Juega conmigo

Un beso que no fue

El día amaneció raro.

No gris.
No lluvioso.
No dramático.

Raro.

Como cuando todo parece seguir exactamente igual, pero tú no. Como cuando el mundo no se da cuenta de que algo dentro de ti se movió de lugar y ya no encaja.

Me desperté antes de que sonara la alarma. Mucho antes. Con los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo esa presión incómoda en el pecho que no te deja respirar del todo. Como si hubiera corrido kilómetros sin moverme de la cama.

Había soñado algo.
Lo sabía.
Lo sentía.

Pero no podía recordarlo.

Solo me quedó la sensación. Esa que se pega a la piel y no se va. Y una pregunta, clara, insistente, martillándome la cabeza desde el primer segundo del día:

¿Por qué Asher no me miró ayer?

No era una pregunta lógica. Ni madura. Ni justa.
Pero era real.

Me levanté, me vestí en automático, recogí mi cabello sin pensar demasiado. El espejo me devolvió una imagen cansada. Ojeras leves. Labios apretados. Ojos que no parecían del todo míos.

En el comedor, el ruido era el de siempre.

Charolas chocando.
Sillas arrastrándose.
Risas exageradas para empezar bien la mañana.

Sayra hablaba rápido, como siempre, contando algo sobre una profesora que había confundido fechas. Xiomara hacía muecas mientras probaba el café, quejándose de que sabía peor que otros días. Merly se reía fuerte de algo que Yasuri le mostraba en el celular.

Yo estaba ahí.

Pero no estaba.

Mi cuerpo ocupaba una silla. Mis manos sostenían una taza. Mi boca incluso sonrió en algún momento. Pero mi cabeza… mi cabeza estaba en otra parte.

En una ausencia.

Porque no apareció.

Asher no estaba en el comedor.

No en su mesa.
No caminando entre las filas.
No apoyado contra ninguna pared.

Nada.

Me dije que no pasaba nada. Que seguramente había salido antes. Que tenía entrenamiento. Que estaba ocupado. Que yo no tenía por qué estar buscándolo con la mirada como si…

Como si importara.

Pero importaba.

Y eso era lo peor.

En el primer bloque de clases, evite mirarlo. En el segundo tambien. No cruzamos miradas. No sentí su presencia cerca. No hubo esa tensión rara que siempre aparecía cuando coincidíamos en un mismo espacio.

Y de alguna forma absurda, eso dolía más que si me hubiera ignorado a propósito.

Porque el silencio involuntario duele distinto.

Cuando salí del aula para ir a residencia a dejar mis cosas, caminaba con la cabeza baja, pensando en absolutamente todo menos en el pasillo.

Fue entonces cuando lo escuché.

—Ray.

Mi nombre.

Dicho con esa voz.

Me giré.

Asher estaba apoyado contra la pared del pasillo lateral. Ese que casi nadie usa. El que no lleva a ningún lugar importante. El que parece existir solo para esconder conversaciones que no deberían tener testigos.

Tenía las manos en los bolsillos. El cuerpo tenso. El rostro serio. Los ojos fijos en mí.

No sonreía.

Y eso me puso en alerta inmediata.

—¿Sí? —respondí, con cuidado.

—Ven conmigo —dijo.

No fue una invitación.
No fue una sugerencia.

Fue una orden.

Miré alrededor. No había nadie cerca. Ni alumnos. Ni profesores. El pasillo estaba peligrosamente vacío.

—Ahora no —empecé a decir.

—Ahora —repitió.

Su voz no fue más alta.
Fue más firme.

Y algo en mi piel se erizó.

Suspiré. Largo. Pesado.

—Está bien.

Caminamos en silencio.

Uno al lado del otro, pero lejos. Como si hubiera una distancia invisible entre nosotros que ninguno se atrevía a cruzar. Mis pasos sonaban demasiado fuertes. Mi corazón también.

Atravesamos la parte trasera de residencia, donde están los depósitos viejos. Ese lugar sin cámaras, sin bancos, sin razones para estar ahí. Un espacio olvidado.

Cuando me di cuenta de dónde estábamos, ya era tarde.

Asher se detuvo.

Yo también.

Se giró de golpe y dio un paso hacia mí.

Uno solo.

Pero suficiente.

Mi espalda chocó contra la pared fría del depósito. El contacto fue brusco. Inesperado. El frío se me metió en la piel.

Mi corazón se disparó.

—¿Qué haces? —pregunté, molesta, incómoda, confundida.

Asher apoyó una mano a mi lado, contra la pared. No me tocó.

Pero me encerró.

Su brazo formó una barrera. Su cuerpo, una sombra que me cubría.

—¿Por qué no me dijiste? —preguntó.

Su voz no era alta.

Era peor.

Baja.
Tensa.
Cargada de algo que llevaba tiempo acumulándose.

—¿Decirte qué? —repliqué, cruzando los brazos como un escudo.

—Que te encontraste con tu ex.

El aire se me fue de golpe.

Literal.

Sentí como si alguien me hubiera quitado el oxígeno del pecho.

—¿Eso te dijeron? —respondí, intentando recuperar el control—. ¿Ahora vienes a reclamarme por algo que no te incumben?

Sus ojos brillaron.

No de alegría.

—No fue “algo” —dijo—. Fue él.

—¿Y? —alcé la barbilla—. ¿Qué pasó? Nada. Absolutamente nada. ¿O es que ahora tengo que darte explicaciones por con quién me cruzo?

Se acercó un poco más.

No invadiendo.
Pero presionando.

—No me hables así —dijo.

—¿Así cómo? —mi voz tembló, aunque no retrocedí—. ¿Molesta? ¿Defensiva? ¿Incómoda? Perdón, Asher, pero tú no eres mi novio.

Eso dolió.

Lo vi.

Vi cómo algo se rompía un poco en su expresión.

—No —admitió—. No lo soy.

Silencio.

Un silencio espeso. Incómodo. Vivo.

—Entonces no entiendo por qué te molesta tanto —continué—. Yo no me enojo cuando desapareces para ir con Inés. No te reclamo. No te pregunto. No te acorralo contra una pared.

—No es lo mismo —respondió rápido.

—¿Ah, no? —reí sin humor—. Yo estuve ahí cuando terminaste con tu novia. Te escuché. Te apoyé. No te juzgué cuando me enteré de Inés. No hice preguntas que no debía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.