Dicen que los ángeles cayeron en California, pero nadie menciona que lo hicieron vestidos de caqui, con mapas dibujados en servilletas de cóctel, creyendo que podían fundar un reino en bocas que ya estaban ocupadas.
Este libro no es una historia de amor. Es un inventario de invasiones. Un manual de brujería doméstica escrito entre el telégrafo de guerra y el verano de Manson. Capítulos que viajan desde el Hollywood Canteen —donde los soldados besaban como si fueran a conquistar Tierra Santa— hasta las comunas podridas de Topanga Canyon, donde los falsos profetas cambiaron el uniforme por kimonos sucios pero mantuvieron la misma mirada: la del turista que confunde la ocupación con el amor.
Entre referencias crípticas a Billie Holiday, Edie Sedgwick, Sylvia Plath y Lou Reed; entre fechas que no cuadran y perfumes que persisten (naftalina, colonia 4711, polvo de ángel), se despliega una conexión poética: el reconocimiento de que quien juega a ser conquistador a menudo termina siendo la mecha de una vela que otra persona encendió.