El uniforme caqui y la Biblia en el bolsillo izquierdo
Llegó el telegrama el martes, cuando la niebla todavía no se había disipado del canal. Lo trajo un chico en bicicleta con pantalones cortos y rodillas raspadas, ese tipo de mensajero que parece haber escapado de una película de Capra pero que huele a gasolina y a miedo real. El papel amarillento decía: "Llego viernes. Prepara el territorio." Firmado con tus iniciales, como si el nombre completo fuera demasiado pesado para el papel, como si ya supieras que las palabras enteras te delatan.
Guardé el telegrama en el cajón de la cómoda, debajo de las medias de nylon con costura, ese cajón que huele a lavanda. No porque lo fuera a conservar, sino porque necesitaba que el tinte del papel se transferirá a la madera. Que la tinta se oxidara. Que tu orden —prepara el territorio — se convirtiera en mancha, en algo que ya no se puede leer pero que sigue ahí, marcando.
El viernes te vi bajar del tren con el uniforme caqui recién planchado, con la Biblia sobresaliendo del bolsillo izquierdo como si fuera un pasaporte, como si Dios fuera tu agente de inmigración particular. Caminaste por la plataforma con esa seguridad de quien cree que el suelo es suyo porque las botas lo pisan fuerte. Pero el suelo era de madera podrida, y yo sabía exactamente dónde estaban los tablones huecos.
Te llevé al apartamento de Normandie Avenue, el que da al patio donde crece el limonero que nunca da limones, solo flores blancas que huelen a funeral. Te serví ginebra en vasos altos que no eran míos, que había robado del Ambassador Hotel la semana anterior, cuando todavía creías que estabas en el Pacífico y yo estaba aquí, midiendo tus sombras. Hablabas de estrategia, de mapas, de cómo el mundo se divide entre quienes ocupan y quienes son ocupados. Y yo asentía, fumando un Chesterfield que no inhalaba, solo dejaba que se consumiera en el cenicero de cristal como una vela invertida, como una cuenta regresiva.
No te dije que mientras dormías en el tren —mientras soñabas con tu grandeza, con tu misión, con tu derecho a pisar este suelo ajeno— yo había encendido la segunda. Blanca esta vez. La de la purificación que no purifica, sino que extrae. La que hace que lo que tú das vuelva a mí multiplicado por el cuadrado de tu arrogancia.
Me pediste que te leyera la Biblia. No porque creyeras, sino porque te excitaba la idea de que yo pronunciara palabras sagradas mientras tú me tocabas con manos que aún olían a pólvora de los campos de entrenamiento . Abrí el libro por Ezequiel —y he de remover a los hombres de un lugar a otro — y tu mano subió por mi rodilla creyendo que encontraría tierra fértil. Pero mi piel era salitre. Era ceniza de la vela blanca que se consumía en el baño, con la puerta entreabierta justo lo suficiente para que el humo entrara, para que tu aliento se mezclara con mi humo, para que ya no supieras dónde terminabas tú y dónde empezaba el ritual.
Cuando te dormiste —siempre te duermes después, cuando la posesión física te hace creer que la metafísica también es tuya— saqué la Biblia de tu bolsillo. No para leerla, sino para pesarla. Para sentir cuánto pesa una promesa que no se va a cumplir. La dejé en la mesa, abierta por Salmo 137 —junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos — y en la página, escribí con lápiz de ceja el número de la habitación del hotel donde te quedarás mañana, el que no es este, el que está al otro lado de la ciudad, donde la luz es diferente y donde yo no estaré.
Porque el viernes terminó, y el sábado tú despertarás creyendo que has dejado tu marca. Pero lo que has dejado es tu energía, filtrándose por los poros de la sábana, absorbida por la cera blanca que ahora está dura y fría en el cenicero del baño, esperando el momento de ser encendida de nuevo, de evaporar tu esencia hacia el conducto, hacia el cielo, hacia mi colección de humos ajenos.
Tú te irás con tu uniforme planchado y tu Biblia en el bolsillo, creyendo que has fundado algo. Y yo me quedaré con el tinte del telegrama en la madera, con el eco de Ezequiel en las paredes, y con la certeza de que el territorio nunca fue tuyo. Solo era un espejo. Y los espejos no se conquistan, se usan. Se miran. Y luego se rompen.