El universo es raro. Siempre tiene un plan para cada uno, aunque a veces parezca que nos odia. Pero al final —siendo sincera— el universo, o mejor dicho Dios, siempre deja un camino para nosotros.
Hay que aprender a confiar... incluso cuando duele. Incluso cuando no entiendes nada. Incluso cuando las señales parecen chistes crueles.
—La clase es aburrida... —bosteza Alexis, exagerando como siempre—. Además, la miss no explica bien. ¡Ah! Mira, hasta ella se está durmiendo.
—Nosotros haciendo esta monografía espantosa mientras la miss se queda dormida... —Merly revienta, irritada—. Hay que reportarla.
—¿Eso se puede? —pregunta Giovanni, medio nervioso—. ¿No nos meteríamos en problemas?
—No, ya lo hicimos con nuestra anterior tutora —dice Merly muy tranquila, como si fuera algo normal.
—Ella renunció —agrega Alexis, alterado—. No nos soportó y se fue. Tres de once profesores que nos han enseñado ya renunciaron.
—Nadie nos quiere —declara Merly dramáticamente, aunque todos sabemos que está actuando.
Giovanni y Asher se miran entre ellos, Asher aun confundido como recién llegado que aún no entienden la locura de nuestra aula.
Entonces suena el timbre del break.
Salimos disparados como si alguien hubiera gritado "¡Fuego!". En el desorden, todos se atropellan en la puerta y... zas, me choco con Asher.
Quedo tan cerca que puedo sentir su aliento.
Mi corazón da un salto tan violento que casi se sale.
—A-ah... lo siento —balbuceo con toda la dignidad de un pollito recién nacido. Mi rostro se enciende, volviéndome más roja que un tomate y miro a cualquier parte menos a él.
—Tranquila —responde Asher, calmado, demasiado calmado... como si estuviera acostumbrado a tener a la gente tan cerca. O peor: como si ya hubiera vivido esta escena antes.
Alguien nos empuja otra vez desde atrás. Asher reacciona rápido y coloca su brazo delante de mí para evitar que me aplasten.
Esa tontería bastó para que mi corazón hiciera piruetas profesionales dignas de los Juegos Olímpicos.
Cuando por fin todos salen, me alejo un paso, aún con las mejillas ardiendo.
—Disculpa... y gracias —murmuro antes de escapar casi corriendo.
Después del break, Merly me mira con ojos de sospecha.
—Ray... ¿por qué estás tan roja?
—Por el calor —miento descaradamente. Ni yo me creo esa excusa.
Mi mente y mi corazón peleaban a gritos.
Mi razón: "Fue solo caballerismo, relájate."
Mi corazón: "¿Y desde cuándo alguien es caballeroso hoy en día? HELLO."
Lo único seguro era que ese gesto tan simple —pero tan raro últimamente— hizo que dudara de todo...
y de mis propios sentimientos.
Otra vez.
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Editado: 07.02.2026