasando desapercibido, pero parecían dispuestos a arriesgarse. Tal era así, que en un momento dado Nerys señaló hacia arriba y Joseph pudo ver a varias de las armonías fatuas sobrevolando la población en línea recta, como los radios de una rueda que intentara aplastarlos.

El comerciante frenó resguardándose bajo un toldo a la espera de que las criaturas se alejaran y pensando en su situación. Quizás era el momento de dejar de fingir ser un humano y hacer algo drástico. Recupero mi forma de dragón, destruyo una docena de casas, cojo a la niña y me voy volando, pensó.

—¿De qué te ríes? —le preguntó Nerys, que estaba a su lado observándolo.

Joseph contestó negando con la cabeza y suspirando, desechando aquella imagen. La ignorancia de su enemigo era una ventaja que valía la pena mantener; no obstante, se estaban quedando sin opciones. Y el zumbido no los abandonaba.

No tenía ninguna duda de que vigilaban el radio de poder del samveril. Y si su única alternativa en ese momento era jugar a las esquivas con las armonías, eso significaba que tenían que atacar y en sus propios términos, no en los de ellos.

Necesitaban armas, cosas pesadas, fuentes de daño.

Necesitaban dirigirse al área industrial.

Salieron de su cobertura y se encaminaron hacia el río, a la zona por la que había paseado apenas unas horas antes.

—Escucha —le dijo Joseph cuando las calles dejaron de ser residenciales y el olor a salmuera se intensificó—, vamos a plantar cara. En cuanto te diga que te escondas, te escondes.

—¿Con magia?

—Con lo que sea.

—¿Y si te pasa algo? —inquirió ella mirándolo de reojo.

—Aprovecha y sobrevive como has hecho hasta ahora —respondió Joseph, internándose en un pequeño callejón que había entre dos grandes edificios—. En el mejor de los casos, te quedas libre. En el peor te gano tiempo. ¿Entendido?

La niña asintió con un gesto seco y su mirada pareció abstraerse. ¿Estará reuniendo fuerzas para volverse invisible? Pero esa era solo una de las muchas incógnitas presentes ahora mismo, y para las cuales no tenía tiempo.

Cuando por fin volvieron a estar en terreno abierto, Joseph se detuvo y miró a su alrededor.

Aquello tendría que servir.

Un amplio recinto de madera de dos pisos rodeaba una docena de ahumaderos de distintos tipos. Había simples círculos de piedra con carbón y el pescado colgando encima, mientras que otros eran más elaborados, conformando grandes armarios con base de piedra, en la cual podía verse tanto la leña como un mecanismo de manivela que servía para alimentarlo de aire. A Joseph le picaban los ojos debido al humo, aunque se dio cuenta de las posibilidades del lugar. Había fuego, herramientas y estructuras pesadas, así como toneles que probablemente contendrían aceite o algo similar. Si jugaba bien sus cartas, podría utilizar todo aquello para reducir la visibilidad antes de atacar.

—Escóndete —dijo sin mirar, dirigiéndose hacia una zona con herramientas.

Notó momentáneamente el aire vibrar. No se volvió para cerciorarse. Tenía que decidir sus pasos.

Lo primero era comprobar si podían descomponer la madera tan rápido como el hierro. La intuición podría indicar que sí, pero Joseph sabía que la naturaleza de la madera era más compleja. Por lo que esperaba poder utilizar algún tocón grande para poder golpear a las armonías.

¿Y luego?, pensó con tono sardónico.

—Luego nada. Sobre la marcha —farfulló en voz alta, comprobando qué rutas a través del patio podrían darle más cobertura.

Elegida su arma, se escondió detrás de una carretilla. Y esperó. No tuvo que hacerlo demasiado.

En pocos minutos, el habitual zumbido aumentó de intensidad. Y la primera armonía fatua sobrevoló el patio, moviéndose en líneas rectas en un patrón de búsqueda que a Joseph se le antojó raro, aunque no sabía identificar el porqué.




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