Juega conmigo

Y entonces llegó ella

Ese día empezó como cualquier otro en Luceé d'Excellence: demasiado temprano, demasiado frío y con mis amigas hablando demasiado fuerte para alguien que apenas acababa de abrir los ojos.

Yo solo quería desayunar tranquila, pero Sayra insistía en caminar rápido porque "hoy el pan venía calientito". A veces juro que Sayra tiene un detector especial para carbohidratos.

Todo iba normal, hasta que escuché un murmullo extraño en el comedor. Uno de esos que se van propagando como un incendio. Como si todos supieran algo que yo todavía no.

Xiomara llegó corriendo —literal, corriendo— y casi me arrebata la bandeja de las manos.

—¡Ray, Ray, Ray! ¿YA TE ENTERASTE? —gritó como si yo fuera sorda.

—¿De qué? ¿De que la mantequilla hoy sí parece mantequilla y no plástico derretido? —le dije, intentando que dejara de sacudirme.

—¡No! ¡Asher quedó en la selección de vóley! ¡Hoy lo publicaron en el grupo oficial!

Mi corazón dio un brinco. No sé si por sorpresa... o por otra cosa que prefiero ignorar.

—¿En serio? —murmuré.

—¡Sí! —gritó Yasuri, que también apareció de la nada—. Lo acaban de anunciar. Ha sido el único de primero en entrar. Dicen que salta como si tuviera resortes o qué sé yo. ¡Vamos a felicitarlo!

Y antes de poder negarme, ya me estaban arrastrando hacia las canchas.

Asher estaba con Alex y Giovanni, riéndose por algo que uno de ellos dijo. Tenía esa sonrisa tranquila pero provocadora... esa que parece que te observa aunque esté mirando a otro lado. A mí me daba rabia. O nervios. O ambas. No sé.

—¡¡ASHER!! —gritó Sayra como si anunciara la llegada del apocalipsis—. ¡Felicidades, hermanoooo!

Él volteó, levantó una ceja y sonrió un poco. Esa sonrisita tan suya, que parece inocente, pero no lo es.

—Gracias —dijo, como si no fuera gran cosa.

Xiomara fue la primera en abrazarlo. Luego Sayra. Luego Yasuri. Luego Alex, Giovanni... todos celebrando como si hubiera ganado los Juegos Olímpicos.

Y entonces todos me miraron.

—Ray, ¿qué esperas? —dijo Xiomara, empujándome suavemente.

—Yo no—
—¡Anda pues! —interrumpió Sayra—. No seas antisocial. ¡Abraza a tu compañero!

Yo quería desaparecer. Teletransportarme. Congelarme. Algo.

Pero Asher se quedó ahí, mirándome expectante, con esa cara de "sé que no quieres, pero igual vas a venir".

Me acerqué despacio. Demasiado despacio. Y cuando finalmente lo abracé... fue como tocar una corriente eléctrica.

Me puse rígida.

RÍGIDA.

Como un palo.

Como si me hubieran metido en la congeladora.

Él lo notó. Lo sé porque sentí cómo contenía una risa en el pecho.

Y peor aún, cuando me separé, soltó una frase bajito, que solo yo escuché:

—Tranquila, Rayzel. No muerdo... todavía.

Sentí mi cara encenderse como si el sol me hubiera cacheteado.

—Cállate —murmuré.

Él sonrió.

Y ese fue el inicio del caos.

Desde ese día, por alguna razón que Dios sabrá, Asher empezó a molestarme más.
Pero no "molestar" de insultar.
No.
El molestar de aparecer justo cuando no quiero, de decir cosas que me hacen perder la paciencia, de caminar a mi lado sin pedírselo, de quedarse mirando como si intentara descifrarme.

Un tipo de molestia que no es molestia.
Uno peor.

Uno que se siente demasiado.

Un día, por ejemplo, me atrapó en la biblioteca.

Yo estaba estudiando tranquila, tratando de recordar en qué parte de mi vida tomé la mala decisión de no amar las matemáticas. Y él se sentó frente a mí como si esa mesa fuera SUYA.

—¿No tienes dónde sentarte? —le pregunté sin levantar la mirada.

—Sí —respondió—. Aquí.

Le lancé una mirada de "¿qué haces?" y él solo sonrió.

—Rayzel, ¿por qué te tensaste tanto cuando me abrazaste ayer? —preguntó de la nada.

Tragué saliva tan fuerte que creo que la bibliotecaria lo escuchó.

—Yo no me tensé —mentí descaradamente.

—¿Ah, no? —se inclinó hacia adelante—. Temblabas.

—Era frío.

—Estábamos en la cancha. A pleno sol.

—Era... aire. Mucho aire.

—Ajá —dijo, alzando una ceja—. Mucho aire.

Lo quería matar.

Pero también quería meterme debajo de la mesa para no verlo.

Lo peor es que no era solo en la biblioteca. Era en todos lados.

En el comedor se sentaba cerca.
En los pasillos aparecía como un fantasma.
En los trabajos en grupo, aunque no le tocara estar conmigo, de alguna manera terminaba ayudándome.
O fastidiándome.
O ambas cosas.

Y el peor de todos... era que él no se comportaba así con nadie más. Solo conmigo.

—Creo que Asher te está coqueteando —dijo Sayra una tarde.

—No está coqueteando —respondí rápido—. Está... no sé... jodiendo.

—Ray —dijo Xiomara—. Nadie jode así porque sí. Hay niveles, pues. Y Asher está en el nivel "quiero ver tu cara roja".

—Yo no me pongo roja.

—Cada que te voltea a ver pareces un tomate—respondió Yasuri, muerta de risa.

Yo solo volví a mirar mi celular. Ignorándolas.

Porque sí... tenían razón.

Pero yo no quería aceptarlo. Porque él se parecía a mi ex. Porque tenía su apellido. Porque llegaba en el peor momento de mi vida. Porque todavía tenía heridas que ni terminaban de cerrar.

Pero también... porque Asher era diferente. Incluso con su misterio. Incluso con su forma de mirar. Incluso con su silencio.

Era diferente.

Y eso me daba miedo.

Pasaron así varias semanas, donde nuestras interacciones se volvieron parte de mi rutina.
No éramos amigos.
Pero tampoco desconocidos.
Éramos algo raro, inexplicable, entre pelea, chiste, tensión y... otra cosa.

Y justo cuando yo empezaba a acostumbrarme a su presencia...

Justo cuando por fin ya no me daban mini-infartos cuando aparecía detrás de mí...

Justo cuando ya me estaba acostumbrando a verlo en las mañanas, en las tardes, en las noches...




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