01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Me levanté después de unos segundos, harta de pies a cabeza, y empecé a inspeccionar cada rincón de mis aposentos. Primero, el gran baño, un mundo aparte donde flotaba un suave aroma a canela; luego, el amplio cuarto de tres niveles donde se guardaban todos mis vestidos y zapatos; y, por último, la biblioteca escondida detrás de la puerta junto a una de las ventanas, tan saturada de libros que ya había perdido la cuenta de cuántos había leído… o cuántos había fingido leer.
—¿Hay alguien aquí? —pregunté, aunque no creía que, si alguien estuviera en este lugar, sería tan imbécil como para responder—. ¿Hola...? —Seguí caminando hasta que algo en la pared llamó mi atención: una sombra movediza—. ¿Quién eres tú? —inquirí, asustada, pero la sombra, en lugar de responder, desapareció en un parpadeo.
Me pasé las manos por la cara con frustración. Salí de la biblioteca, fui hasta el cuarto de ropas y saqué uno de mis vestidos de dos piezas celeste. Después de ponérmelo, salí con sigilo, procurando no cruzarme con nadie. Había aprendido a camuflarme bastante bien cuando quería escaparme. Sabía que estaba mal, que no debía salir así, pero solo en esos momentos podía sentir paz. ¿Quién no quería paz?
Por suerte ya había dejado de llover.
El Valle de Lila era mi refugio y el único que tenía. Estaba a unos veinte minutos del castillo, lo suficiente para sentirme lejos de todo. Era un lugar hermoso, rodeado de árboles gigantes de flores lilas y mariposas azules que brillaban como luciérnagas al atardecer. Siempre tenía mis clases de magia allí, por las tardes, con Tarisys, mi tutora desde hacía años. Ella me enseñó todo lo que sabía del viento.
Cuando llegué, caminé hasta la colina y me senté frente al gran precipicio que parecía no tener fondo. Las alturas me generaban un miedo absurdo. No obstante, en ese momento no me importaba. Mi cabeza seguía dándole vueltas a lo que había pasado en la mesa. En lo que pensé hacer. En lo que vi en mi habitación. No pretendía ni imaginarlo, pero tal vez ya me estaba volviendo tan chiflada como mis primas, aunque bueno, ellas ya estaban en una unión mucho más alta.
Estuve así varios minutos, atrapada en mis pensamientos, con las manos detrás de la espalda, hasta que algo llamó mi atención. Fruncí apenas el ceño, viendo el aire levantarse y arremolinar hojas por todas partes, y entonces, al levantar el rostro hacia el cielo, observé a varios dragones, batiendo sus alas lentamente, y sobre ellos se encontraban humanos, compartiendo un vínculo sagrado que no siempre preexistió.
Durante varias eras, los humanos que dominaban el arte elemental y los dragones se consolidaron como enemigos a muerte, todo porque ambas especies querían poseer el dominio absoluto del mundo. Se odiaban con tanta intensidad, alimentada solo por guerras que parecían no tener fin. Sin embargo, todo tuvo un cambio enorme tras la última guerra, conocida con un nombre un tanto peculiar para una época donde la sangre manchó cada parte de la tierra: la Gran Llama de Blancas. Los escritos no revelaban el autor o autores de ese nombre.
Se decía que los dioses estaban decepcionados de ver cómo el mundo que habían creado con tanto esmero se desmoronaba por culpa de aquellos a quienes habían confiado la magia elemental, y gracias a eso tomaron una decisión drástica que cambiaría el curso de la historia para siempre: los castigaron uniendo sus almas con la intención de que no hubiera más guerras, pero, claro, no fue recibido de buena manera. Muchos de esos dragones asesinaron a los humanos con los que debían establecer un vínculo, rompiendo el pacto que, en aquel entonces, se había convertido en uno de los más sagrados que existía: lealtad pura.
Con el paso de los años, no les quedó más opción que aceptar aquel cruel destino. Para los dragones, se convirtió en una maldición: estaban obligados a soportar a la especie que más odiaban. En cambio, los humanos elementales lo veían como una victoria absoluta, convencidos de haber doblegado a los animales del cielo y el océano.
Aunque… cada vez nacían menos Elementistas, así que ese destino estaba disminuyendo. Me atrevería a decir que, en todo el imperio, existían menos de veinte mil vínculos, dentro de una población de casi cien millones de habitantes. Eso convertía aquel lazo en un sueño muy lejano para la mayoría y en una chispa de envidia.
Yo aún no poseía un vínculo con ninguno. Tampoco es que me doliera no tenerlo, como algunos podrían suponer fácilmente cuando les respondo que mi Destino no ha aparecido ante mí todavía. Por supuesto que amaba a los dragones; me parecían criaturas sumamente complejas e interesantes, con una historia bastante aterradora, pero mi vida no cambiaba en nada por estar con uno o sin uno de ellos.
Había aprendido tanto sobre los dragones de aire —los Nyssaneth— porque estaba completamente segura de que me vincularía con uno en algún punto de mi vida. No hoy. Ni mañana, pero sí algún día. Eran los más veloces entre todos los dragones; sus movimientos, tan rápidos cómo aterradores y magníficos, les permitían atravesar el cielo sin ser detectados, confundidos con simples ráfagas. Sus enormes alas alargadas y filosas podían volverse transparentes cuando surcaban las alturas, dejando a plena vista sus cuerpos descomunales.
Me emocionaba la idea de vincularme con uno de ellos, pues, de entre todas las especies, siempre me habían parecido los más fascinantes… quizá también porque solo había devorado libros que hablaban exclusivamente de ellos. Los demás, siendo sincera, me daban igual. No quería decir que los dragones de tierra o incluso los de agua o los de fuego no me parecieran criaturas encantadoras; simplemente reconocía que mi Destino sería uno de aire, así como yo.
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Editado: 20.01.2026