Juega conmigo

Orgullosa de mis migajas

Pasó el resto del día. Igual de monótono, igual de estresante. Por fin las clases acabaron al ocaso y volvió la rutina de residencia. Aseo, actividades, y luego mi parte favorita: leer mientras esperaba la llamada de Ángel.

Ángel... ese idiota...
Mi mejor amigo, el chico que me salvó la vida... y que también casi me la quita varias veces.
Pero lo quiero.
Bueno... lo aprecio mucho.
Lo suficiente para que cada noche nuestras llamadas sean mi terapia gratis.

Esa noche, como siempre, hablamos de mil cosas. Tonterías, chismes, estupideces... pero al final siempre terminábamos tocando el tema que él más odiaba: Brodie.
Mi Brodie.
Bueno... mi ex Brodie.
El imbécil ese.

Ray... ya fue... —me dijo Ángel de pronto. Su voz era otra: grave, lenta, como si estuviera pisando vidrio.

Me asusté.
Le pregunté qué pasaba, pero él no respondió. Solo me pregunto que si yo estaba con Cristal y Nicole —mis compañeras de cuarto— y les pidió que me cuidaran por si me daba otro ataque de ansiedad.

Y sí. Ya me estaba empezando a dar uno, pero hice lo imposible para disimularlo.
Les pasé el celular a las chicas.
Ángel les contó todo.

Cuando colgó, Nicole me abrazó. Cristal me explicó lo demás:
Ese mismo día, Ángel se había encontrado con Brodie en la plataforma deportiva de su colegio.
Hablaron de mí.
Y Brodie... dijo cosas horribles. Feas de verdad.
Hubo más, pero las chicas no quisieron decirme detalles. Y yo lo agradecí... pero a la vez no.

Intenté ser fuerte.
Pero ¿Cómo convences al corazón de que algo ya no importa cuando tu cerebro todavía está atrapado ahí?

Me culpé.
Pensé que Brodie hacía todo eso porque yo me fui.
Sonreí para que no se preocuparan... pero igual se me escaparon lágrimas.

Yo sabía que no era mi culpa.
Yo lo sabía.
Pero todos somos estúpidos cuando nos enamoramos.
Hasta yo.

Porque aunque lo insulte.
Aunque diga que lo olvidé.
No es tan fácil dejar atrás a alguien que alguna vez amaste de verdad.

Al día siguiente actué como si nada hubiera pasado.
Si me dolió, lo admito.
Aún tenía esa estúpida esperanza de volver con él... y sí, soy consciente de que suena idiota seguir amando a alguien que me rompió tanto.

Dicen "se va uno, llegan diez", pero no sé si eso es verdad.
Dicen "un clavo saca otro clavo", pero tampoco creo en eso.
Yo estaba ahí: con la mente por las nubes pero con el cuerpo sentado en el aula, fingiendo que todo estaba bien.

La vida sigue, aunque todo se te venga encima.
Las palomas son consideradas migajeras, pero también son de las aves más fieles del mundo: se quedan con una sola pareja toda su vida. Son símbolo divino, mensajeras de civilizaciones enteras...
Y si eso significa ser una "migajera", entonces estoy orgullosa, porque sé amar de verdad, aunque a veces me deje heridas.

Ese amor duele, sí, pero también inspira.
Por eso, mientras el maestro dicta la clase —la aburrida clase de física— yo escribo en mi cuaderno pequeño, a escondidas.
Mis pensamientos se transforman en poemas porque no hay mejor musa que un corazón herido.

Ese día fue un asco.
Clases aburridas, exámenes, mi corazón insistiendo en no olvidar...
Y para colmo, me toca hacer grupo con la copia viviente de mi ex.

—¿Alguien tiene un lápiz que me preste? —pregunta Asher, con esa voz gruesa que me descoloca.

Sin decir nada, le paso el mío. Él sonríe.
Y yo, obviamente, sonrío nerviosa porque soy experta en complicarme sola.

Desde ese momento comenzó la tortura.

El maestro sigue explicando, mientras yo vuelvo a escribir en mi cuaderno, metiéndole poesía a todas mis emociones heridas.

—Presta atención a la clase, Ray. No te distraigas... —me dice Asher, con un tono juguetón, mientras me devuelve el lápiz.

Asiento sin mirarlo mucho.
Cierro mi cuaderno, lo guardo en silencio, y fijo la vista en la pizarra.
Aunque mi mente sigue con todos esos poemas que aún no escribo...

y con el nombre de él que aún no sé cómo olvidar.




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