04 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Los minutos transcurrieron con una lentitud casi torturante. Pedí unos momentos y me escabullí hacia el baño. Me acerqué al espejo para comprobar que mi maquillaje siguiera intacto, cuando de pronto la antorcha que iluminaba el baño se apagó sin motivo, pues no había aire dentro. Me giré de golpe, entrecerrando los ojos en la penumbra. Sacudí la cabeza, intentando convencerme de que solo era un descuido, y me dispuse a salir. Entonces sentí que algo se metía por mi cuerpo, como un veneno helado recorriéndome las venas hasta llegar a mis huesos y volverlos hielo. Me sostuve de la pared, respirando de manera errática, y en ese momento vi —vagamente— como una sombra se deslizaba lentamente por la piedra. Abrí la boca, intentando soltar algo, pero mi voz parecía estar encerrada en una caja imposible de destruir.
Salí a gran velocidad, con el miedo devorándome por dentro. No podía contar lo que había visto; solo me tacharían de loca. Incluso en un lugar donde la magia estaba impregnada en cada rincón, admitir haber visto algo moverse en las paredes era una sentencia directa de muerte. Lo llamaban brujería. Y por supuesto, solo recaía en nosotras las mujeres; todas las brujas eran mujeres. Los hombres podían hacer, ver, decir sin consecuencia, pero nosotras no teníamos esa bendición.
—Definitivamente, estoy volviéndome loca —balbuceé, incómoda.
Sacudí mi cabeza, rápido, sin dejar de caminar. Busqué con la mirada a mi madre, pero no se encontraba en ningún lado del salón, algo que me resultó extraño, pues antes de que me dirigiera al baño, ella se encontraba hablando con los miembros de la familia Aliante.
—Es acaso usted Elennaia D'Allessandre, ¿cierto? —me preguntó un hombre, con voz temblorosa. Lo miré de arriba abajo y asentí, torciendo los labios apenas—. Soy Víctoryu, heredero del linaje Hurianel. Es un gusto estar ante ti esta noche, señorita D’Allessandre.
—Encantada, señor Hurianel —dije, uniendo mis manos en mi regazo—. ¿Puedo servirle en algo? Es que ya debo volver con mi madre.
—Me gustaría invitarla a un baile —charló tan rápido que me costó entenderle—. ¿Sería tan amable de aceptar? Solo una pieza, señorita.
Pretendí abrir la boca para rechazar su propuesta, pero antes de que pudiera hacerlo, él ya había tomado mi mano con atrevimiento, arrastrándome hacia el centro del salón para bailar. El impulso de apartarlo de un golpe me recorrió el cuerpo, pero sabía que eso solo llamaría la atención de todos los presente de la peor forma. Así que me obligué a seguirle el paso, bailando con él de manera torpe e incómoda.
Mis ojos buscaron desesperadamente a mi padre. Después de varios segundos, lo encontré conversando animadamente con los miembros del consejo, bebiendo vino, también. Por primera vez en mucho tiempo anhelé ese control asfixiante que solía tener sobre mí. Necesitaba que interviniera, que me apartara de este hombre con la excusa de que no debía establecer una conversación con uno. Pero ni siquiera me miraba. ¿Por qué justamente hoy decidió darme libertad?
—Posees una belleza exótica, damisela —señaló él, sacándome de mis pensamientos de golpe—. La más hermosa de la noche, sin duda.
—No es la primera vez que me lo dicen. —Sonreí, un tanto incómoda—. Pero gracias por el cumplido. Los guardaré muy bien.
Cuando la música cesó, me alejé tan rápido como pude de él, sin darle explicaciones. Podía sentir su pesada mirada en mi espalda, pero era lo de menos en ese momento. Quería encontrar a mi madre, pero pareciera que la tierra se la hubiera tragado. ¿Dónde estaba esa mujer?
—Señorita Elennaia.
Solté un suspiro dramático y me di la vuelta, sonriendo de la forma más falsa posible, pero rápidamente la borré, no porque fuera una persona desagradable, sino porque tenía al príncipe Caelus frente a mis ojos. No había reconocido su ronca voz debido al bullicio del salón.
Sentí un remolino de cosas en mi interior y retrocedí un paso. Por supuesto que pensaba que tendríamos al menos una interacción extensa en la noche, pero no creí que sucedería tan pronto. Sin embargo, en lugar de dejar que los pensamientos me dominaran, hice una reverencia apresurada, demasiado torpe, que le arrancó una risita.
—Príncipe. —Mi voz salió temblorosa.
No es que él me pusiera de esa manera solo por la forma en la que me observaba —o tal vez si—, sino porque era un príncipe, y solo los dioses sabían lo mucho que amaba a los príncipes; poseían mucho poder, muchas riquezas, suficiente para comprar territorios inmensos. No digo que mi familia no sea adinerada, solo que nunca podrá ser comparada con la de una persona ligada directamente con la realeza.
—¿Sería tan amable de concederme esta pieza de baile? —Extendió su mano a mí—. Aunque debo aceptar que no soy el mejor bailando.
Dudé un segundo, curvando apenas una ceja.
—Será un gusto, su majestad. —Sonreí, tomando su mano.
—Dejémonos de formalidades —susurró, con esa sonrisa que me pareció descaradamente coqueta—. Te concederé el privilegio de llamarme por mi nombre… solo por hoy. —Rió bajo mientras me guiaba al centro de la pista, bajo la mirada de todos los presentes.
#10294 en Fantasía
#18904 en Novela romántica
#3433 en Chick lit
feminismo, mujerespoderosas, fantasía drama romance acción misterio
Editado: 20.01.2026