El viaje de último grado no era la despedida oficial, sino simplemente "un día más para crear recuerdos". Los profesores habían alquilado un autobús hacia el lago del bosque, un lugar rodeado de pinos altos y un muelle de madera vieja que se adentraba en el agua.
El plan inicial del grupo de los siete era el caos habitual: Paúl quería competir en carreras de canoas contra Wendy (quien ya había calculado la resistencia del agua en una libreta), Sophia buscaba el mejor ángulo para sus fotos de despedida y Cristine preparaba sándwiches para todos con su eterna amabilidad.
Pero a mitad de la tarde, el cielo se tiñó de un gris plomo y comenzó a lloviznar.
La lluvia no era una tormenta violenta, sino una cortina de agua suave, constante y fría que llenaba el lago de miles de ondas en la superficie.
Mientras Calleb y Acivi se resguardaban bajo el techo del muelle hablando en voz baja sobre libros oscuros, Josh y Filiph caminaron hacia la orilla, alejados del bullicio de los demás.
—Esta lluvia está helada, Teja —dijo Josh, deteniéndose a la vera del agua, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta impermeable.
Filiph se detuvo a su lado. Miró el reflejo de las gotas cayendo en el lago y luego miró a Josh. No había enojo en sus ojos, solo una resignación tranquila que venía incubándose desde hacía semanas.
—Josh... no tienes que seguir fingiendo —dijo Filiph en voz baja, dejando que el sonido de la lluvia amortiguara sus palabras.
Josh se congeló. Guardó silencio por unos segundos, viendo cómo el agua le mojaba el cabello.
—¿De qué hablas? —intentó responder, pero la firmeza en su voz falló.
—De nosotros —sonrió Filiph con una tristeza dulce—. Lo intentamos. Y fue lindo mientras duró la fantasía, pero ambos sabemos que tu mente y tu corazón no están aquí. Me quieres, sí, pero no de la forma en que yo necesito que me quieras.
Josh bajó la cabeza, dejando escapar un suspiro pesado que se transformó en un vapor frío. La culpa le pesaba en los hombros.
—Lo siento, Filiph... de verdad lo siento —murmuró Josh, mirándolo a los ojos con total sinceridad por primera vez en mucho tiempo—. No quería lastimarte. Intenté que funcionara, pero no puedo obligarme a sentir algo que no está.
—Lo sé —dijo Filiph, dándole un golpecito suave en el brazo, trayendo de vuelta esa complicidad de amigos que nunca debió perderse—. Y está bien. Es mejor guardar un buen recuerdo de este lago a terminar odiándonos por forzar algo que no es.
La ruptura ocurrió así: sin gritos, sin dramas exagerados, solo dos amigos aceptando la verdad bajo la lluvia del último año.
Se dieron un abrazo apretado, un adiós a la ilusión, y caminaron de regreso al muelle.
Desde la parte cubierta, yo estaba apoyada contra una de las vigas de madera, observándolos llegar empapados. Filiph se fue directo con Sophia y Cristine, quienes lo recibieron con miradas comprensivas y un termo de té caliente.
Josh, por su parte, se quedó a mitad del muelle, secándose la cara con la manga. Levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron bajo la lluvia.
Ya no había compromisos. Ya no había mentiras ni culpas. La puerta que lo ataba al pasado acababa de cerrarse... y el camino hacia lo que de verdad sentía por mí estaba completamente libre