El día después del partido... no fue normal.
Fue incómodo.
Pesado.
Y demasiado silencioso.
Desde que Asher cruzó la puerta del instituto, lo sintió.
Las miradas.
No eran como antes.
No eran curiosas.
No eran admiración.
Eran... juicio.
Algunos susurraban.
Otros lo miraban directo.
Otros fingían no verlo... pero lo observaban igual.
—Ese es —murmuró alguien—. El que se fue en pleno partido.
—¿Por una chica, no?
—Sí... qué ridículo.
Asher apretó la mandíbula.
Siguió caminando.
Como si no escuchara.
Como si no importara.
Pero sí importaba.
Y se notaba.
En el comedor, nadie se sentó con él al inicio.
Giovanni dudó.
Alexis también.
Dilan lo miró desde lejos, con esa expresión que mezcla curiosidad y juicio.
Y yo...
yo no lo miré.
Ni una vez.
Eso dolió más que todo lo demás.
Asher tomó su bandeja y se sentó solo.
Por primera vez desde que llegó al Luceé d'Excellence...
solo.
No comió mucho.
No tenía hambre.
No tenía cabeza.
No tenía nada claro.
Solo una sensación incómoda en el pecho.
Como si todo se le estuviera yendo de las manos.
Y lo peor...
es que sabía que no era mentira.
—Brodie.
La voz fue firme.
Autoritaria.
Inconfundible.
Asher levantó la mirada.
Uno de los asistentes administrativos estaba frente a él.
—La dirección quiere hablar contigo.
Silencio.
Alrededor, algunos dejaron de hablar.
Otros disimularon.
Pero todos escucharon.
—Ahora.
Asher dejó la bandeja.
No dijo nada.
Solo se levantó.
Y caminó.
Cada paso pesaba.
Como si ya supiera lo que venía.
La oficina de dirección no era un lugar al que los alumnos fueran por gusto.
Era amplia.
Ordenada.
Impecable.
Y fría.
Demasiado fría.
Cuando Asher entró...
ya estaban ahí.
Sentados.
Esperándolo.
La directora Borsani, con su postura elegante y mirada penetrante.
El director académico, Valcárcel, con las manos entrelazadas sobre el escritorio.
Y el director disciplinario, Lemoine, con los brazos cruzados y expresión dura.
A un lado...
el entrenador de vóley.
De pie.
Serio.
Claramente molesto.
Asher cerró la puerta detrás de él.
El sonido resonó más de lo normal.
—Siéntate, Brodie —dijo Borsani.
No era una sugerencia.
Era una orden.
Asher obedeció.
Se sentó.
Recto.
Tenso.
En silencio.
—Sabes por qué estás aquí —dijo Valcárcel.
No era una pregunta.
—Sí —respondió Asher.
Su voz fue firme.
Pero baja.
—Entonces ahorrémonos rodeos —intervino Lemoine—. Lo de ayer fue inaceptable.
Directo.
Sin suavizar.
—Abandonaste un partido oficial —añadió el entrenador—. Dejaste a tu equipo en plena competencia.
Asher apretó los dedos sobre sus rodillas.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —repitió Lemoine—. ¿Y aun así lo hiciste?
Silencio.
—Responde.
—Sí.
La tensión en la sala subió.
—Esto no es un juego, Brodie —dijo Valcárcel—. Representas a esta institución. Representas un equipo. Hay responsabilidad.
—Y tú la ignoraste —añadió el entrenador.
Asher levantó la mirada.
—No la ignoré.
—¿Ah, no? —Lemoine dio un pequeño golpe en el escritorio—. Entonces explícame cómo salir en medio de un partido no es ignorar tu responsabilidad.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
—Fue una situación personal —dijo Asher.
—Todos tenemos situaciones personales —respondió Borsani, por primera vez interviniendo directamente—. La diferencia está en cómo las manejamos.
Asher tragó saliva.
—No podía dejarlo para después.
—Entonces ese es el problema —dijo el entrenador—. Que no sabes priorizar.
Eso golpeó.
Fuerte.
—Estamos hablando de un partido importante —continuó—. El equipo dependía de ti.
—Lo sé.
—Pero igual te fuiste.
Silencio.
—Por ella —dijo Lemoine.
Directo.
Sin rodeos.
—Por Inés.
El nombre quedó flotando en el aire.
Pesado.
Incómodo.
Asher no respondió.
No hacía falta.
—Esto no es la primera vez —continuó Lemoine—. Ya hemos recibido reportes.
Asher frunció levemente el ceño.
—¿Reportes?
—De ausencias —respondió Valcárcel—. De distracciones. De comportamientos... irregulares.
El corazón de Asher dio un golpe.
—Y en todos... aparece el mismo factor —añadió Borsani—. Inés.
Silencio.
—Brodie —su voz bajó, pero se volvió más firme—. Este instituto no es un lugar para arrastrar problemas sin resolver.
—Y claramente tú tienes uno —dijo Lemoine.
Asher apretó la mandíbula.
—No es tan simple.
—Nunca lo es —respondió Valcárcel—. Pero eso no te da derecho a afectar a los demás.
El entrenador dio un paso al frente.
—Te di un lugar en el equipo porque confío en tu nivel.
Silencio.
—Pero si no puedes comprometerte... no me sirves.
Eso dolió.
Más que todo lo anterior.
Porque eso...
sí le importaba.
—Puedo hacerlo —dijo Asher.
—¿Ah, sí? —preguntó el entrenador—. ¿Puedes garantizar que no volverá a pasar?
Silencio.
Asher dudó.
Solo un segundo.
Pero lo vieron.
Todos.
—No —dijo finalmente.
Y esa honestidad...
cayó como una bomba.
—Entonces tenemos un problema —dijo Lemoine.
—Y grande —añadió Valcárcel.
Borsani lo observó en silencio unos segundos.
Evaluándolo.
Midiéndolo.
—Escúchame bien, Asher —dijo finalmente—. No puedes seguir así.
Silencio.
—No puedes estar en un punto donde alguien tenga ese nivel de control sobre tus decisiones.
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Editado: 23.05.2026