Juega conmigo

Al otro lado de la cancha

Ángel y yo cruzamos la reja de la plataforma deportiva casi sin decir nada.

El sonido de la cancha era el mismo de siempre: el golpe seco del balón contra el suelo, risas lejanas, zapatillas rozando el cemento. Todo parecía normal. Demasiado normal. Como si la vida no supiera que yo estaba a punto de enfrentar algo que llevaba meses evitando, algo que había aprendido a esquivar con silencios y excusas.

Caminamos unos pasos más, despacio.

Y entonces lo vi.

Al otro lado de la cancha.

Brodie.

Mi pecho se cerró de golpe, como si el aire hubiera decidido irse sin avisar.

No fue sorpresa.
Fue reconocimiento.

Ese tipo de reconocimiento que no pide permiso, que no avisa, que simplemente llega y te recuerda quién fuiste cuando todavía no sabías defenderte de casi nada.

Cada paso hacia él era como caminar hacia una versión antigua de mí misma.
Una que lloraba más de lo que admitía.
Una que se conformaba con migajas y las llamaba amor.
Una que confundía ausencia con misterio y dolor con costumbre.

Brodie no me vio de inmediato.

Estaba parado al otro lado de la cancha, apoyado contra la reja, con los brazos cruzados y la mirada perdida en algún punto del suelo, como si el tiempo no hubiera pasado para él… como si yo tampoco hubiera pasado, como si mi historia no hubiera seguido sin él.

Me detuve en seco.

Ángel también.

—Ray… —murmuró—. ¿Quieres que nos vayamos?

Negué con la cabeza, aunque no estaba segura de por qué.

—No —dije—. Estoy bien.

Mentí.
Pero ya era costumbre hacerlo cuando se trataba de Brodie.

Antes de que pudiera pensar en algo más, escuché risas. Voces conocidas. Demasiado conocidas.

—No jodas…

Giré la cabeza.

Eran ellos.

Mateo.
Lucas.
Renzo.

Mis amigos.
O lo que había quedado de eso después de que las cosas se rompieran sin que nadie supiera muy bien cómo arreglarlas.

—¿Ray? —dijo Mateo, mirándome como si estuviera viendo un fantasma.

—Hola —respondí, forzando una sonrisa—. Tanto tiempo.

Se acercaron sin dudar, como si el tiempo no pesara tanto cuando se trataba de volver al pasado, como si no hubiera heridas que aún dolían.

—Sigues igual —dijo Lucas.

—Mentira —respondí—. Ustedes están más feos.

Rieron.

Yo también, un poco.
Por reflejo.
Por costumbre.
Por no quedarme afuera de la escena.

Sentí el cuerpo tenso. Como si algo estuviera a punto de caer y yo no supiera exactamente qué.

—Oye… —dijo Renzo, bajando la voz—. Mira quién está acá.

No dijeron su nombre.
No hacía falta.

Mis dedos se cerraron sin darme cuenta.
Ángel dio un paso más cerca de mí. No me tocó. No me abrazó. Solo estuvo ahí. Como siempre. Como cuando más lo necesitaba.

—¿Y…? —continuó Renzo, mirándome con esa sonrisa que siempre había sido medio cruel—. ¿Ya lo olvidaste o qué, Ray?

El comentario me atravesó directo, sin anestesia.

—No empieces —le dije.

—Solo digo —insistió—. Pensé que te pondrías más nerviosa.

—Estoy tranquila —respondí—. De verdad.

Mateo miró a Ángel.

—¿Y él?

—Ángel —dije—. Mi amigo.

Ángel levantó la mano en saludo, tranquilo.
No se apartó de mí.

—Ah… —murmuró Lucas—. Claro.

Ese “claro” decía mucho.

Porque cuando yo estaba con Brodie…
cuando él se volvía distante…
cuando me hacía sentir invisible incluso estando a su lado…

Ángel siempre estaba.

—Oigan —dijo Mateo—. Vamos, avísenle.

—¿Ahora? —preguntó Renzo—. Se va a poner raro.

—Siempre está raro —respondió—. Peor si se entera después.

Miraron hacia atrás.

—¡Brodie! —le gritó Mateo—. Ven un rato.

No respondió de inmediato.

Siempre fue así.

Le decían Brodie.
El apellido.
El muro.
La distancia que usaba como armadura.

Solo unos pocos… muy pocos, le decían Ian.
Y yo…
yo a veces.
Cuando éramos algo más que silencios compartidos.

Brodie levantó la mirada.

Me vio.

No sonrió.
No se sorprendió.

Solo se quedó mirando, como si intentara entender en qué momento me había vuelto real otra vez.

Mi corazón dio un golpe seco.

Caminó hacia nosotros despacio. Cada paso suyo parecía pesado, calculado, como si no estuviera seguro de querer llegar.

Ángel no se movió.
Seguía a mi lado.

—Hola —dijo Brodie al llegar.

No dijo mi nombre.

—Hola —respondí.

El silencio fue incómodo. Denso. De esos que no se rompen fácil.

—No sabía que venías aquí —añadió.

—Yo tampoco sabía que tú vendrías —contesté.

Mateo carraspeó.

—Bueno… —dijo—. Vamos por agua.

Se fueron.
Obvio.

Nos dejaron ahí.
A los tres.

—Te ves bien —dijo Brodie, mirándome con atención—. Diferente.

—Tú no tanto —respondí sin pensar.

Ángel apretó la mandíbula apenas.

Brodie sonrió de lado.

—Supongo que eso es bueno.

—Supongo.

—¿Y tú? —preguntó, mirando a Ángel—. ¿Sigues… siempre con ella?

Antes de que Ángel respondiera, hablé yo.

—Sí —dije—. Ángel siempre estuvo.

Brodie me miró de verdad.
Como si entendiera demasiado tarde.

—Me alegra —dijo, aunque no sonó sincero.

—Debería —respondí—. Porque cuando tú no estabas… él sí.

Eso dolió.
Lo vi.
En sus ojos.

—Ray… —empezó.

—No —lo interrumpí—. Ya pasó.

Me giré hacia Ángel.

—¿Nos vamos?

—Claro —respondió sin dudar.

Pasamos a su lado.

No nos detuvo.

Pero sentí su mirada en mi espalda.
Pesada.
Llena de cosas no dichas.
Llena de versiones de nosotros que ya no existían.

No lloré.

No ahí.

Pero algo dentro de mí se rompió de todos modos, en silencio.

Más tarde, sentada en la grada con Ángel, el ruido de la cancha se volvió lejano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.