01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Entré en mis aposentos, casi arrastrando los pies, y me dejé caer sobre el banco acolchado donde solía desplomarme cada noche después de la cena. Mis ojos se clavaron en el espejo ovalado que mostraba una imagen hermosa de mi rostro: una piel sin imperfecciones, labios teñidos de un rojo líquido y sombras sutiles en los párpados. Me veía como una verdadera señorita de la aristocracia.
No salí del castillo, ni había llegado alguna visita que pudiera juzgar mi apariencia, pero, aun así, siempre debía mantenerme como una mujer agraciada a los ojos de mi familia. No le veía nada de malo, de hecho me encantaba, pero a veces —solo a veces—, era muy agotador.
—¿Puedes creer, espejito, que la familia Daverin ha traído, esta mañana, la ofrenda de oro por mi mano? —hablé, haciendo girar un frasco de perfume lila entre mis dedos—. Y no es cualquier cosa: ¡es una Perla del Destino! Pero, por supuesto, mi madre ni siquiera me dejó verla bien. Dice que es «solo para el día de la boda». Como si no tuviera derecho a mirar lo que, en teoría, ya me corresponde por ley.
Las Perlas del Destino eran joyas de oro adornadas con pequeños diamantes azules en cada borde, entregadas como ofrenda cuando una familia pedía la mano de la hija de otra. Se decía que traían suerte, abundancia y fertilidad a ambos clanes, como una especie de bendición mágica que prometía demasiado. Ciertamente, esperaba que fuera de esa manera y no una trágica, como la suerte de mi madre.
—Es una completa bobería. —Dejé escapar un bufido—. Pero tampoco voy a arruinar mi suerte al verla en el momento incorrecto.
Llevé las manos a mi cabeza y solté los palillos dorados con pequeñas flores decorativas que sostenían mi cabellera rizada. Desde pequeña habían sido mi fascinación. Recordaba con claridad la primera vez que los vi: mi padre me había llevado a una pequeña reunión en casa de uno de sus grandes amigos, y allí estaba una mujer de otra provincia luciendo un peinado elegante adornado con ellos. Quedé tan maravillada que no dejé de rogarle a mi padre por días enteros hasta que al final me compró unos iguales. Desde entonces, se convirtieron en mi accesorio favorito y no podía estar un día sin ellos.
—Aquí vamos de nuevo…—murmuré.
La puerta sonó dos veces antes de abrirse, revelando a Ylissyne, una mujer mediana que, a pesar de su edad avanzada, conservaba un físico que muchos aún consideraban atractivo, aunque no como las damas del castillo, moldeadas con una perfección tan artificial que parecíamos esculpidas por alguien incapaz de soportarnos al natural.
—Ylissyne, un gusto verte. —Le regalé una sonrisa leve.
—Igualmente, señorita Elennaia —respondió con esa voz monótona, tan característica de ella, situándose detrás de mí, analizando mi rostro a través del espejo—. He escuchado que será oficial su matrimonio con el joven hijo del magistrado Daverin. Supongo, mi niña Elennaia, estás feliz de tener ya a un hombre para ti, ¿verdad? —Sonrió de manera suave, llevando la mano a su hombro y tomó el mechón de cabello castaño para tirarlo sobre su espalda algo inclinada.
—Por supuesto que lo estoy, Ylissyne. —Sonreí con falsedad, mirándola a través del espejo—. Estuve esperando esto durante muchísimo tiempo. Solo espero que él sea como imaginé a mi marido: tan... guapo, elegante, amable y muy adinerado. Un caballero en pocas palabras. —La sonrisa en mi rostro se convirtió en una mueca de incomodidad en segundos—. ¿Quién no estaría feliz por algo como esto?
—Un matrimonio es una de las mayores bendiciones para las mujeres, Elennaia —expresó, dándome un apretón en los hombros—. Siempre debes ser fiel a tu marido, no importa que suceda. Sírvele como es debido. Y, sobre todo, nunca lo desobedezcas. Podrías terminar como yo, sin una pierna. Y te aseguro que es muy vergonzoso.
—Eso es horrible, Ylissyne. —Un saborcillo amargo se me instaló en la garganta, y torcí los labios—. No logro entender como han normalizado tanto maltrato hacia nosotras por cosas sin relevancia.
—No te asustes, mi niña. Es normal que una mujer pagué caro cuando se atreve a desobedecerles, como lo hice yo. Ya lo entenderás cuando te vayas con tu marido. Quizá tengas más suerte que yo. El tuyo es rico, ¿no? Eso ya es ganancia. Muchas darían lo que fuera por tener un hombre que al menos pueda comprar el silencio con muchas joyas.
—¿Y es que acaso el dinero es capaz de comprar mi silencio? —Relamí mis labios, incómoda—. Igualmente, ¿por qué te has casado con aquel hombre si no puede brindarte fortuna? Eso es muy patético.
—Porque lo amaba, Elennaia. —Nuestras miradas se volvieron una a través del espejo—. Me cautivó con sus bellas palabras y su toque, cuyo tacto podría asemejarse al pétalo de una flor. No me arrepiento de unirme en matrimonio con él, aunque no me haya dado riquezas. Porque cuando hay amor real, lo demás se vuelve irrelevante, mi niña.
Levanté apenas una ceja, conteniéndome para no soltar una risa sarcástica que pudiera herirla. ¿De qué estaba hablando esa mujer? Para mí, el dinero era lo único que realmente importaba en el mundo. Si alguien no podía ofrecerme el mismo estilo de vida que mi familia, entonces no tenía cabida a mi lado. No me serviría como pareja, ni como alguien con quien formar una familia. No me servía para nada.
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Editado: 20.01.2026