O eso pensaba él.
Un fogonazo de luz golpeó a la armonía como si de un mazo físico se tratase, enviándola dentro del armario con los restos de su compañera. Joseph se apresuró a alimentar las brasas de nuevo con mano temblorosa debido a la tensión, antes de que la entidad pudiera recuperarse y viendo de reojo la figura de Nerys detrás del muro de humo, que volvía a desvanecerse.
Eliminado su enemigo, Joseph empezó a dirigirse de nuevo a la zona cubierta. Los múltiples zumbidos le indicaron que el tiempo de la guerra de guerrillas se había terminado.
Alzó la cabeza hacia el cielo y consiguió contar hasta cinco de aquellas geometrías endemoniadas, sobrevolándolo y preparándose para cortarle el paso si intentaba huir.
Miró a su alrededor y comprobó que el aceite usado estaba terminando de consumirse, desapareciendo así la ventaja que le había conferido hasta ahora la presencia del humo negro. Y volvió a preguntarse si aquel sería el momento en el que hiciera acopio de su poder, pero la tensión en el aire le decía que aquello no había terminado.
Cling. Cling. Cling.
Los pasos se dirigían hacia el edificio, y las armonías empezaron a crear un lento baile descendiente, que las llevó a orbitar alrededor de la alta figura que ahora entraba por las puertas del edificio.
Desde el almacén del mercado no había podido verla bien. Ahora que la tenía delante, Joseph se dio cuenta de lo importantes que eran las pocas ventajas que había mantenido hasta aquel momento, cuando un lejano recuerdo lo sacudió de improviso.
“La ordenadora”. Así era como la llamaban. Era la encarnación menor del orden y el equilibrio, aunque el adjetivo “menor” no la hacía menos peligrosa. Y por su naturaleza, esta debería ser neutral como lo era la muerte.
No parecía ser el caso.
—¿Qué es este... caos? —preguntó, manteniéndose tan derecha que al comerciante le recordó un jarrón de cuello largo y estrecho.
—La vida en un ahumadero, mi señora —contestó Joseph, mirando a su alrededor para ver si se le había pasado algo por alto, pero no se le ocurría ninguna idea—. Bienvenida a Brecalago.
La samveril escudriñó los alrededores despacio y se detuvo sobre él unos segundos, estudiándolo. Las armonías parecieron volver a susurrarle. Y ella, con un gesto similar a una orden, hizo que los constructos flotantes empezaran a empequeñecer y a fusionarse con ella. Cada una en un tatuaje.
—¿Quién eres? —interrogó con voz fría y distante—. ¿Por qué te entrometes?
—Porque es una niña.
—No es una niña —replicó la Ordenadora antes de que la última vocal saliera de su boca—. Es una anomalía. Una fractura del equilibrio conseguido tiempo ha.
—¿Un equilibrio natural? —se burló Joseph, intentando llevar la conversación hacia donde él quería.
—Natural no, pero sí necesario.
—¿Necesario para quién? ¿Quién decide eso? —siguió presionando el comerciante.
La samveril reculó, como si lo mirara por primera vez, y repitió: —¿Quién eres?
Esa es una buena pregunta.
Sin duda, no era el mejor momento para filosofar. Sus siguientes pasos, si sobrevivía, marcarían un antes y un después en su vida tal y como la conocía. ¿Y por quién? ¿Para qué?
No había resuelto del todo su aceptación de la humanidad. Aún tenía sus reservas (¿quién no las tendría?), pero quizás aquella niña era una muestra de la humanidad tal y como sería. O quizás estuviera al principio de un camino que conduciría al cambio de una era.
La liberación de la humanidad.
¿Se lo iba a perder?
¿Se negaría a ser partícipe de tamaña empresa?
Siempre se ha afirmado lo mismo sobre los dragones: su mayor pecado es el orgullo.
—Soy Joseph. Un tendero de Targos —contestó dando dos pasos hacia ella y preparándose para lo que venía a continuación.
Un siseo de asco, disgusto y desdén se escapó de entre los labios de la Ordenadora, que alargó el brazo con una rapidez sobrehumana. Su mano y dedos se alargaban y afilaban, capaces ahora de rodearle el tronco con un solo movimiento a la vez que lo levantaba del suelo y acercaba a ella.
Joseph soportó el castigo, aunque no pudo evitar aumentar su resistencia para impedir que aquella condenada criatura le rompiera alguna costilla.
—Si no quieres apartarte de aquellos que velan por que el mundo sea lo que debe de ser, serás eliminado aquí y ahora —sentenció la Ordenadora, mientras los dedos de su otra mano también crecían y se afilaban.
Cuando tuvo a Joseph a un palmo de su cuerpo, se detuvo un momento más para estudiarlo. Apretando con su monstruosa fuerza y ladeando la cabeza de manera que el comerciante casi podía imaginarse engranajes repiqueteando como el sonido que hacía al andar. Pero ninguna conclusión pareció ser más útil o segura que acabar con él.
En el momento en que ella levantaba su zarpa, Joseph devolvía su brazo derecho bajo la chaqueta a un estado semidracónido, recubriéndolo de escamas azules a la vez que sus dedos aumentaban de grosor, endureciéndose hasta convertirse en garras.
—¡Déjalo en paz! —gritó una voz aguda detrás de él.
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Editado: 29.03.2026