Noche. Oscuridad profunda. Sin luna. Solo algunas estrellas, dispersas, intermitentes. La Cruz del Sur. Las Tres Marías. Luces lejanas que no iluminan el camino… apenas lo insinúan. Avanzo tanteando. El terreno no se ve, se adivina. La arena cede, la vegetación se cierra. El aire tiene olor a mar, pero el mar todavía no aparece. Entro en los médanos. La maleza se vuelve espesa. Bajo la cabeza. Camino en cuclillas. A veces casi de rodillas. No hay sendero. Hay intuición. Me incorporo para avanzar mejor. Una rama me golpea la cara. Fuerte. A la altura del ojo. Duele. Mucho. Me quedo quieto unos segundos. Respiro.
Sigo. El aire ahora es más frío. El sonido empieza a aparecer. Las olas. Estoy cerca. Un paso más. Y el terreno se termina. El médano está cortado. Un verano quebrado. Una caída abrupta, unos dos metros, con una pendiente de casi 38 grados. No puedo rodear. No puedo volver. Respiro. Me siento. Me dejo ir. La arena me arrastra. La velocidad aumenta. Abro brazos. Abro piernas. Freno. Llego al fondo. Ahora no veo. Me guío por el viento en la cara. Por el ruido del mar. Por el cuerpo. Camino entre dos médanoUn pasaje angosto. Unos veinte metros. Y aparece.