Juega conmigo

El punto que lo cambió todo

El día del partido llegó con una energía distinta.

No era como los otros días.

No era solo rutina, ni clases, ni aburrimiento disfrazado de disciplina.

Era... expectativa.

Desde temprano, el ambiente en Luceé d'Excellence se sentía cargado. Los pasillos estaban más ruidosos de lo normal, los estudiantes hablaban en grupos, algunos llevaban sudaderas del instituto, otros simplemente caminaban rápido como si no quisieran perderse nada.

Hoy no era un día cualquiera.

Hoy era el partido.

Y, aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabían algo:

Asher iba a jugar.

Yo intenté actuar normal.

Spoiler: no lo logré.

En el comedor, todos hablaban del partido.

—Dicen que la otra escuela es fuerte —comentó Giovanni mientras mordía su pan—. Que ya han ganado varios torneos.

—Ay, por favor —respondió Merly—. Nosotros somos más inteligentes.

—Eso no sirve en vóley —dijo Alexis—. Necesitas coordinación, fuerza, reflejos...

—O suerte —agregó Dilan dramáticamente.

Yo no hablaba.

Solo escuchaba.

Y evitaba mirar hacia donde estaba él.

Pero, como siempre... mi mirada traicionera lo encontró igual.

Asher estaba al fondo.

Con el equipo.

Con el uniforme deportivo.

Y... diferente.

No era el chico callado de clases.
No era el chico serio del pasillo.
No era el chico que me había acorralado contra una pared.

Era otro.

Más enfocado.
Más firme.
Más... lejos.

No me miró.

Y esta vez dolió.

Pero no como antes.

Ahora dolía distinto.

Más profundo.

Más silencioso.

El estadio del instituto estaba lleno.

Literalmente lleno.

Las gradas vibraban con el ruido. Estudiantes de distintos niveles, profesores, incluso algunos invitados. Había carteles, gritos, risas.

Y en la parte más alta...

ellos.

Los tres directores.

La directora Borsani, elegante como siempre, con esa mirada analítica que parecía verlo todo.

A su derecha, el director académico Valcárcel, serio, con lentes delgados y postura impecable.

Y a la izquierda, el director disciplinario Lemoine, brazos cruzados, expresión dura, como si estuviera evaluando más que un simple partido.

Tres miradas.

Tres juicios.

Tres autoridades.

Observando.

Todo.

—Ray —dijo Sayra, empujándome un poco—. Deja de mirar arriba, que pareces espía.

—No estoy mirando —mentí.

—Ajá —rió Xiomara—. Y yo soy atleta olímpica.

—Silencio —dijo Yasuri—. Ya empieza.

Mi corazón se aceleró.

No sabía por qué.

O sí.

Pero no quería admitirlo.

El silbato sonó.

El partido comenzó.

Y todo cambió.

Asher...

no era el mismo.

Se movía rápido. Seguro. Preciso.
Sus reflejos eran... impresionantes.

Saltaba con fuerza.
Golpeaba el balón con decisión.
Se coordinaba con el equipo como si llevara años jugando con ellos.

—¿Qué? —murmuró Alexis—. ¿Desde cuándo juega así?

—Te dije que era bueno —respondió Giovanni, sorprendido.

—No, esto no es "bueno" —dijo Dilan—. Esto es nivel dios.

No pude evitar sonreír un poco.

Porque sí.

Era eso.

Asher en la cancha no era un chico más.

Era alguien que destacaba.

Y eso... me hizo sentir algo extraño en el pecho.

Orgullo.

Tal vez.

El primer set fue intenso.

Punto a punto.

Gritos.
Aplausos.
Errores.
Recuperaciones.

Pero había algo claro:

Asher estaba sosteniendo el equipo.

—¡Vamos, Brodie! —gritó alguien desde las gradas.

Y el apellido resonó.

Brodie.

Mi pecho se tensó.

Otra vez.

Pero no aparté la mirada.

No podía.

Segundo set.

Más presión.

Más errores.

Más tensión.

El marcador estaba ajustado.

Y cada punto parecía pesar más.

Asher respiraba agitado.

Sudor en la frente.

Mirada fija.

Determinación.

—Está cargando todo el equipo —murmuró Sayra.

—Si sigue así, ganan —dijo Xiomara.

Yo no dije nada.

Pero lo sabía.

Si él seguía... ganaban.

Y entonces pasó.

Un saque perfecto.

Recepción limpia.

Armado rápido.

Asher salta.

Golpea.

Punto.

El estadio explota.

Gritos.

Aplausos.

Euforia.

Y por un segundo...

solo un segundo...

sus ojos me encontraron.

Mi corazón se detuvo.

Y luego—

—Asher.

La voz.

Esa voz.

Fría.

Directa.

Inconfundible.

Todo se congeló.

Literalmente.

Inés.

Estaba ahí.

En la cancha.

No en las gradas.

No al costado.

En la cancha.

Los murmullos empezaron.

—¿Qué hace ahí?
—¿Está permitido eso?
—¿Quién es?

El árbitro frunció el ceño.

El entrenador también.

—¡Señorita, salga del área! —ordenó.

Pero Inés no se movió.

Miraba a Asher.

Solo a él.

—Tenemos que hablar —dijo.

Así.

En medio del partido.

En medio de todos.

El silencio fue brutal.

Asher se quedó quieto.

Completamente quieto.

—Ahora no —dijo.

Pero su voz... no era firme.

Era tensa.

—Ahora —repitió ella.

Mi estómago se hundió.

—Asher —dijo el entrenador—. Concéntrate.

Pero ya era tarde.

Porque él ya no estaba en el partido.

Estaba con ella.

—Cinco minutos —murmuró.

—¿Qué? —exclamó el entrenador—. ¿Estás loco? ¡Estamos en pleno set!

—Solo cinco —repitió.

Y sin esperar respuesta...

salió.

De la cancha.

Dejó el partido.

Dejó al equipo.

Dejó todo.

El estadio quedó en silencio.

Un silencio incómodo.

Pesado.

Confuso.

—¿Qué acaba de pasar? —susurró Dilan.




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