Asher me miró por un momento, incrédulo, como si no entendiera por qué alguien le daría un caramelo justo ahora.
—Para ti... todo pasa por algo —dije casi en un susurro, sin poder sostenerle la mirada por mucho tiempo.
Él simplemente tomó el caramelo, lo guardó en su bolsillo y murmuró:
—Gracias.
Seco. Corto. Como si estuviera protegiéndose para no quebrarse.
Y se fue.
Yo también me fui, intentando caminar normal, aunque sentía un nudo en el pecho. Entendía su molestia. Su tristeza. No es fácil estar en esa situación. Lo sabía demasiado bien. Y por un segundo, un flashback de mi pasado me golpeó tan fuerte que tuve que sacudir la cabeza para ahuyentarlo.
El día siguió igual: pesado, silencioso, como si toda la escuela tuviera un mal presentimiento encima. Pero algo había cambiado. El brillo de Asher seguía apagado, sí... pero no tanto como antes. Su aura ya no estaba tan hundida. Era como si ese "gracias" —por más seco que sonara— hubiera significado más de lo que parecía.
Me puse a ver videos en mi celular, tratando de distraerme, pero mi mente regresaba a él una y otra vez. A su mirada. A ese instante raro donde nuestras historias se cruzaron sin permiso.
¿Tanto quería a esa chica?
Seguro.
Asher es alguien bueno. No debería estar triste por alguien que no lo merece...
—Ray, deberías escuchar tus propios consejos... —me dije en voz baja.
Nadie debería llorar por personas que no valen la pena. Nadie.
Por suerte, él no estaba llorando.
En ese momento, una voz fuerte me sacó de mis pensamientos. Era el profesor de educación física, entrando al aula como si fuera dueño del mundo.
—¡Atención! —anunció—. Estamos formando el club de vóley. Mañana habrá prácticas, y los seleccionados podrán ser miembros permanentes.
Vóley.
NO.
Ni loca.
—Asu... yo paso —le dije a Araceli al instante—. Detesto el vóley.
Ella se rió, pero yo hablaba totalmente en serio. Esa pelota me odia. Me tiene bronca. Y yo también.
—Yo quiero —escuché que dijo alguien.
Volteé.
Era Asher.
Ya no se veía tan triste. Había algo en su expresión... no un brillo completo, pero sí una chispa. Un poquito de motivación asomándose entre las sombras.
Y no sé por qué, pero sentir que él estaba mejor... me alivió más de la cuenta.
—¿Asher, tú también vas? —dijo Geovanni, sorprendido, casi frenando sus pasos.
—Sí... antes estaba en la selección de vóley de mi antiguo colegio, y quiero volver a intentarlo —respondió Asher con una sonrisa que no le veía desde hacía días. No era enorme, pero sí real. De esas que muestran un poquito de luz después de la tormenta.
Y, sinceramente... verlo así me alivió.
No sé si estaba superando lo que había pasado, o si necesitaba una nueva meta para no pensar. Pero su brillo —ese que pensé que se había extinguido— comenzaba a regresar, despacito, casi tímido... pero volvía.
Lo observé un instante. Había pasado de estar hundido en su frustración a levantarse para intentarlo otra vez. Y eso, aunque nadie lo dijera, ya era un avance enorme.
—Pues dale, hermano, ojalá quedes —dijo Geovanni, dándole un golpe amistoso en el hombro.
Asher rió bajito.
Y fue raro, pero ese pequeño sonido me dio una paz enorme. Como si todo lo de la mañana se hubiera movido a un rincón menos doloroso. No desaparecía, pero ya no pesaba tanto. Su recuperación no era total, pero sí era un primer paso. Y los primeros pasos siempre son los más difíciles.
Crucé los brazos, tratando de que no se notara que lo estaba mirando.
—Seguro que quedas... —susurré casi para mí misma.
Y por primera vez en todo el día, sentí que algo dentro de mí también se acomodaba. Como si verlo levantarse me recordara que todos, incluso yo, merecemos volver a intentarlo.
A veces, un poco de esperanza basta.
Y así terminó ese lunes de locuras.
#4889 en Novela romántica
#1447 en Chick lit
#1639 en Otros
#307 en Relatos cortos
Editado: 21.03.2026