Mantener una relación por pura nostalgia es como intentar encender una fogata con fósforos mojados: por más que lo intentes, solo consigues humo y dedos quemados.
Josh y Filiph llevaban tres semanas siendo "oficiales". Paseaban por el patio, compartían el almuerzo y se tomaban de la mano frente a todos. Para el resto del colegio, eran la pareja del momento. Pero desde mi lugar en la última fila de la clase de literatura, la realidad se veía totalmente distinta.
Filiph intentaba con todas sus fuerzas que funcionara. Le traía a Josh su café favorito por las mañanas y se reía de todos sus chistes. Pero Josh... Josh estaba presente solo en cuerpo. Su mente flotaba en otra parte.
—Es el principio de la decadencia —declaró Acivi esa tarde, sentada en la mesa del patio.
El grupo de los siete estaba reunido en su hábitat natural. Wendy y Paúl compartían una banca; Wendy usaba el brazo de Paúl como apoyabrazos mientras marcaba mapas conceptuales con resaltadores fluorescentes, y Paúl, extrañamente feliz, le abría los frascos de proteína sin protestar.
—No seas tan dramática, Acivi —la corrigió Cristine con una sonrisa dulce, pasándole un paquete de galletas—. Josh solo está estresado por los exámenes de ingreso a la universidad.
—No es estrés, Cristine, es el peso de la existencia —respondió Acivi. Pero justo cuando iba a soltar otro de sus discursos filosóficos oscuros, Calleb se acomodó a su lado en la mesa.
Mi hermano traía dos tazas de té helado. Le entregó una a Acivi sin decir una sola palabra, solo con una pequeña inclinación de cabeza. Acivi se detuvo a mitad de su gesto serio, miró la taza, luego miró a Calleb y, para sorpresa de los otros cinco lunáticos que casi se ahogaron con su comida, sonrió de verdad 🥺✨.
—Gracias, Calleb —murmuró ella, bajando el tono de voz a algo casi suave.
—Vi que leías a Cioran esta mañana —dijo Calleb con voz tranquila, apoyando los codos en la mesa—. Pensé que necesitarías algo frío para acompañar tanto pesimismo.
—La primera persona en este instituto que entiende la estética del absurdo —dijo Acivi, ajustándose la chaqueta oscurísima que siempre llevaba.
Wendy y Sophia se intercambiaron miradas de absoluto impacto. La chica más inaccesible del colegio estaba cayendo rendida en menos de diez segundos ante la calma de mi hermano.
Mientras la comedia de los siete continuaba entre risas y discusiones de Paúl sobre si el té helado contaba como carbohidrato, Josh y Filiph se acercaron a la mesa.
—Hola a todos —saludó Josh.
Su voz sonaba amable, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos por un segundo, vi la fatiga detrás de su sonrisa. Se sentó al lado de Filiph y le pasó un brazo por los hombros, un gesto cariñoso que parecía más un hábito automático que un impulso del corazón.
Filiph lo miró, buscando sus ojos, pero Josh ya estaba desviando la mirada hacia las canchas de baloncesto.
—¿Estás bien, Josh? —le preguntó Filiph en voz baja, tocándole la mano sobre la mesa.
—Sí, claro, Teja —respondió Josh con una sonrisa rápida que no le llegó a los ojos—. Solo cansado.
Filiph bajó la mirada hacia su taza de café. El silencio entre ellos se sintió más pesado que cualquier discusión. Era obvio: la chispa se había apagado. El afecto y el respeto seguían ahí, pero el amor de verdad nunca terminó de germinar.
Y en medio de ese silencio incómodo, Josh volvió a levantar la vista. Me miró desde el otro extremo de la mesa, sosteniendo la mirada un segundo más de lo socialmente aceptable.
La tormenta no estaba empezando... ya estaba aquí.