01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
La puerta sonó dos veces antes de abrirse, revelando a Ylissey, una mujer mediana que, a pesar de su edad avanzada, conservaba un físico que muchos aún consideraban atractivo, aunque no como las damas del castillo, moldeadas con una perfección tan artificial que parecíamos esculpidas por alguien incapaz de soportarnos al natural.
—Ylissey, un gusto verte. —Le regalé una sonrisa leve.
—Igualmente, señorita Elennaia —respondió con esa voz monótona, tan característica de ella, situándose detrás de mí, analizando mi rostro a través del espejo—. He escuchado que será oficial su matrimonio con el joven hijo del magistrado Daverin. Supongo, mi niña Elennaia, estás feliz de tener ya a un hombre para ti, ¿verdad? —Sonrió de manera suave, llevando la mano a su hombro y tomó el mechón de cabello castaño para tirarlo sobre su espalda.
—Por supuesto que lo estoy, Ylissey. —Sonreí con falsedad, mirándola a través del espejo—. Estuve esperando esto durante muchísimo tiempo. Solo espero que él sea como imaginé a mi marido: tan... guapo, elegante, amable y muy adinerado. Un caballero en pocas palabras. —La sonrisa en mi rostro se convirtió en una mueca de incomodidad en segundos—. ¿Quién no estaría feliz por algo como esto?
—Un matrimonio es una de las mayores bendiciones para las mujeres, Elennaia —expresó, dándome un apretón en los hombros—. Siempre debes ser fiel a tu marido, no importa que suceda. Sírvele como es debido. Y, sobre todo, nunca lo desobedezcas. Podrías terminar como yo, sin una pierna. Y te aseguro que es muy vergonzoso.
—Eso es horrible, Ylissey. —Un saborcillo amargo se me instaló en la garganta, y torcí los labios—. No logro entender como han normalizado tanto maltrato hacia nosotras por cosas sin mucha relevancia. ¿Por qué tiene que ser así y no de otra manera?
—No te asustes, mi niña. Es normal que una mujer pagué caro cuando se atreve a desobedecerles, como lo hice yo. Ya lo entenderás cuando te vayas con tu marido. Quizá tengas más suerte que yo. El tuyo es rico, ¿no? Eso ya es ganancia. Muchas darían lo que fuera por tener un hombre que al menos pueda comprar el silencio con joyas.
—¿Y es que acaso el dinero es capaz de comprar mi silencio? —Relamí mis labios, incómoda—. Además, ¿por qué te has casado con aquel hombre si no puede brindarte fortuna? Eso es muy patético.
—Porque lo amaba, Elennaia. —Nuestras miradas se volvieron una a través del espejo—. Me cautivó con sus bellas palabras y su toque, cuyo tacto podría asemejarse al pétalo de una flor. No me arrepiento de unirme en matrimonio con él, aunque no me haya dado riquezas. Porque cuando hay amor, lo demás se vuelve irrelevante, mi niña.
Levanté apenas una ceja, conteniéndome para no soltar una risa sarcástica que pudiera herirla. ¿De qué estaba hablando esa mujer? Para mí, el dinero era lo único que realmente importaba en el mundo. Si alguien no podía ofrecerme el mismo estilo de vida que mi familia, entonces no tenía cabida a mi lado. No me serviría como pareja, ni como alguien con quien formar una familia. No me servía para nada.
El amor siempre sería algo necesario, no me atrevería a negarlo porque lo deseaba mucho, pero no dejaba de ser un lujo que pocas almas podían darse, a diferencia del dinero, que era algo necesario para vivir cómodamente hasta que la muerte llegara a por nosotros.
—El amor no puede darte todo —opiné, cruzándome de brazos, evitando soltar una carcajada sonora—. Se necesita dinero para comprar joyas, zapatos, vestidos enormes. Para sostener una familia. Para tener un castillo como hogar. —Me giré para verla con claridad—. Para ser más que una simple pobretona toda tu vida. ¿Cómo podrías obtener todo eso si tu marido no tiene una fortuna de monedas de oro? ¿Acaso el amor es más importante que el dinero que nos da de comer?
—El amor es lo más fundamental en el mundo, mi Elennaia —dijo, llevando mi cabeza nuevamente frente al espejo—. Ni todas las joyas podrían asemejarse a ese bello sentimiento. Te falta mucho por conocer aún, mi niña. Cuando te enamores, entenderás lo que digo.
—Eso me lo han dicho toda la vida, Ylissey. A este paso, moriré sin saber ni la mitad de las cosas. —Moví el cuello de un lado al otro, soltando la tensión acumulada durante el día—. Qué conveniente para el mundo que las mujeres no sepamos nada. Y, sobre todo: no saber nada para mantener a los machitos felices. Porque, claro, no importa que tengamos cerebros, solo importa que estemos calladas y bonitas, ¿verdad? Si no es para servirles, entonces ni siquiera deberíamos existir.
—¿Qué sucede contigo, Elennaia? —Me miró con incredulidad, dejando sus manos quietas—. ¿Por qué de la nada hablas de esa manera tan horrible? No es propio de señoritas decentes como tú. Déjaselo a las brujas rebeldes esas. Tú no eres de esta manera.
—Discúlpame, Ylissey —dije entre dientes, sin arrepentimientos—. No fue mi intención incomodar con mis palabras. No volverá a suceder. Prometido. —Sonreí, pero parecía más una mueca que una sonrisa sincera—. He tenido muchas cosas en la mente.
—Le diré a Serenaia que te corte el cabello —soltó de golpe, pasando el peine por mis mechones rizados con movimientos duros, que me hicieron soltar gemidos pequeños—. No entiendo por qué crece tanto.
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Editado: 05.01.2026