Las coloridas calles de Aureum permanecían sumidas en un silencio aterrorizante, roto apenas por el canto lejano de los pájaros entre los grandes árboles de hojas oscurecidas. Todas las ventanas estaban cerradas, las puertas selladas con cerrojos antiguos, y de cada fachada colgaban banderas negras con dos cuervos atravesados por una lanza en llamas. No se movían. Era como si incluso el viento que acariciaba cada piedra tuviera miedo de tocarlas. De ser él, también lo sentiría.
La hermosa mujer, de cabellos dorados y mirada impenetrable, no gritó cuando le ataron las manos con la cuerda de espinas. Aquella antinatural sangre negra que recorría sus venas manchó la piedra de la plaza. Algunas personas se cubrieron la boca al observarla, tan espesa, tan temida por todos en Valtheria, pues era considerada una maldición. Incluso, unos desviaron las miradas, totalmente asustados.
El no escuchar ningún sonido de ella fue lo que más me horrorizó.
No había miedo en su pálido rostro colmado de heridas negras. ¿Por qué no mostraba ninguna expresión? No había dolor ni lástima en sus ojos, mucho menos clemencia. No había nada que indicara que no deseaba cruzar al otro lado, como si la muerte no fuera un castigo, sino el mejor de los aliados… o algo menor que lo que ya había vivido.
Ella era una bruja.
Una de verdad.
Reconocerlas no era una tarea difícil, ya que sus cabelleras, mayormente onduladas y brillantes, solían rozar el suelo, y esa belleza que poseían era inquietante, casi irreal. No era la dulzura de una doncella, mucho menos la elegancia de la nobleza, sino algo más profundo que lograba erizar la piel de quienes las miraban fijamente.
Pero, según sabía, esa belleza que las hacía destacar entre tantas otras mujeres en el mundo no era una bendición de los dioses; era una maldición, puesto que esa diferencia que las hacía únicas, también las marcaba para toda la eternidad. Las volvía blanco de miradas sucias, de comentarios repulsivos, de manos que no sabían respetar un “no”.
Y eso las empujaba al extremo: muchas preferían desfigurarse el rostro, llenarse la piel de cicatrices profundas y horribles, con tal de dejar de ser deseadas. Porque ser vistas con asco, en la mayoría de las ocasiones, era la única forma de mantenerse con vida en este mundo.
Cada vez que una mujer bella aparecía, era llevada ante la Corte Suprema. Allí, en los salones fríos del poder, se decidía su destino. Le practicaban la prueba sin nombre, aquella tan temida que separaba a las mujeres del mundo de los mortales y las arrojaba a un destino incierto. Si resultaban ser brujas… todos sabían lo que ocurría con ellas.
Tenía catorce cuando me llevaron a ese lugar. Por un instante, creí que iba a morir a mano de esos hombres. No ocurrió. Sigo de pie. Pero la mujer que entró en la sala junto a mí nunca volvió a ver la luz del sol.
—Por decreto del Imperio de Valtheria —anunció el heraldo, con una voz desprovista de toda emoción, mirando apenas a las personas—, esta mujer ha sido declarada culpable de brujería, transmisión de conocimiento prohibido y corrupción del orden natural. Por lo tanto… —Se aclaró la garganta ruidosamente, aferrándose al pergamino como si temiera que pudiera escapársele—, ha sido sentenciada a morir en la hoguera, para que su alma sea purificada por el fuego. Hoy, día treinta y nueve del Viento Susurrante, Mes de Tzahrak, último mes del año, en la capital del Imperio de Valtheria, Aureum, esta bruja será entregada a las llamas. Que nuestros dioses tengan piedad de su alma.
No dijo su nombre.
Las brujas perdían el nombre antes de perder la vida.
Asesinar a una bruja era motivo de inmenso júbilo. Por eso, cuando la mujer comenzó a ser devorada por el fuego, las personas empezaron a aplaudir con fuerza, como si los dioses hubieran decidido descender del Alípe —el lugar donde habitan ellos—, para admirar sus hechos.
El retumbar de los aplausos me recorrió la espalda, provocándome un escalofrío que pocas veces sentía. Torcí apenas los labios y desvié la mirada hacia otro punto, cualquiera en el que no hubiera una mujer siendo quemada por usar su magia. Las náuseas subieron por mi garganta, y me obligué a respirar hondo, pero el olor de la carne quemada se coló por mis fosas nasales, espeso, imposible de ignorar.
Mi madre, a mi lado, estaba demasiado emocionada, aplaudiendo con fervor, como para notar mi malestar. Y tampoco quise decírselo; eso habría significado que me mirara con severidad por, una vez más, arruinar la emoción del momento. Una estupidez, a mi simple parecer.
Aun así, también aplaudí. Como me habían enseñado.
Porque las brujas eran malas.
Demasiado.
Secuestraban niños para usarlos en sus rituales ignominiosos.
Quemaban casas con personas dentro.
No merecían piedad por nada ni nadie.
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Editado: 20.01.2026