El día siguiente no amaneció raro.
Amaneció incómodo.
No hubo ese presentimiento extraño del día anterior.
No hubo esa sensación de algo por romperse.
Porque ya se había roto.
Y ahora solo quedaban los pedazos.
Me levanté más tarde de lo normal. No quería ir a clases. No quería ver a nadie. No quería pensar.
Pero, como siempre, la vida no pregunta si estás lista.
Solo sigue.
En el comedor, el ambiente era... normal.
Demasiado normal.
Eso era lo peor.
Sayra hablaba.
Merly se reía.
Yasuri discutía con Xiomara por algo absurdo.
Todo igual.
Excepto yo.
Y excepto él.
Asher estaba ahí.
Sentado con Giovanni y Alexis.
Tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no me hubiera acorralado contra una pared el día anterior.
Como si no hubiera estado a nada de besarme.
Como si no hubiera golpeado la pared.
Como si no me hubiera besado la mejilla como si eso solucionara algo.
Como si yo no estuviera aquí... desarmándome en silencio.
No me miró.
Ni una vez.
Y esta vez no fue ausencia.
Fue decisión.
Lo ignoré.
O al menos eso intenté.
Me senté con las chicas, saqué mi celular, fingí ver algo importante, fingí reír, fingí estar bien.
Fingí tanto... que por un momento casi me lo creí.
Casi.
Las clases pasaron lentas.
Pesadas.
Cada minuto parecía estirarse más de lo normal.
Y aunque intentaba no hacerlo... lo buscaba.
Con la mirada.
Con el rabillo del ojo.
Con la necesidad ridícula de confirmar que seguía ahí.
Y sí.
Seguía ahí.
Pero lejos.
Demasiado.
En el segundo bloque, fue él quien habló.
—Ray.
Mi nombre.
Otra vez.
Pero diferente.
Más bajo.
Más controlado.
Levanté la mirada lentamente.
—¿Qué? —respondí, igual de fría.
Se quedó unos segundos en silencio, como si midiera sus palabras.
—Necesito hablar contigo.
Solté una risa sin humor.
—Qué novedad.
Asher frunció levemente el ceño.
—No es para pelear.
—Qué pena —respondí—. Yo sí tengo ganas.
Eso lo tomó por sorpresa.
Lo vi.
—Ray... —empezó.
—¿Qué quieres, Asher? —lo interrumpí—. ¿Otra escena dramática? ¿Otro momento incómodo en un lugar sin cámaras?
Sus ojos se endurecieron un poco.
Pero no se fue.
—No —dijo—. Solo... explicarte algo.
Eso hizo que mi pecho se tensara.
Porque una parte de mí... quería escucharlo.
Y eso me molestó más.
—Habla —dije.
Respiró hondo.
—Ayer... Inés no apareció por casualidad.
No dije nada.
—Fue a buscarme —continuó—. Porque el entrenador de vóley quería hablar conmigo.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Eso —repitió—. Estamos preparando un partido contra otra escuela. Y él quería confirmarme algo sobre la selección.
Mi cabeza procesó la información... pero no la aceptó del todo.
—¿Y no podías decir eso ayer? —pregunté.
—No era el momento.
—Claro —respondí con sarcasmo—. Era mejor golpear paredes y besarme la mejilla, ¿no?
Eso le dolió.
Otra vez.
—No fue así —dijo.
—Sí fue así.
Silencio.
—Ray —su voz bajó—. No quería que vieras eso.
—¿Qué cosa? —pregunté—. ¿Tu falta de control o tu incapacidad de decidir entre dos personas?
Eso fue un golpe directo.
Asher apretó la mandíbula.
—No estoy entre dos personas.
—¿Ah, no? —reí—. Porque desde acá se ve clarísimo.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Entonces explícame —respondí—. Porque lo único que veo es a alguien que no puede soltar a alguien que claramente sigue teniendo poder sobre él.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Real.
Asher bajó la mirada un segundo... y luego volvió a verme.
—Inés no tiene poder sobre mí.
—Entonces demuéstralo.
Eso salió solo.
Sin pensar.
Sin filtro.
Sin miedo.
Y cuando lo dije... supe que había cruzado una línea.
Porque sus ojos cambiaron.
No a enojo.
A algo más profundo.
—No es tan fácil —murmuró.
—Nada lo es —repetí—. Ya te lo dije.
Nos quedamos en silencio.
Otra vez.
Pero este silencio no era como el de antes.
Este dolía.
—El entrenador quiere que juegue como titular —dijo de pronto.
Parpadeé.
—¿Qué?
—El partido es importante —continuó—. Y... quiere que esté listo.
Había algo en su voz.
Algo que no encajaba.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté.
—Nada —respondió rápido.
Mentira.
Se notaba.
—Entonces no entiendo por qué me lo dices.
Asher dudó.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
—Porque... —empezó— porque ayer no terminé de decir lo que quería.
Mi corazón dio un golpe.
Fuerte.
—¿Y qué querías decir? —pregunté, casi en un susurro.
Se acercó un poco.
No tanto como ayer.
Pero lo suficiente.
—Que cuando supe que te viste con él...
Se detuvo.
Otra vez.
—¿Qué? —insistí.
Sus ojos bajaron a los míos.
—No me gustó.
Silencio.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—No tienes derecho —dije.
—Lo sé.
—Entonces no lo digas.
—Pero es verdad.
Eso dolió.
Porque yo también sentí algo cuando lo vi con Inés.
Y no tenía derecho.
—No somos nada, Asher —dije, más suave.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si—
—No puedo —interrumpió.
Y esa respuesta...
me desarmó.
Porque no sonó orgullosa.
Sonó honesta.
Demasiado.
Antes de que pudiera responder—
—Asher.
Otra voz.
Inés.
Otra vez.
Giré la cabeza lentamente.
Ahí estaba.
Parada a unos metros.
Mirándonos.
Otra vez.
Como si siempre llegara en el momento exacto.
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Editado: 09.05.2026