Juega conmigo

Juega Conmigo

El día empezó raro.

Otra vez.

Pero ya no era ese raro silencioso… ese que duele sin hacer ruido.

Era otro.

Más tenso.

Más incómodo.

Como si algo estuviera a punto de romperse… o de empezar.

Y yo estaba en medio.

Como siempre.

Asher no me hablaba.

No me miraba.

No me buscaba.

Y eso…

eso me estaba desesperando más de lo que quería admitir.

No era solo que se hubiera alejado.

Era cómo lo hizo.

De golpe.

Como si lo que pasó ayer… no hubiera pasado.

Como si ese abrazo… no hubiera significado nada.

Como si yo no hubiera visto lo que vi.

Lo que sentí.

Lo que él dejó ver.

—Ray, estás en las nubes —dijo Sayra, moviendo la mano frente a mi cara.

—¿Ah? —parpadeé—. No… todo bien.

—Mentira —dijo Merly—. Estás con cara de telenovela.

—Déjenla —añadió Yasuri—. Seguro está pensando en su vida amorosa caótica.

—Mi vida amorosa no es caótica —murmuré.

—Ajá —dijeron todas al mismo tiempo.

Rodé los ojos.

Pero no respondí.

Porque…

sí.

Era caótica.

Y tenía nombre.

Asher.

Suspiré.

Y fue ahí cuando lo vi.

A lo lejos.

En la cancha.

Solo.

Con una pelota de vóley en las manos.

No estaba jugando.

No estaba practicando.

Solo… estaba ahí.

Mirando la pelota.

Como si no supiera qué hacer con ella.

Como si no supiera qué hacer consigo mismo.

Y algo en mi pecho…

se apretó.

—Voy a ir un rato —dije, levantándome.

—¿A dónde? —preguntó Alexis.

—A hacer algo que no debería —respondí.

Y me fui.

Caminé hasta la cancha.

Con el corazón latiendo fuerte.

Demasiado fuerte.

Y cuando estuve lo suficientemente cerca…

hablé.

—Oye.

Asher levantó la mirada.

Me vio.

Y por un segundo…

vi todo.

El cansancio.

La confusión.

El miedo.

Pero también…

esa distancia.

—Ray —dijo, serio—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a verte —respondí, simple.

Él frunció levemente el ceño.

—No deberías.

Eso dolió.

—¿Por qué no? —crucé los brazos.

—Porque no.

Silencio.

—Wow —dije—. Qué explicación tan profunda.

No sonrió.

No reaccionó.

Nada.

—Asher —di un paso—. ¿Qué te pasa?

—Nada.

—No mientas.

—No estoy mintiendo.

—Sí lo estás —lo miré directo—. Te estás alejando.

Silencio.

Pesado.

—Es lo mejor —dijo finalmente.

Ahí.

Directo.

Sin anestesia.

Sentí como si algo se rompiera dentro de mí.

—¿Para quién? —pregunté.

No respondió.

—¿Para ti? ¿Para mí? ¿Para quién, Asher?

—Para los dos.

—No decidas por mí —dije, firme.

Eso lo tomó por sorpresa.

—No sabes en lo que te estás metiendo —murmuró.

—Entonces dime.

—No puedo.

—Entonces no me alejes.

Silencio.

Mi corazón latía demasiado rápido.

—Inés no está —dije de pronto.

Él se tensó.

—No la he visto hoy —continué—. Ni ayer en la tarde. Ni ahora.

Me miró.

Atento.

—Es tu oportunidad —dije, más suave—. De respirar. De ser tú.

Silencio.

Largo.

—Asher… —di un paso más—. Juega conmigo.

Lo dije bajito.

Pero con todo.

Como si fuera lo único que importara.

Como si estuviera rogando… sin querer que se note.

—Ray…

—Solo eso —interrumpí—. No te estoy pidiendo que me cuentes nada. No te estoy pidiendo respuestas. No te estoy pidiendo que te quedes.

Silencio.

—Solo… juega conmigo.

Tomé la pelota.

La levanté un poco.

—Un rato.

—Nada más.

Lo miré.

Directo.

Esperando.

Con el corazón en la garganta.

Y entonces…

Asher suspiró.

Largo.

Pesado.

Como si estuviera peleando consigo mismo.

—No sabes jugar —dijo.

Parpadeé.

—¿Eso es un sí?

—Es un riesgo.

—¡Oye!

Y por primera vez…

en todo el día…

sonrió.

Chiquito.

Pero real.

—Está bien —dijo—. Un rato.

Mi corazón explotó.

—¡Bien! —dije demasiado emocionada.

—Pero no llores cuando pierdas.

—Ni siquiera hemos empezado.

—Igual vas a perder.

—Cállate.

Y así…

empezamos.

Al inicio fue… un desastre.

Total.

Absoluto.

—¡Ray! ¡Eso no es fútbol!

—¡Lo sé!

—¡Entonces deja de patear la pelota!

—¡Fue instinto!

—¡¿Qué instinto?!

Me reí.

Él también.

—Ok, ok —dijo, acercándose—. Ven.

Se puso detrás de mí.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Sentí su presencia.

Su calor.

—Manos así —dijo, acomodándome—. No rígidas. Relajadas.

Mi corazón…

no estaba relajado.

Para nada.

—Y mira la pelota —añadió.

—Estoy mirando.

—No, estás mirando cualquier cosa menos la pelota.

—Mentira.

—Ray.

—Ya.

Silencio.

—Otra vez —dijo.

Intenté.

Fallé.

Otra vez.

—Eres un caso perdido —rió.

—¡Oye!

—Pero graciosa.

—Eso no ayuda.

—A mí sí.

Rodé los ojos.

Pero sonreí.

Porque verlo así…

reír…

valía todo.

Seguimos jugando.

Pasando.

Fallando.

Riéndonos.

Y por un rato…

todo lo demás desapareció.

Inés.

El pasado.

Los problemas.

Todo.

Solo éramos nosotros.

Y eso…

era suficiente.

—¡OYE!

La voz nos hizo girar.

—¡¿QUÉ HACEN SIN NOSOTROS?!

Alexis.

Dilan.

Giovanni.

Sayra.

Merly.

Yasuri.

Xiomara.

Todos.

Llegando como tormenta.

—¡SE METEN! —gritó Dilan.

—¡EQUIPOS! —añadió Alexis.

—Ray conmigo —dijo Asher.

Me congelé.

—¿Qué?

—Confío en tu nivel… inexistente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.